Nueve semestres fueron suficientes para peinar el sur de la ciudad entre pulquerías, bares rascuachos y ollas tamaleras. Una crónica sobre esa época universitaria en la que el hambre se mide por lo que permite la cartera y la geografía se aprende de Huipulco a Xochimilco.
El cierre de Los Bernardino’s en CDMX revive el debate sobre identidad, migración y qué entendemos por “taco” en una ciudad que presume diversidad.
Antes de la firma del Tratado de Libre Comercio, la oferta de golosinas era meramente nacional. Pero no en Compras Bazar Sur.
Marcelo fue siempre un maestro. Llegó a mi vida en un momento de inmadurez que me exigía poner los pies en la tierra. En la pandemia, me salvó la vida. Durante el encierro, el tiempo que pasé al aire libre lo pasé con y gracias a él.
Después de cinco años en los que la Ciudad de México ha estado en el foco del mundo, este verano parece ser la cúspide del hype.
El lujo invisible, lejos de ser clasista, escoge el anonimato, se olvida de los egos y elige ser real. Estoy seguro de que vamos a ver más de esto en el futuro inmediato. Porque hay algo en el exceso de información y propuestas que nos empieza a cansar a quienes solo queremos comer rico.
Lo primero que uno piensa cuando hay que bajarle al azuquítar es una dieta basada en proteína y en verdura. Nos acordamos de que existen las ensaladas. Y ahí es cuando me pregunto: ¿dónde están las buenas ensaladas?
Aunque así pareciera, estas líneas no están dedicadas al pan, ni a San Jerónimo, sino a mi jefe: me enseñó a comer pan dulce con frijoles. Y eso es un legado para siempre.
Correr es una excelente forma de conocer la ciudad porque necesitamos tener la vista en ella. No en un celular, dentro de un auto, ni dentro de un vagón del metro.
La CDMX es más que tres barrios. Somos una ciudad inmensa –casi interminable– y hay demasiadas –DEMASIADAS– cosas buenas para comer.