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El siglo de Teodoro González de León

Las obras de Teodoro González de León y su legado arquitectónico y social: del Infonavit a Manacar, pasando por el MUAC y el Auditorio Nacional

En toda obra del arquitecto, pintor, escultor y melómano Teodoro González de León (1926-2016) hay una explanada, atrio o gran plaza de acceso que invita al peatón a interactuar con la estructura, incluso cuando su intención no es necesariamente tal. Bocas abiertas, como dicen sus colegas, que logran envolver y tragarse el entorno. Y que con los años han permeado tan profundamente en el imaginario social –¿quién no ha tenido como punto de encuentro la escalera del Auditorio Nacional?– que se volvieron referencia en la ciudad.

Foto: Rafael Amed

En ese gesto, tan concreto e insigne de su arquitectura, se develan tanto los lineamientos que marcaron su trabajo como los que constituyeron su mirada particular y filosofía de vida. No era urbanista de profesión ­–aunque los que trabajaron con él dicen que era el más urbanista de todos–, pero su premisa siempre fue clara: la arquitectura, concebida como una arquitectura civil, no se puede separar de la ciudad; tampoco cortar o redirigir el flujo de las masas ni entorpecer los procesos de las dinámicas urbanas, porque ambas –arquitectura y ciudad– conforman ­una sola entidad.

Por eso, el ejercicio que más puso en práctica cuando volvió a México y recibió sus primeros encargos oficiales bajo el mandato del presidente Miguel Alemán Valdés –luego de pasar un año y medio en Francia, donde trabajó con el exponente de la arquitectura moderna Le Corbusier– fue el de hacer que sus edificios abrazaran a la ciudad, incluso cuando la monumentalidad de sus construcciones y los materiales utilizados –en su mayoría un concreto aparente o martelinado, sello de su obra– pudieran sugerir otra cosa.

Foto: Shutterstock

“Sus edificios son robustos y de dimensiones enormes, pero no herméticos. Por lo contrario, buscaba que fueran abiertos, accesibles y se pudieran atravesar. Era un maestro en introducir el flujo y hacer que todo confluyera en un espacio abierto, escalera, patio o pasillo”, dice Hatumi Hirano Beltrán, directora de proyectos de Edmonds International y colaboradora en el Conjunto Manacar, el último proyecto del arquitecto (inaugurado después de su muerte)

“No solamente intervenía el espacio público, sino que lo creaba. Para él eran fundamentales los espacios de confluencia, encuentro y descanso”.

Tras su paso por Francia, a finales de la década de los cuarenta, la experiencia que adquirió en el despacho del arquitecto modernista francés –donde pudo supervisar el diseño de la Unidad Habitacional de Marsella, de los proyectos de vivienda colectiva más emblemáticos de la arquitectura moderna– se volvió evidente. Sobre todo en el uso del concreto como material principal, en su versión más cruda –para que no fuera necesario un mantenimiento constante–, pero también en la intención de proponer soluciones dignas a las problemáticas sociales que se profundizaron con los supuestos avances de la modernidad. Siempre con la concepción de la arquitectura como una disciplina integral, en sus múltiples dimensiones: estéticas, funcionales, de cuidado y de protección. Tal vez, incluso, como una plataforma que facilita el desarrollo de sus habitantes. Porque es esa la principal –y paradójicamente más olvidada– tarea de la arquitectura.

“Somos seres complejos que necesitamos más que un techo y un espacio mediador con el entorno”, reflexiona Tatiana Bilbao, arquitecta, académica y fundadora de Tatiana Bilbao Estudio.

“Y es eso lo que critico de la mayoría de los modernos; la arquitectura modernista estaba rendida a la producción, a proveer espacios que nos empujaran a ser parte de la cadena de producción, cuando su principal función debería ser cuidar y fomentar nuestro desarrollo mental, físico e intelectual. Creo que Teodoro fue de los pocos de esa época que entendió cómo tomar esos principios y aplicarlos para el bienestar de la sociedad”.

