Teodoro González de León: arquitectura, disciplina y responsabilidad

A lo largo de mi vida he trabajado con muchos arquitectos, algunos de gran prestigio, y nunca he conocido al que como Teodoro reúna tantas destrezas en forma tan estructurada ni trabaje con tanta disciplina.

Hoy no me quiero referir al genio Teodoro González de León que todos ustedes conocen, sino al profesional disciplinado y responsable que logró, una y otra vez, que sus grandes ideas se transformaran en edificios concretos y útiles a la sociedad.

A lo largo de mi vida he trabajado con muchos arquitectos, algunos de gran prestigio, y nunca he conocido al que como Teodoro reúna tantas destrezas en forma tan estructurada ni trabaje con tanta disciplina. Durante mis ya muchos años de trabajo en el gobierno y en la industria inmobiliaria me he involucrado en múltiples proyectos de su despacho: el Auditorio Nacional, el Conservatorio en el Centro Nacional de las Artes, el Jardín Tamayo, un proyecto no realizado para el Senado de la República, el Conjunto Arcos Bosques, Reforma 222 y la Torre Virreyes en las Lomas de Chapultepec.

Para coordinar los proyectos se realizan cientos de juntas. Teodoro jamás llegó tarde a ninguna. Tampoco antes, siempre a la hora exacta. A pesar de tener buenos colaboradores, a estas juntas nunca mandaba representantes. Él asistía e insistía en que fueran ordenadas y eficientes. A cambio, nunca dejaba de atender una solicitud del cliente, aunque implicara rediseñar lo ya resuelto; ni se rehusó a cambiar lo que legítimamente demandara el proyecto.

Los proyectos de Teodoro González de León los concebía y desarrollaba él mismo. Podría sonar a una perogrullada, pero no lo es en el mundo de la arquitectura. Hay despachos muy prestigiosos que tienen franquicias o despachos maquiladores. En la oficina de Teodoro todo lo importante lo diseñó él y lo secundario se desarrolló bajo su guía y supervisión. A pesar de los millones de metros diseñados por su despacho, estoy seguro de que él podía describir cada rincón de cada edificio.

Dominó con maestría todas las disciplinas asociadas a la arquitectura, entendiendo de diseño estructural e instalaciones. Manejaba la acústica. Conocía los reglamentos y sus proyectos desde el inicio resolvían escaleras y salidas de emergencia o acceso a minusválidos. La geometría fue su instrumento de trabajo y personalmente calculó radios y curvas. Sus escaleras siempre funcionaron. También los estacionamientos.

Teodoro no escatimó recursos en el proceso de diseño. De cualquier proyecto realizó decenas de maquetas de trabajo: del conjunto, del edificio, de las fachadas, escaleras o cubiertas.

Un ejemplo es la Torre Virreyes, edificio que representó un gran reto: en primer lugar, debía preservar e integrar la parte más significativa de una vieja estación de gasolina diseñada por Vladimir Kaspé en los años 40, y que había sido declarada Monumento Artístico; además de cumplir los requerimientos del cliente y las autoridades en cuanto a usos, volumen construido, altura y lugares de estacionamiento.

Su ubicación, aislada de otras edificaciones y colindante con la segunda sección del Bosque de Chapultepec, lo hacía visible desde largas distancias, lo que lo convertía en una escultura que, además, debía obtener la más alta calificación en materia ambiental.

El proyecto logrado por González de León y sus colaboradores resolvió, con formas de extraordinaria belleza, el difícil equilibrio entre estos y otros factores indispensables para la economía, la seguridad y la eficiencia de un edificio.

Sin embargo, durante el proceso se generó un gran problema: por su forma de triángulo invertido con volados de hasta 50 metros de longitud en la parte superior, los ingenieros encargados del diseño estructural original concluyeron que era inconstruible dentro de parámetros normales de eficiencia económica.

Pero Teodoro no se dio por vencido. Su enorme experiencia, conocimiento de la ingeniería estructural, dominio de la geometría e intuición de creador lo llevaron a proponer otro camino.

A pesar de los enormes volados, el triángulo, decía él, era por naturaleza estable y en su integración a la estructura tendría que estar la solución. Por otro lado, cuando el edificio se veía completo ―incluyendo la estructura sobre la banqueta y la parte subterránea― el perfil semejaba una gigantesca bota con una amplia base.

A lo largo de las semanas Teodoro insistió y produjo maquetas que demostraban con cartón la esencia de su propuesta, pero los ingenieros no cedían y la consideraban inviable. Ante su insistencia, se optó por contratar a la empresa de ingeniería más grande y sofisticada del mundo para trabajar el diseño en su oficina de Nueva York.

El entendimiento fue instantáneo: la propuesta estructural de Teodoro funcionaba. ARUP, nombre de la firma, planteó incluso dos conceptos de solución basadas en el triángulo como elemento resistente. También se utilizó el principio de la bota para complementar la solución estructural, logrando hacer viable el proyecto.

La solución escogida fue el MEGABRACE, un colosal triángulo que baja las cargas a la cimentación, permitiendo además espacios interiores libres de columnas. A partir de ese diseño básico, el resto fue fluyendo de manera casi mágica, lo que resultó en un edificio que se convirtió en uno de los iconos de la Ciudad de México, uniéndose a las decenas de proyectos que le dio a nuestra metrópoli.

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