Señora, no se siente (o haga lo que quiera)

Foto: Cortesía Tamara de Anda

Como todas las mujeres chilangas, recuerdo perfectamente la primera vez que me dijeron “señora”, LA PALABRA PROHIBIDA. Y, como bien dicta el guion de nuestras vidas, fue un momento horrible.

Yo tenía 17 años y así se dirigió a mí un morro como de nueve o diez. Ahora entiendo que a esa edad no queda muy claro qué es un “chavo como uno” y qué es un adulto-de-verdad, porque te dan clases personas de 20 años y te exigen tratarlos reverencialmente, con gestos tan absurdos como ponerte de pie cada vez que entran al salón (???) y hablarles estrictamente “de usted”. Pero en aquel entonces, a pesar de mi piel rica en colágeno y mi cuerpo inmune a las crudas, me pareció shockeante y hasta ofensivo el apelativo.

¿Por qué nos repele tanto la palabra? ¿Por qué tiene tanto poder sobre nosotras? Veo el pánico que amigas de entre 25 y 50 le tienen, la férrea resistencia a ser llamadas así, la indignación que manifiestan cuando ocurre. Pasa incluso entre las más feministas-deconstruidas-nivel-ninja. “¡¡¡ME DIJO SEÑORA!!!”, se quejan, como si les hubieran dicho “Pareces priista” o algún insulto realmente grave.

Y yo me pregunto: ¿y para qué queremos seguir siendo “señoritas”? Pa’ pronto, ¿qué mamada es esa? Hay diminutivos chingones, como “ahorita”, “pancito” o “Chicharito”… ¿pero “señorita”? Quizá para describir cariñosamente a una señora muy chaparrita, ¿pero aspirar a que nos llamen así? PARFAVAAAR. No tiene ningún sentido.

Además, la palabreja no es tan inocua. Esta derivación, que casuaaaalmente no tiene un equivalente para ellos (“Señorito” solo es un restaurante chingón en la Cineteca; los vatos pasan de ser “joven” a “señor” sin mayor drama), sirve para hablar de mujeres solteras, o sea, “disponibles”. ¿Por qué se nos debería designar de cierta forma por nuestra relación con otra persona? Que, para colmo, en la heteronorma se entiende que tendría que ser un hombre. O sea, nuestra “pertenencia” a otro humano determina cómo se nos dice. KE BERGAZ.

También tiene que ver con el terror a “ser mayores”, un miedo irracional que nos embuten en la cabeza desde chiquillas (por eso la palabreja espanta hasta a las adolescentes). Aferrarte al “señorita” es no querer soltar la aprobación patriarcal como cuerpo “deseable”. Y ya que lo ves así, ugh, pues guácala estar intentando cumplir las expectativas de una sociedad podrida.

Que me perdonen las VerdaderasFeministas® por la referencia tan blanca y tan gringa, y para la que además no encontré subtítulos, pero no puedo dejar de pensar en el sketch “Last fuckable day” de Amy Schumer. Si lo hubieran hecho acá en México, seguramente hablarían de la transición de “señorita” a “señora”:

Amigas, hay que perderle miedo a la palabra. Envejecer no tiene nada de malo. Aparentar la edad que una tiene realmente, tampoco. Seamos señoras por nosotras mismas, desde el momento que se nos dé la gana, sin la intervención de una pareja. Abracemos la señorez por nuestra experiencia de vida, por nuestra fuerza inquebrantable, por nuestra independencia y, si es necesario, por nuestra colección de tópers y nuestro gusto culpable por Mijares.

Por lo pronto, yo me asumo señora, porque soy grandota y contundente y ruidosa y los diminutivos no me van.

Sí, ya sé qué están pensando: “Señora, siéntese”. Lo que no saben es que, desde hace horas, estoy cómodamente echada en mi sofá, chingándome un mezcal. ¡Ja!

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Tamara de Anda
Es chilanga, peatona, feminista, tragona, chaira y chavorruca. Estudió Comunicación en la UNAM, fue una de las blogueras más leídas de México (cuando los blogs estaban de moda) y empezó a chambear en medios en 2005. Hoy es una de las conductoras de Itinerario en Canal 11 y está al frente del programa Macho en rehabilitación de Radio Fórmula. También sube fotos de gráfica popular a Instagram, canta rolas noventeras en el karaoke, frecuenta bares mugrosos y colecciona objetos vaciladores. Es coautora del libro #AmigaDateCuenta.