Crónicas del bañista itinerante

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Durante 11 años —hace 15— viví en una alegre y humilde vecindad a una cuadra del Paseo de la Reforma. Pagaba $2,000 de renta. Era el pan de cada día que nos cortaran el agua. O mejor dicho: la aparición intensiva de edificios departamentales nuevos, hoteles, centros comerciales con Zara Home y bobos edificios inteligentes absorbía el agua de la zona, dejándonos a los pobres inquilinos de Río Lerma 54 con la espuma del dentífrico secándose en la boca. A veces solo había agua de cinco de la mañana a siete de la mañana. A veces no había agua de jueves a domingo.

Lo más extremo fueron tres semanas seguidas sin una perra gota de agua. Yo bromeaba diciendo que era un visionario, un adelantado a su época; ya que en breve todos estaríamos igual. Mi desaseada experiencia de esos días resolvió en una novela que primero se llamaba Crónicas del bañista itinerante, después El mismo río dos veces y terminó apareciendo en librerías como Balas en los ojos. Bah. Con los libros pasa como con esas calles que van cambiando de nombre: Gabriel Mancera, Monterrey, Florencia. Pero ese no es el tema de este texto.

No me considero un experto en el tema pero vaya que fue una fase dura de casi un año. Uno le teme al sol, al esfuerzo físico, a los líquidos vaginales, ¡a la diarrea! Todo atenta contra la respiración de nuestra piel. El cabello se llena de grasa, los tanates huelen a Hot Nuts, las axilas chillan recreándose. Habrá quien ha dominado el arte del baño vaquero, pero para mí aquella disciplina es poco menos que el viaje a la luna. Te frotas la frente y se reúne una plasta de mugrita horrible. Mi novia de aquel entonces vivía a escasas cuadras y me prestaba su regadera, pero el bañista itinerante a los dos días se apesta. Otros amigos y familiares me facilitaron los chorros uniformes de sus duchas. Honestamente nadie quiere ver tus pelos en sus jabones, nadie quiere que uses su champú, la toalla extra para los visitantes suele lucir como un bistec. Los baños son templos de un solo dios, acaso una trinidad. Siempre he sentido que el único lugar del mundo donde realmente me aliño con pulcritud de bendito es el baño en casa de mis padres. Pero está hasta Taxqueña. De regreso a casa ya estaba otra vez cochino a la altura de Metro Viaducto. Es una presencia rara la del cuerpo que no se ha bañado en varios días, como si tuvieras una segunda sombra.

Los platos en la cocina se acumulan. Aparecen inicialmente esas frágiles mosquitas que se pulverizan con cualquier manazo, evolucionarán en moscas hechas y derechas, detalladas y con matices. Huele a plato sucio, en el fondo de los vasos se acumula un sarro blanco que evoluciona en moretón y que evoluciona en hongo. Todo se empuerca con prisa. Mejor no comer como persona civilizada hasta nuevo aviso. La salsa Valentina en un tazón que no ha sido lavado en cinco días nos vuelve humildes a regañadientes. Una cuchara limpia, para mi consolación.

Tenía yo un sistema de tres cubetas. Una roja, una amarilla y una verde. Mi semáforo de agua. Cuando llegaba al rojo, era hora de rezarle al Tláloc de las pipas de agua. Organicé a mi aparato digestivo para tener sus requerimientos diarios justo cuando me acercaba al Sanborns de Reforma 222. La chis, en cambio, sí se acumulaba en mi escusado. Charco de tres lluvias. Basta con que un día no puedas deshacerte de tus meados para que cualquier baño con jabonera y cortina de diseñador se transforme en el sanitario de la central de camiones de Cuautla. Comprar garrafones de agua para llenar la caja del baño es una opción cara y poco efectiva. Es sorprendente la cantidad de agua que se requiere para jalarle una vez al WC. Tenemos memes en 3D pero aun no inventan un retrete que pulverice la mierda. ¿Lavarse los dientes usando agua embotellada? Aceptable. Caro, tristemente caro. Estoy convencido de que no estamos tan lejos de que uno compre agua como se compraba Tiempo Aire en el pasado reciente: vas al OXXO y le pones 2,000 litros de agua a tu domicilio. Nos tocará ver al agua como un objeto de lujo. Pensaremos con melancolía en el sonido que hacen las bombas al activarse, como los ruidos de los chamacos jugando en Niños del Hombre.

¡Eructa un tinaco en medio de la noche! El servicio ha sido reactivado y aparece campante, fluyendo como un milagro falso, el agua sucia. Qué cosa tan aterradora es ver el agua contaminada de tierra salir del grifo de tu lavaplatos, estas cosas te marcan. Un torbellino de oscuras y diminutas partículas adentro de una taza con la palabra leche en muchos idiomas. Debe sentirse igual de feo orinar Cheetos.

Se viene un corte de agua enorme en la ciudad de México que afectará 13 alcaldías. La Edad Media 2: el Regreso. Del 31 de octubre al 4 de noviembre. 4 millones de personas afectadas. Los patrones empleadores te ven feo si propones hacer home office. Ya vi los memes. La coincidencia del recorte con el día de muertos da para mucho humor de botepronto. Ojo: toda esta columna es puro dilema doméstico clase mediero. ¿Qué pasará en hospitales, escuelas, asilos o reclusorios? Nos lo están planteando como un desabasto, pero más bien esto, amigos, es un simulacro.

Está grueso el siglo. Moriremos por la escasez de agua o moriremos ahogados.

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