Contra las plazas comerciales

El boom de los centros comerciales va más allá de lo económico: es un tema político y bastante delicado.

Foto: Cuartoscuro

En el ensayo La estetización del mundo (Anagrama, 2015), Gilles Lipovetsky y Jean Serroy nos cuentan la fascinante evolución del viejo “gran almacén” en “centro comercial”; nos hablan de cómo se inventó el maniquí para hacer que las mujeres compraran más vestidos y nos enteramos de cómo aquellos visionarios de la mercadotecnia desarrollaron escaparates espectaculares y espacios comerciales en los que la gente sintiera como que iba de paseo, aunque en realidad todo fuera una trampa para estimular las ventas.

Idearon poner fuentes, esculturas, plantas y vitrinas que parecieran obras de arte, y además techos cristalinos para que la gente pudiera mirar al cielo de vez en cuando y no sentirse oprimida por el capitalismo salvaje. En el Bellagio de Las Vegas y en Mundo E fueron más listos y pintaron un cielo en el techo para ahorrarse el cielo real. Lo hicieron tan bien que su modelo se extendió por todo el mundo. El concepto no ha dejado de evolucionar y se convirtió en lo que ahora conocemos como una moderna plaza comercial. Al respecto, Lipovetsky y Serroy escriben:

“En todos los centros comerciales del mundo encontramos los mismos nombres, no hay nada más parecido a un centro comercial que otro centro comercial, en ellos se experimenta la misma clase de sensaciones que las que tenemos en los aeropuertos, los cuales, por lo demás, se parecen de manera creciente a los centros comerciales, con el mismo desfile de idénticas marcas. Si el gran almacén se basaba en el fetichismo de la mercancía, el centro comercial se basa en el fetichismo de las marcas. De ahí la sensación de dejà vu que se apodera de sitios así, a pesar de los esfuerzos de los arquitectos por variar la organización de los lugares: pero el aburrimiento surge aquí de la uniformidad…”

Hace muchos años, décadas probablemente, vi por primera vez un mall en Estados Unidos y quedé fascinado. En México sólo teníamos Plaza Universidad, inaugurada en 1969, a donde todos los adolescentes de aquellos tiempos íbamos a “ligar” (lo que sea que eso signifique) y Plaza Satélite, inaugurada en el 71, que eran centros comerciales muy modernos, pero no tenían nada que ver con los malls gringos. Nunca imaginé que un día en mi ciudad íbamos a tener más centros comerciales que parques públicos y espacios deportivos.

Los centros comerciales de hoy tienen amplios espacios, jardines verticales y cascadas saltarinas. En la Ciudad de México, gracias a la ambición desaforada de políticos y empresarios, ya casi podemos presumir que tenemos más centros comerciales que iglesias en Cholula. Según el estudio de 2017 “El boom de las plazas comerciales en la Ciudad de México”, de Rafael Cabrera para el CIDE, en los últimos 12 años se han construido 108 plazas comerciales. Ojalá pudiéramos decir que, al mismo tiempo, el gobierno ha creado la misma cantidad de parques y espacios públicos gratuitos. Por el contrario, han destruido espacios públicos para poner más centros comerciales: así perdimos nuestro estadio de beisbol para tener Parque Delta y así perderemos el estadio Azul para ver oooootra nueva plaza comercial, al lado de la plaza de toros que, a su vez, un día también se convertirá en centro comercial.

Para gobiernos y empresarios interesados solo en hacer más plazas comerciales, si una persona camina en la calle es para comprar algo. Olvidan todos los vasos comunicantes que tiene la calle en la vida de una sociedad. Las autoridades criminalizaron el jugar una cascarita en tu cuadra y poner tus porterías de ladrillo, pero no han querido frenar el magnífico negocio de los que no quieren ver un rincón de esta ciudad y de este país sin una plaza comercial a donde las familias puedan ir a las mismas tiendas a comprar las mismas cosas, siempre y cuando tengan dinero para hacerlo. Debemos parar esto a como dé lugar.

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