Los juegos del hambre: Estefany Palma, cantinera

Una despedida a Fanny, cantinera de Baltra, entre martinis, amistad, oficio detrás de la barra y el inicio de una nueva etapa en Baldío.

Conocí a Fanny en Londres junto a Pablo Pasti y Yayo Nava. Gracias a una generosa invitación de José Luis León, le caí como paracaidista a su departamento rentado por tres noches para la celebración de The World’s 50 Best Bars en 2021. Apenas llegué, nos saltamos el small talk, nos prendimos un gallito platicador en la mesa de la cocina y le dimos rienda suelta a la cagazón de risa. Nos volvimos compas de inmediato.

De regreso en México, las noches en Baltra se volvieron más frecuentes. Las cubas que antes nos preparaba José Luis a Cris Alonso y a mí, se convirtieron en los martinis de Fanny. Siempre al borde de la copa, en el punto exacto de temperatura y total precisión en el perfume del vermut. Mis favoritos, si me lo preguntan. Fue ella quien me enseñó a prepararlos desde la primera vez que me invitaron a servir tragos tras la barra de Baltra, una jornada que terminó en ABBA y “Las de la intuición”.

Esa noche se fue a presentar con nosotros Fernando Crespo, un tipo de ojos azules que prometió llevarnos a servir una noche de martinis a su bar, en Costa Rica. No solo cumplió su promesa: a la postre Fernando se convertiría en uno de mis más entrañables amigos en esta industria del trago y la matraquita. En Café de Nadie, hicimos –Fanny en la barra y yo en la cocina– dos sábados cantineros en 2023 y 2024. Maridajes de cecina crujiente, bulls, quesabirrias, micheladas, tortas de chicharrón norteño, martinis… Yo no me lo explicaba, pero algo habrán visto aquellos que nos invitaron a echar palomazos. Mi amistad con Fanny es extraña, atípica e improbable, pero es genuina. 

De su posición en la barra no tengo más que respeto. Hace poco veía yo un video de María Esperanza Landero “Perita”, cantinera del mítico Bar Mancera, que la reconocía como la primera bartender de México. No pude evitar pensar en chicas como Fanny que mantienen vigente y con toda dignidad el oficio. Lo confirmé la última vez que la vi trepar la barra con una habilidad acrobática –mitad chango, mitad morra– para alcanzar una botella de las repisas superiores. Siempre me gustó ver ese recurso casi gesto técnico que habla de Baltra como el bar de barrio –desenfadado, imperfecto, hermoso– que siempre he pensado que es, y de Fanny como esa cantinera que, ante todo, tiene oficio. 

Hace un mes, Fanny anunció su salida de Baltra después de ocho años. Se va en paz, reconciliada con los buenos y los malos momentos. Madura, o en busca de la madurez. Cuando menos, la estabilidad. Aprendió mucho de la gente que la rodeaba –Pablo, Alberto, José Luis– pero también le dejó lo suyo al bar. Los rumores confirmaron que su siguiente parada es en Baldío, donde cargará con un reto completamente diferente a nivel líquido, y para el cual necesita estar preparada (a rifarse, pinche Fanners). Lo hará bajo la batuta de Pablo Usobiaga, un tipo que reconoce sus virtudes y la tiene en gran estima. Me emociona pensar que, de alguna u otra forma, trabajará más cerquita de otra reina de la barra: Mapo Molano. Los sábados cantineros en el Café de Nadie prometen regresar.

El futuro le augura buenas cosas si trabaja con enfoque. La extrañaremos en la isla, pero quién quita y los mil espresso martinis que nos tomamos en su barra, los compartamos ahora de este lado. En una mesita del bar que ella ayudó a construir. 

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