La vida sin gas

Una tarea en apariencia cotidiana puede llevarnos a reflexionar sobre nuestra relación con la ciudad.

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Foto: Cuartoscuro

Una de las cosas que más joden la existencia es que se te acabe el gas sin haberlo esperado. Pues bien, así me pasó hace algunos días. Cierta mañana abrí la regadera con prisa y al meterme confiado en que todo estaría vaporoso y amable, recibí un chorro de agua helada en la cabeza y la espalda que me estremeció provocándome un bañus-interruptus. Terminé de lavarme temblando de frío y salí corriendo a mi trabajo, esperando llamar por la tarde a los señores del gas.

Aquella noche no encontré la tarjetita de los del gas. A la mañana siguiente tuve que pedirle a mi madre que me dejara bañarme en su casa. Ella a su vez me envió, apenado y pegajoso, al baño de mi padre, donde me bañé con el mismo champú que usaba en mi infancia y me sequé con una toalla suavecita y esponjosa que no quería abandonar el resto de mi vida. Más tarde conseguí el teléfono de los del gas. Me dijeron que tenían mucha chamba y que podían ir hasta dentro de dos o tres días. El horizonte de mi existencia se oscureció.

A la mañana siguiente decidí pedirle auxilio a mi vecino. Amablemente me prestó su baño. Mucho más grande y elegante que el mío, por cierto y, además, con tina y una serie de productos para la humectación y el cuidado del cabello que desconocía por completo. Salí de ahí más limpio e hidratado que de costumbre y un poco avergonzado del baño que tengo y su radical austeridad. Mi esponja de emoticón y el pequeño submarino amarillo que adorna mi regadera no podrían aspirar a competir contra el baño de mi vecino.

El cuarto día tenía que salir temprano y mis opciones se estaban agotando. Además mi vecino no estaba en su casa y mi madre también había salido. Intenté el baño de agua fría pero confirmé que estoy negado fisiológicamente para tal asunto. Entonces recurrí a lo más difícil que me ha tocado hacer para poderme bañar: pedirle auxilio a mi exesposa y madre de mis hijos, que vive a unas cuadras de mi casa. Ella fue muy amable en todo, salvo en avisarme que la llave del agua caliente suelta de inicio un chorro de agua hirviente ideal para desplumar a una gallina. Lo bueno es que logré bañarme y librar un día más.

Llegó el día prometido por los del gas para visitarme, pero no lo hicieron en la mañana y yo tenía que salir a trabajar. Había agotado mi capacidad de pedir baños ajenos para bañarme, así que opté por la última cosa que se puede hacer: calentar tazas de agua en el microondas hasta llenar una cubeta (tardé una hora) con la que me bañé, utilizando un cenicero como jicarita. Fue un momento de esos que te despojan de toda vana pretensión y te ubican en el fondo del foso. Entendí de la peor manera que el hecho de aferrarme a seguir pagándole lo mismo a los del gas tarde o temprano iba a desencadenar algo como lo que viví esos días de locura y degradación. No lo vuelvo a hacer. No lo hagan ustedes. Paguen el gas a tiempo. No evadan el hecho encabronante de que ha subido de precio. Báñense rápido pero con agua calientita y, sobre todo, disfruten de ese pequeño lujo que todavía tenemos quienes vivimos en la ciudad, porque como bien dice la abuelita de los jugos de la esquina: “El agua se va a acabar, joven, las naranjas también… todo se va a acabar”.

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