Para quienes somos de México, el pan es mucho más que un alimento. Es historia, cotidianidad, símbolo, fuente de empleo, identidad y memoria. Lo notemos o no, atraviesa nuestra vida diaria: está en la cultura popular, desde la canción “El panadero”, interpretada por Germán Valdés, TinTan, hasta los memes del “Pancito pa’l susto”; en la literatura, con obras como el poema “La vida sencilla”, de Octavio Paz (“Llamar al pan el pan y que aparezca/ sobre el mantel de cada día”), o Antología del pan, ensayo de Salvador Novo. Sin necesidad de teorizarlo, el pan ya habita nuestros refranes, los aromas que escapan de las panaderías de barrio, nuestros deseos y, sí, también nuestras caderas. Pero hay quienes han decidido llevar la panificación un paso más allá: convertir los amasijos en espacios de organización, comunidad, política y resistencia social.
Fuimos a distintos puntos de la ciudad y conocimos proyectos en los que el pan se convierte en una herramienta de inclusión, empoderamiento y resistencia comunitaria. Desde estos hornos se construyen espacios seguros para mujeres, personas adultas mayores, personas LGBTQ+ y otros grupos en situación de vulnerabilidad. Al mismo tiempo, estas iniciativas replantean los esquemas de trabajo convencionales, cuestionan las jerarquías tradicionales y utilizan el pan, así como el oficio de panadero, como herramientas de autonomía, producción y organización colectiva. Más que un producto, el pan se vuelve un punto de encuentro desde el que se fortalecen vínculos, se comparten saberes y se imaginan otras formas de habitar la comunidad.
El pan como acto colectivo en panaderías de CDMX
Con estos proyectos, que incluso suelen colaborar entre sí, se demuestra que el pan puede abrir camino a otras maneras de construir justicia. A veces funciona como el pretexto para propiciar encuentros y conversaciones; en otras ocasiones, es el propio objeto que evidencia que es posible alimentarnos de manera más sana, responsable y consciente de nuestro entorno. Entender la panadería como un motor de cambio social, ambiental y económico no es una idea ajena a la historia del pan, sino una extensión natural de ella.
Desde siempre, las panaderías han sido espacios de convivencia y nodos comunitarios que se integran a la rutina y a la memoria de los barrios. Hoy, estas panaderías sociales recuperan esa vocación y la llevan un paso más allá: si durante siglos los hornos han cocido comunidad, ahora también pueden levantar nuevas formas de organización, justicia, cambio social y oportunidades.
Por: Jaime Vázquez García