Christopher Brookmyre o el crimen como una obra de arte

Un sábado, cerca de Navidad, un grupo de cinco payasos se pasea a plena luz del día por una de las plazas más transitadas de Glasgow. Con música a todo volumen, llaman la atención de todos. Unos se preguntan si se trata de un espectáculo organizado por una marca, otros más creen que se trata de un conjunto de artistas callejeros recolectando dinero.

El número acaba abruptamente cuando los cinco individuos ingresan a un banco. Dentro, los usuarios aplauden desconcertados hasta enterarse de que se trata de un asalto. Armados con ametralladoras, los criminales hacen sonar el Aria para la cuerda de sol, de Johann Sebastian Bach, y se presentan. Todos tienen nombres de artistas: el señor Jarry, el señor Dalí, el señor Chagall, el señor Ionesco y el señor Athena.

Como si se tratara de una atracción de feria, los payasos dejan salir a quienes sufren asma o alguna afección cardiaca, así como a una mujer embarazada y a un niño. El hombre detrás de este peculiar crimen es Zal Innez, quien, nacido en Las Vegas producto de la relación entre una striper y un mago, lleva el espectáculo en la sangre.

Lo que Innez no sabe es que tendrá que enfrentarse con Angelique de Xavia, una agente de la policía y fanática del Rangers Football Club que atraviesa por una muy mala etapa de su vida, tras salvar a miles de personas de un ataque terrorista. Sin planearlo, estos dos personajes se enamorarán perdidamente, a lo Romeo y Julieta, y trabajarán en conjunto para detener a dos peces gordos del crimen organizado.

Quien espere encontrar en El bendito arte de robar la típica novela negra se equivoca. El ingenioso libro de Christopher Brookmyre mezcla en las mismas proporciones humor y violencia, y el resultado es una explosiva, sorprendente y adictiva historia a través de cuyas páginas es irresistible avanzar.

(El bendito arte de robar, Christopher Brookmyre, Malpaso, Barcelona, 2017, 380 páginas, $339)

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