Calaveritas de chocolate: el dulce oficio que acompaña las ofrendas de Día de Muertos en la CDMX

Entre recuerdos, chocolate y largas jornadas, la familia Mendiola mantiene viva una tradición que comenzó hace 40 años

Por Bryan Rivera

“¿Y cuánto por este?”, pregunta una chica por una caja transparente con calabazas de chocolate. Mira brevemente a su acompañante y pide que la sumen a su cuenta, mientras se repliega lo más que puede en el angosto local del Mercado de Dulces de La Merced.

Cruzar los pasillos es casi tan complicado como manejar en una noche de quincena. La gente se agolpa, las bolsas chocan con los hombros ajenos y uno tiene que reducir su existencia frente a los puestos como para hacerse más delgado.

Débora añade más cajas a la nota de su clienta, quien al parecer revenderá esas calaveras, calabazas, tumbas y figuritas de mascotas. Se llama Araceli, pero la conocen como Débora, una de las pioneras en la venta de calaveritas de chocolate en este mercado de la CDMX. 

Atiende con sus hijos Yahel y Kevin, quienes nacieron entre chocolate y azúcar glas. En la primaria, Kevin se pavoneaba porque su mamá hacía calaveritas, llenando cada año casi toda la ofrenda escolar. 

Empezó formalmente en el negocio a los 16 años, cuando ya no quiso estudiar la preparatoria. Actualmente se encarga de la distribución y venta junto con su mamá.

Los artesanos del chocolate

Las pesadas barras de chocolate se derriten a baño maría en una revolvedora con capacidad para 100 kilos. Por un ducto inferior sale el espeso líquido que los artesanos vierten con cucharones en moldes de plástico. El excedente escurre como una pequeña cascada y cae en un gran tazón. En el molde queda un espesor café que, en unos días, tomará la forma de dientes, cuencas oculares y de un amplio cráneo.

Al menos siete artesanos trabajan en esa gran casa convertida en un caluroso taller de Nezahualcóyotl. Abraham González es uno de los adolescentes que quita los moldes a las calaveritas recién salidas de los refrigerados. Verifica que las piezas no estén rotas y las acomoda en una charola para que sus compañeros las decoren.

Lleva pocos meses como artesano. Buscaba trabajo cuando se encontró con un cartel de contratación en el zaguán del taller. Desde su primer día se sintió arropado por el aroma a chocolate recién batido.

Sandra Aranda administra este lugar, donde trabajan personas de todas las edades, incluidos jóvenes que obtienen su primer empleo.

Sandy suma más de 30 años dedicada al chocolate. Empezó con paletas. Hace ocho años pasó a la fabricación de calavera con la familia Mendiola tras casarse con Kevin, a quien conoció en los pasillos de La Merced cuando trabajaba en un puesto de dulces junto al de Débora. Su parte favorita es la decoración y no todos tienen el pulso ni la destreza para hacerla. 

Tradición que se comparte en familia

Desde niña, Débora vendía calaveras de azúcar y, con el tiempo, aprendió a hacer chocolate conforme la popularidad de este producto crecía para las ofrendas o consumo personal del país.

Ella y su esposo, Ismael Nava, invirtieron en este negocio en 1986, antes de ser padres, siendo los primeros en el Mercado de Dulces. Débora se quedó al frente cuando su marido falleció.

Araceli es conocida como Débora porque de chiquita le decían así por comelona. “Somos dulceros de hueso colorado”, dice con una apenada sonrisa.

Quienes se dedican a este oficio abanderan la tradición como estandarte. “Saber que esas calaveras van a estar en el altar de las personas es muy satisfactorio”, dice Abraham, quien además encuentra relajación durante el monótono proceso.

Para Sandy también es importante que los productos lleguen a otros estados y países. Sus hijos suelen presumir en la escuela que su familia “hace calaveras para todo el mundo”.

El sacrificio también es parte de la receta

A los nietos de Débora les gusta este oficio, “pero yo espero que escojan mejor y se dediquen a otra cosa, porque el negocio es muy sacrificado”. No le gustaría que coman a deshoras, ni que les falte tiempo para estar con sus futuras familias.

A veces, los hijos de Sandy y Kevin tienen que hacer la tarea en el taller, arriesgándose a que los cuadernos se manchen. En la escuela, sus compañeros les dicen que huelen a chocolate.

La familia Mendiola produce aproximadamente 7,000 calaveritas de chocolate, sin contar las paletas, galletas y otros dulces de temporada. La producción para Día de Muertos inicia en mayo, con paletas temáticas, siguiendo con las figuras de calabazas y luego con las calaveritas en junio, finalizando en octubre.

El cansancio, el esfuerzo y la falta de tiempo se ve reflejada en el cliente que anualmente acude con la familia Mendiola. “Nos encargamos de traer este recuerdo”, dice Abraham antes de seguir quitando moldes a las calaveritas, una y otra vez.

40 años de dulce tradición

La familia Mendiola lleva cuatro décadas dedicándose a la venta de calaveritas de chocolate en el Mercado de Dulces de La Merced. Hasta 7,000 calaveritas de chocolate salen aproximadamente de este taller cada temporada

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