20 años después, el clóset sigue ahí

ruta de la marcha del orgullo lgbttti
Foto: Claroscuro

Primera regla para ser buen aliadx: no publicar textos como este, porque ya estuvo de que las personas cisgénero heterosexuales escriban sobre lo que no les corresponde.

Pero como soy pésima aliada y tengo un ataque de nostalgia, ahí les voy. La neta sí se me esponja el corazón de ver cuánto ha cambiado (para bien) la ciudad en 20 años, el tiempo que ha pasado desde que me uní a la marcha del orgullo LGBTI+. Y al mismo tiempo me da rabia que todavía estemos tan pendejos y primitivos a la hora de reconocer derechos. 

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Contexto: era 1999 y había huelga UNAM, así que llevaba un par de meses de vacaciones involuntarias, pudriéndome en mi propia adolescencia. No existían los hashtags ni el internet inalámbrico ni las aspiradoras inteligentes ni el Metrobús ni camino arcoíris en Google Maps, porque no había Google Maps. Tampoco había botanas con edición especial arcoíris, matrimonio igualitario ni gomichelas. La canción “Puto” de Molotov sonaba sin parar y absolutamente nadie la cuestionaba. 

Tenía 15 años y era una época en la que me daba pánico no ser buga. A pesar de que mi mamá era abiertamente jotera, eso no aplicaba para las mujeres. Ella y sus amigos gays (entre los que se encontraba mi #MalvadoPapáFalso) hacían comentarios misóginos y específicamente lesbofóbicos, como “las lesbianas son muy conflictivas” (¿?). Históricamente me había crusheado con puro morro, pero cuando descubrí que me gustaba una chava de otro salón, me aterroricé. Porque no sabía nada de ese mundo, fuera de los comentarios culeros de esos adultos que, a falta de otros modelos a seguir, idolatraba. Porque jamás había visto una lesbiana, ni en las reuniones ni en la tele ni en la escuela ni en las películas. Porque lo desconocido siempre da miedo, más cuando es un monstruo que no sabes cómo se ve. O sea, ni siquiera ubicaba los estereotipos, así de la camisa de cuadritos y el pelito corto. 

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En las noches rumiaba ansiosamente antes de dormir, pensando que si resultaba lesbiana, mi vida estaría arruinada. Digo, no es que hubiera mucho que arruinar, pero intuía que se pondría muy, muy difícil. Que si de por sí mi figura paterna me había negado amor por ser gorda y “naca” (según sus absurdos estándares misóginos y clasistas), esta sería su licencia para despreciarme por completo. Que defraudaría a mi mamá por traicionar la misoginia institucional de la casa (spoiler alert: a la larga le salió peor, porque me hice feminista). 

Estaba intoxicada con esa confusión cuando fui al Ángel de la Independencia aquel sábado 26 de julio de 1999, con mis medias de rayitas, mis Dr. Martens de fayuca y mis ojos con demasiado delineador, una niña emo adelantada a su época. Y ahí noté, por primera vez, que sí había espacio para todas y para todos, para quienes se salían del huacal de la heteronorma. Que si eso que tanto me atemorizaba resultaba ser cierto, no era la única, y alguien estaría ahí para apoyarme (y darme besos). Y que si resultaba ser heterosexual, también era bienvenida, bajo la consigna:

—Yo soy…

—¿Quién?

—El buga consciente.

—Que sí, que no, el buga consciente.

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(Híjole, odio las consignas que se gritan en las marchas, lo cual hace mi vida chaira mucho más complicada, pero ese es tema de otra #Plaqueja).

A la mera hora resultó que sí fui buga, lo cual me otorgó el enorme privilegio de no tener que darle explicaciones a nadie, pero que tuvo la desventaja de que me relacioné con un chingo de machitos violentos e insoportables antes de encontrar a mi pareja actual. #NotAllBugasPeroSíCasiTodos. 

Dos décadas más tarde, la ciudad está llena de pasos peatonales de colores (que la neta se percudieron bien rápido, hay que usar una pintura más chida para la próxima), ya tenemos leyes bien chidas de matrimonio, identidad de género y acceso a la salud. Y esa UNAM homofóbica en la que me tocó estudiar hoy puso de arcoíris su escudo en redes sociales

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Sin embargo, en los hechos, sigue habiendo discriminación y crímenes de odio contra las personas LGBTI+. Y toneladas de ignorancia. El pinche clóset sigue existiendo. Hoy hay morras y morras y morras que, igual que la Plaquetita bebé en la era analógica, se mueren de miedo de ser quienes son. Por eso marcho, por lo que está pendiente, para que en un futuro (esperemos que cercano) este día ya pueda ser 100% fiesta. Y porque me quiero estrenar mis shorts de lentejuelas. Perdóñ.

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Tamara de Anda
Es chilanga, peatona, feminista, tragona, chaira y chavorruca. Estudió Comunicación en la UNAM, fue una de las blogueras más leídas de México (cuando los blogs estaban de moda) y empezó a chambear en medios en 2005. Hoy es una de las conductoras de Itinerario en Canal 11 y está al frente del programa Macho en rehabilitación de Radio Fórmula. También sube fotos de gráfica popular a Instagram, canta rolas noventeras en el karaoke, frecuenta bares mugrosos y colecciona objetos vaciladores. Es coautora del libro #AmigaDateCuenta.