En el Centro Histórico de la CDMX seguramente hay oficios más emocionantes y mejor remunerados, también labores mucho más sórdidas, tediosas o extenuantes, como ser presidente de la República o ministro de la Suprema Corte de Justicia; hay comerciantes informales, panaderos, tramoyistas de Bellas Artes, carteristas, curanderos, valuadores del Monte de Piedad y muchos otros trabajos, pero ninguno tan sutil y extraño como el de cierto vigilante al que conocí hace tiempo en el sótano del Centro Cultural de España.
Su labor consiste en alumbrar la huella de un pie prehispánico. Se desempeña en el subsuelo donde se encuentran las ruinas del calmécac, la escuela de la élite mexica, a escasos metros del Templo Mayor. Vale la pena visitar el sitio. Ahí, grabada en el estuco de la escalinata, está la huella adulta de un pie derecho descalzo. En el barandal que rodea esta ruina hay una ficha museográfica que llama la atención hacia este rastro involuntario que no se debe iluminar con flashes del teléfono; se recomienda pedirle al guardia que te ayude a ubicar la huella con la respetuosa luz de su lamparita de bolsillo. El vigilante, atento a la curiosidad de los visitantes, acude con prontitud a alumbrar el escalón sesgadamente, de tal suerte que las cavidades del talón, metatarso y dedos queden inundadas de sombra.
La primera vez que vi la huella sentí un estremecimiento psíquico como los que seguramente experimentan por las noches los que creen en ovnis y fantasmas. Me pareció que ahí estaba de pie, tan vivo, un macehual tenochca, ocupado en construir aquel recinto, indiferente a los quinientos años que habían pasado desde entonces. El fantasma frente a mí desconocía la catástrofe que venía. A partir de las fechas tardías de esa fase constructiva del calmécac, podemos suponer que el hombre atestiguó la llegada de los extranjeros que, aliados con tlaxcaltecas, trajeron la desgracia a México Tenochtitlán. Le tocó tal vez morir en la batalla o en la epidemia, o sobrevivir para ser bautizado a fuerzas y adorar a escondidas a sus dioses prohibidos.
Abismado en las profundidades de la historia, me trasladé a una noche lluviosa de la Tenochtitlán saqueada, con los templos derruidos y las aguas del lago y los canales teñidas de sangre… de golpe, el vigilante apagó su lámpara y me sacó del ensueño; debió de pensar que me quedé pasmado porque había fumado marihuana antes de bajar al sótano. La huella desapareció. Le di las gracias por su servicio y después de contemplar las magníficas almenas en forma de caracol que están expuestas al otro lado del edificio, subí las escaleras y salí a la bulliciosa calle. ¿Dónde encontraría otros fantasmas?