Cuando piensas en comida italiana piensas en apapacho, cariñito, placer… la cocina de la abuela, de tu papá o de alguien que te quiere mucho, ¿apoco no? Por eso, creo que el mejor restaurante italiano es el de barrio, el que te hace sentir ese calorcito de un abrazo amoroso, al que llegas con la confianza suelta a esperar que tus preocupaciones se disipen con un buen plato de pasta bien hecha y una(s) copita(s) de glorioso vino. Este lugar es Las Musas de PapáSibarita, un elegante y genuino himno a la comida lenta.
Las Musas de PapáSibarita: una joya escondida en la Roma
Cuando piensas en comida italiana piensas en apapacho, cariñito, placer… la cocina de la abuela, de tu papá o de alguien que te quiere mucho, ¿apoco no? Por eso, creo que el mejor restaurante italiano es el de barrio,…
PapáSibarita, junto en una sola palabra, porque es adjetivo y un nombre. El papásibarita original es el papá sibarita de Elena Esquivel, la chef propietaria de este restaurante; pero ella también es un papásibarita cuando nos cocina con la generosidad y pasión que la caracteriza. De hecho, todes podemos serlo, solo hace falta amar la buena vida y cocinarle a alguien para demostrar que le quieres. Awww.

Ahora sí: ¡la mesa está puesta! Hay pizza napolitana con quesos de distintas maduraciones, pasta fresca amasada a mano con mejillones, ajo y vino blanco, linguine Carbonara con pecorino italiano y trufa, lasagna bolognese que burbujea en la cazuelita de metal, ravioli de quesos taleggio, ricotta y grana padano con ragú de cordero que se cocinó lento y las copas llenas con el vino de la casa, un Montepulciano fino. ¡Pura comida sabrosa y amorosa!
La hamburguesa perfecta existe y es de suadero
Las Musas de PapáSibarita ha servido cocina sublime, hecha a mano y cabalidad, con ingredientes y técnicas de primerísima, desde 2012. Es una rareza entre los restaurantes sobrevalorados de la Roma-Condesa por una razón: su comida siempre es maravillosa y su precio, excelente.
Las Musas de PapáSibarita: conciertos y comida lenta, hecha a mano
Hay unas cuantas mesas en la banqueta (siéntate en la última, hasta la izquierda, ¡tiene la mejor luz!). Adentro está el salón sobrio, con mesas de madera desnuda, dos cuadros, un piano y luz tenue. Minimalista. Así lo quiere Elena, “para que nada te distraiga de la experiencia”, pues además de comidas estupendas, aquí ocurren conciertos de música clásica, de cámara o de jazz. Es un lugar apacible, con el encanto del dolce far niente de la Italia rústica.


Se siente una especie de alegría pacífica aquí. No solo porque se disfruta la música en un ambiente plácido y casi privado (caben diez personas en esta era pandémica) sino también por la comida.
Café Pacífico: buffet de chilaquiles, amor queer y plantitas
“Creo que mi pizza es la mejor por una sola cosa: amasamos a mano —dice Elena—. Eso le da otro sentido y otra historia porque requiere toda la atención y el cuidado del mundo. Ya nadie amasa a mano”. Su pizza es napolitana: suavecita (olvídate de la dorada como galleta), hecha con técnica perfeccionada —como lo hacen los pizzaiolos en Nápoles pero adaptada al agua, la humedad y la altura de la CDMX—. El interior es suave y flexible y las orillas, quemaditas. Eso demuestra que se trata de una masa reposada, con varios días de fermentación, y no acelerada con mucha levadura como lo hacen muchas pizzerías en la ciudad. Puedes pedir la más sencilla, la Margherita o la Marinara y sacarle provecho a la chulada de masa, que además, cae ligera a la pancita.











