Cuenta Jorge Gamboa, urbanista y director de Fibra Danhos, inmobiliaria que le encargó este proyecto a Teodoro González de León, que en un principio la propuesta era otra. En ese terreno tan cotizado durante años, ubicado en la parte baja de las Lomas de Chapultepec, se iba a proyectar para el bicentenario un edificio alto, complejo y difícilmente realizable. Fueron la preexistencia de la gasolinera, construida en los años 40 por el arquitecto Vladimir Kaspé, y la promesa de cuidar esa estructura, lo que llevó a que se construyera lo que hoy se conoce como Torre Virreyes o “el Dorito”.
“Entre sus obras más recientes destacan la Torre Virreyes y Manacar, que desataron controversia y oposición vecinal por el potencial impacto urbano debido a sus dimensiones. Virreyes consta de dos placas trapezoidales de 25 pisos de oficinas y 16 niveles subterráneos de estacionamiento, al borde del Bosque de Chapultepec. Una ingeniosa estructura metálica sobre sus fachadas libera las plantas de columnas y soporta unos parteluces verticales de concreto precolado y cincelado que protegen sus caras de poniente y oriente”, escribe Miquel Adrià en su libro La sombra del Cuervo. Arquitectos mexicanos tras la senda de Le Corbusier.
Esa estructura desafiante se logró con el trabajo del grupo de ingeniería Arup, quienes saciaron las inquietudes de Teodoro al proyectarla; porque para conservar la obra original, su propuesta fue clara: crear un edificio cuya base angosta se agranda progresivamente en la medida que se aumenta la altura, lo que dio paso a la forma de un triángulo invertido y ladeado que le dio su nombre coloquial. El triángulo, según decía, era la única figura viable por ser la más resistente, independiente de si estaba invertido o no.
“Y ya cuando te lo bautizan con un nombre cariñoso, significa que la vecindad lo incorporó, con eso ya ganaste”, sostiene Gamboa sobre uno de los íconos más actuales de la obra de Teodoro González de León.
Pedregal 24, Molino del Rey