Y es que no se puede hablar de Teodoro González de León, quien este mes de mayo cumpliría 100 años de edad, sin dar cuenta de las contradicciones propias de la modernidad. Tampoco se puede dejar de lado la influencia manifiesta de Mario Pani –quien fue su profesor en la Escuela Nacional de Arquitectura de la UNAM– y Le Corbusier; o que las corrientes arquitectónicas con las que se suele asociar su obra (aunque su intención siempre fue la de hacer confluir elementos de distintos estilos) son el funcionalismo y el brutalismo, propias de la segunda mitad del siglo XX. Como dice Hirano, “su obra fue cambiando a lo largo del tiempo, pero sus primeros trabajos son mucho más funcionalistas, en la línea del Movimiento Moderno. Conforme fue avanzando, prefería relacionarla a las necesidades civiles y sociales del momento, más que reducirla a una única categoría”. 

Tampoco se puede hablar del arquitecto sin mencionar su relación laboral y creativa con Abraham Zabludovsky. “El matrimonio abierto”, como decían los amigos. Cuenta Jorge Gamboa, arquitecto, urbanista y director de Fibra Danhos, desarrolladora inmobiliaria, que si Abraham recibía un encargo y quería compartirlo con Teodoro González de León o viceversa, lo hacían, pero no era obligación. O sin hablar de su culto a la salud (nadó hasta su último día); su avidez por nutrirse intelectualmente (cada momento libre lo aprovechaba para conocer algún museo); su rutina estricta (durante años se despertó a la misma hora y almorzó todos los días en el Café Viena) y sus notorias ganas de extender lo más posible la vida. 

A modo de contexto, el funcionalismo triunfaba como la arquitectura de la posguerra y el estilo por el cual Europa se reconstruyó, con énfasis en las viviendas colectivas, revolucionarias para la época, pero que con el tiempo abrieron otra arista: muchos de los megaproyectos que hoy asociamos a la modernidad, conllevaron exclusión, marginación y expulsión social. Como dice Tatiana Bilbao, el problema es que vivimos en un sistema que necesita de la explotación para sobrevivir y ningún proyecto de arquitectura, por más que queramos, se escapa de ello.

“Lo que marca la diferencia es estar conscientes de las colonizaciones que ejercen nuestros proyectos. Habría que preguntarles a estos grandes maestros si ellos lo fueron”, señala.

La obra de Teodoro González de León surge en esa compleja intersección y, a su vez, da cuenta de una transición. Como relata el arquitecto Miquel Adrià en su libro La sombra del Cuervo. Arquitectos mexicanos tras la senda de Le Corbusier (Arquine, 2016): “Su obra emerge a partir de un discurso evolutivo que entrecruza las enseñanzas del Movimiento Moderno con una lectura personal de las culturas autóctonas (…) Su arquitectura pone en manifiesto el tránsito del periodo internacionalista propio de finales de la década de los cuarenta, a la asimilación de las modernas alternativas plásticas desarrolladas desde los años setenta. En cierta medida es la evolución de lo dogmático a lo creativo, de la racionalidad al expresionismo. En suma, un proceso por el que había pasado antes el mismo Le Corbusier”.

Un hombre renacentista –como recalcan los que lo conocieron–, metódico y rutinario, capaz de sacar cálculos geométricos y matemáticos sin dificultad y que no buscaba separar los oficios, sino hacerlos confluir de manera armónica reconociendo la importancia de cada uno, en gran parte influenciado por su primera pareja, la poeta uruguaya Ulalume González de León; y su amistad con personalidades de la élite intelectual como Octavio Paz y Alejandro Rossi. 

Como dice el artista visual holandés Jan Hendrix: “Vivía en un constante diálogo interno; por un lado, tenía su trabajo con estos monstruos y políticos; por el otro, estaba lo que surgía de las pláticas nocturnas con sus amigos poetas, escritores, curadores e historiadores”.

“Aun cuando tuvo el encargo de crear el relato del México Moderno y diseñar todos estos bastiones de la modernidad –como lo hicieron Mario Pani y otros exponentes antes que él– nunca dejó de mezclar y poner en práctica todas las técnicas que desarrollaba con tanta gracia y agilidad, con la cabeza de un escritor, los pasos de un coreógrafo, las ilusiones de un arquitecto y la economía de un poeta”, reflexiona. Aquí diseccionamos algunas de las obras más representativas del arquitecto.


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