La casa donde crecí siempre tuvo mucha vida. La sigue teniendo. Recibíamos gente casi cada fin de semana. También era sede de grandes fiestas en Navidad y Año Nuevo, y de comilonas el Día de las Madres. Recuerdo ollas de mole con pollo, tortas de bacalao, taquizas… todas y cada una de ellas terminaban en borracheras entre risas, nubes de humo y canciones de Sandro y Gloria Estefan. En ocasiones la fiesta se alargaba al día siguiente.
Recuerdo bien que mi papá era el primero en estar de pie por la mañana, listo detrás de la barra, para preparar los remedios (empezando por el suyo): bloody marys con tequila —nunca con vodka— con jugo de tomate de tetra-pak, antes de que se popularizara el uso de Clamato. Cuando las fiestas eran en casa, mi mamá trabajaba la cocina y mi papá la barra. Nunca faltó la buena comida y una bebida siempre en la mano. Eso lo aprendí desde muy chico.
Entre lo apapachones que somos los mexicanos, la manera más inmediata que tenemos de demostrar amor es hacer que la gente que nos rodea se sienta bien. Que coma rico y mucho. Que beba bien. Lo tenemos tan claro, que hasta a nuestros muertos les procuramos sus antojos y caprichos. Alucinante para los extranjeros, muy natural para nosotros. Es —probablemente— una de las partes con las que conecto de manera más emocional con esta temporada. ¿Comida de muertos? No creo que exista como tal. Pero sabemos que en los altares nunca faltará pan, mole, guisados, cigarrito y alipús. Lo importante es que los nuestros —estén o no estén— se sientan arropados, consentidos. Insisto: es nuestra forma más natural de dar amor.
Mi cercanía con la cocina conecta con esa parte. Lo hacemos por nuestros clientes en Paladar (@paladarlat), pero también desde el plano personal: mi familia y amigos saben que, de ponerse en mis manos, estarán bien atendidos en la mesa, en la barra o en donde sea. No lo digo por hacerme el intersante. Es, simplemente, una vocación que descubrí y adopté, y pienso llevarla como bandera el resto de mi vida. Como mi papá y sus bloody marys.
Hace poco leí un par de textos que puntualizaban que algunas empresas, incluyendo las desarrolladoras de inteligencia artificial, están poniendo especial atención en las habilidades sociales de la gente (también llamadas soft skills), en la atención al detalle, en el ser hospitalario, en la capacidad de conectar y hacer que la gente conecte. En la época en la que mandan los datos y la automatización de las cosas, viene bien pensar que el valor de la interacción humana tiene un potencial difícil de igualar. Este valor es el que restaurantes, hoteles y cualquier negocio de hospitalidad tiene que priorizar por encima de todo. La hospitalidad siempre.
A principios de año, el país tenía muchas dudas de si estábamos preparados para recibir una Copa del Mundo. No solo lo hicimos de manera exitosa, los mexicanos brillaron por ser excelentes anfitriones. Por brindarse sin escatimar. Por festejar sin odiar. En la época de la polarización y la xenofobia, es una virtud que vale la pena exaltar en nosotros: los que les guardamos un lugar en la mesa hasta a nuestros muertos.