En sus marcas, apunten, ¡glitter!

Foto: Cuartoscuro

En Azcapotzalco, cuatro policías subieron a una menor de edad a la patrulla y la violaron. Ella y su familia denunciaron, pero, como se filtraron sus datos, desistieron. 

Un policía abusó sexualmente de una menor de edad dentro de un museo, a una cuadra del Zócalo. 

Policías violaron a una mujer en situación de calle en la Tabacalera

A ver, no sé si leyeron bien. VIOLARON A DOS MENORES DE EDAD Y A UNA MUJER EN SITUACIÓN DE CALLE y quienes cometieron el delito fueron POLICÍAS. ¿Cómo le explicamos a la gente que gobierna la CDMX la gravedad del asunto? Esperen, ¿hace falta que se los expliquemos siquiera? AAAAAARGH. 

Hubo tibias declaraciones al respecto: sí, vamos a investigar. Sí, luego vemos. Aguanten, ahorita estamos con lo de la Fórmula 1, no estén chingando, bai.

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Naturalmente, las mujeres salieron a las calles a protestar. Naturalmente, no iban sonrientes ni biemportadas ni con cartelitos que dijeran “¡Holi! Plis, déjame de violar, ¿sí? TKM”. Iban furiosas.

El primer acto “polémico” fue que le echaron diamantina en la cara a Jesús Orta, jefe de la policía. El tipo puso una jeta de “me lleva la verga”. Invaluable. Lo más chido es que seguramente va a ser lo único que se recuerde de su carrera. 

No faltó el reportero machín que calificara la acción de “ataque”, jajaja. Ridículos. Lo cierto es que el glitter es bien difícil de quitar y va a estar encontrando brillitos en sus pertenencias hasta Navidad.

Luego, ante la frustración de no ser escuchadas ni obtener respuesta, las morras rompieron la puerta de la procuraduría. 

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Y ahí sí, las autoridades capitalinas brincaron luego luego a decir que no iban a caer en provocaciones y que se abrirían carpetas de investigación para saber quiénes destruyeron esa invaluable estructura, porque se sabe que la vida de la puerta de cristal no volverá a ser la misma después de que la hicieron cachitos y que ahora las demás puertas de cristal tendrán muchísimo miedo de seguir con sus vidas. 

Ernestina Godoy, procuradora de justicia de CDMX, y Claudia Sheinbaum, jefa de Gobierno, en vez de unirse a las voces de rabia por la violencia que las mujeres estamos viviendo, criminalizan la protesta legítima. Sí, destruir una puerta es legítimo. Ya pedimos de buena manera que nos dejaran de matar y violar, ya lo solicitamos por la vía institucional, ya logramos que se cambiaran leyes, PERO SIGUE PASANDO. Si romper puertas es la única manera de que nos pongan atención, vamos a destruir las que sean necesarias. Sobre todo las simbólicas, porque las otras está más complicado. 

Que quede claro: ojalá no tuviéramos que romper nada, porque OJALÁ NO NOS VIOLARAN. ¿Se solucionó algo con la puerta rota? Por supuesto que no, pero estamos DESESPERADAS. ¿Cómo conseguimos que se lo tomen en serio? AAAARGH. 

(Si ya llegaron hasta acá, no dejen de leer este texto de Estafanía Vela sobre la fiscalización del tono que se nos aplica a las mujeres. Si no podemos hablar libremente sin que nos tachen de locas, ¡mucho menos llevar a cabo acciones físicas! Eso no es de damitas.)

Sin embargo, veo mucho más viable retomar el glitter como medio de protesta. La diamantina, que ha sido utilizada para descalificar a las feministas interseccionales, ahora se convirtió en un símbolo poderosísimo. Ya se demostró cómo atenta contra la frágil masculinidad de los vatos que terminan bañados en ella, así que seguiremos usándola.

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El problema es que la chingadera es muy contaminante. Ya sé que las medidas personales no van a salvar al planeta, y que ese discurso de “pequeñas acciones” nada más nos distrae del hecho de que son las grandes industrias las que avientan sustancias tóxicas impunemente al medio ambiente. Como sea, lo mejor sí es llevar brillitos comestibles/biodegradables. Me puse a ver tutoriales de YouTube y no se ve taaaaan difícil. Hay una con azúcar (clic) y una con goma arábiga (clic). 

Y ya armadas con diamantina hippie chaira sustentable, estaremos listas para ver el mundo arder. O por lo menos, brillar. 

Nos vemos el viernes. 

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Las opiniones expresadas por nuestros nuestros columnistas reflejan el punto de vista del autor, que no necesariamente coincide con la línea editorial ni la postura de Chilango.

Tamara de Anda
Es chilanga, peatona, feminista, tragona, chaira y chavorruca. Estudió Comunicación en la UNAM, fue una de las blogueras más leídas de México (cuando los blogs estaban de moda) y empezó a chambear en medios en 2005. Hoy es una de las conductoras de Itinerario en Canal 11 y está al frente del programa Macho en rehabilitación de Radio Fórmula. También sube fotos de gráfica popular a Instagram, canta rolas noventeras en el karaoke, frecuenta bares mugrosos y colecciona objetos vaciladores. Es coautora del libro #AmigaDateCuenta.