Pedalea hasta el infierno

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Foto: Cuartoscuro

Todos los días, cual Mario Bros, salimos de nuestra coladera y nos enfrentamos a un mundo que tácitamente nos odia. Los demás se vuelven un obstáculo que hay que sortear, se meten en nuestro camino o nos arrojan martillos desde sus nubes, hay balas encabritadas. Esto no es una exageración.

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A pesar de esta condición normal en la vida de todo chilango, una de las cosas que más feliz me ha hecho es descubrir la ciudad, recorriéndola a pie. Recuerdo cuando era jovencito y me bajaba en estaciones del Metro al azar para ver qué tipo de pornografía se vendía allá arriba o qué esculturas había en los alrededores. La ciudad es inabarcable, pero caminarla es adueñarse de ella, trazar un mapa propio e indestructible. En esa fuente de lobos lloré, afuera de este Sanborns me golpearon con una pelota de fuego, en ese departamento hay un cuarto donde perdí la virginidad, en esos tacos te vi comer cebollitas preparadas, etcétera.

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A la mitad de mi vida me veo en la necesidad de empezar desde cero. He tenido un inicio de año desastroso que me hace meditar sobre todo lo que he hecho mal hasta ahora. Una cosa destaca: la catedral de mi cuerpo está descuidada. Bajo la app de las bicicletas naranjas que recoges y abandonas a placer. Una noche de lunes, luego de leer en el ucrónico café Guardatiempos, en Condesa, me encuentro de lleno con uno de estos vehículos cerrándome el paso. Lo desbloqueo desde el cel. Me trepo al armatoste, nervioso, con un miedo infantil pero que me exalta. Hace 18 años que no estaba montado en una bicicleta. Quizá más de 18 años. ¿Veinte?

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Después de tres semanas pedaleando a toda velocidad rumbo al infierno, me he sorprendido atravesando el Bosque de Chapultepec, ya de noche, con una alegría vastísima. Regresar en bici a casa son cuarenta minutos de felicidad pura e intensa. Me sorprendo configurando sonrisas nuevas, es como leer Rayuela por primera vez, pero sudado. Ser perro asomado a la ventana del auto, un bobo acto inaugural, un reencuentro, mi Borges y el Otro.

Lo explico diferente: me encanta ponerme ebrio, porque me ayuda a encontrar la belleza en donde antes no estaba, los sentidos se enfocan cosas distintas. Pasa lo mismo arriba de una bicicleta: amo el sonido futurista del suelo de ladrillos sueltos sobre el que pasa la rueda, adoro el aroma a verdura triste de una ciudad recién empapada, suena el timbre de un ciclista que me va a rebasar. Emoción, alegría, hallazgo. En una de esas hasta bajo de peso. Quizá llego con demasiada demora al maravilloso mundo del ejercicio. Bueno. No hay prisa por escuchar a Mozart, nunca.

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Y lo mejor es que estoy redescubriendo la Ciudad de México. Calles que me eran habituales como peatón ahora me aterran, son bocas del lobo. El sentido de las calles me juega chueco, busco las calles más solitarias, me meto en los huecos, doy más vueltas de las necesarias para cruzar una avenida llena de oficinistas. Una rama baja me acaricia diario, acaso interesada en desnucarme. Transeúntes revisando el celular, conductores de auto revisando el celular, policías de tránsito revisando el celular. En las mañanas la gente tiene prisa por llegar a su chamba, por la tarde la gente tiene prisa por llegar a sus casas a ver Netflix. Impera la prisa. Nivel 5.4 del pinche Mario Bros.

Lo que estoy diciendo es que vivir en esta ciudad es padecerla, ya sea de pie o siendo feliz arriba de una bicicleta destartalada y ruidosa que además no puedes estacionar con tanta libertad porque te meten una multa de quinientas lanas. Dicen que las ecobicis están mejor. Se viene la temporada de lluvias. En todo caso esta es una columna alegre.

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