El Dr. Pandita y su equipo de narices rojas que acompaña en los momentos difíciles

El Dr. Pandita y su equipo llevan risoterapia a hospitales, asilos y prisiones, donde el humor se convierte en acompañamiento

Por Bryan Rivera

Cierran los ojos. Inhalan y exhalan. “Siente tu belleza, siente tu paz, tu calor”, dice el Dr. Pandita, un hombre regordete que viste una camisa de manga corta con tirantes rosas.

Lo acompañan otras cinco risoterapeutas que, en cuestión de minutos, pondrán de cabeza el amplio salón donde las adultas mayores permanecen sentadas en rectángulo.

Pasamos al baile. Una señora de playera rosa hace lo que puede para menearse en un círculo improvisado con sus compañeras, mientras mueve pausadamente los brazos.

“Sensual, con movimiento sensual”, se escucha. Una maestra de otro taller pasa al centro para acompañar a sus alumnas y queda junto a una señora canosa que se lleva una mano a la cadera y se menea “suavecito para abajo”.

Dr. Pandita improvisa con el espejo montado en el salón. Pide que, al pasar frente a él, ellas repitan: “Qué hermosa estoy”. Una señora se pone un beso en el cachete. “Qué buena estoy”, dice otra.

Esto inició en 2007. El papiringo de Luis sufrió una afección en la garganta por una espina de pescado que se le incrustó. Luis pasó noches haciendo guardia en el hospital, acompañado de papás, mamás, hermanos y esposas que se sentían un poco más tranquilos porque alguien los escuchaba.

Papá logró recuperarse, pero decir que volvieron a casa es justo eso, un decir, porque el alma de Luis se quedó dentro de las paredes hospitalarias.

“Un día le dije a mi papá: ‘Ya me voy al hospital, papá’. Me respondió: ‘¿Qué vas a hacer al hospital si yo ya estoy aquí en casa?’. ‘Papá, hay mucha gente que está desesperada, que está triste, que está sola’. ‘¿Y qué vas a hacer allá?’. ‘No sé, papá, pero algo tengo que hacer’”, me cuenta.

Ahí inició el interés por la risoterapia. Con los años, Luis se convirtió en el Dr. Pandita, como lo bautizó un paciente del Hospital Psiquiátrico La Salud luego de resbalarse con una popó en un pasillo y caer de espaldas, torpeza que le recordó a esa singular especie china y que empalma con su regordeta figura.

Un payaso lo es antes del show

Quedamos de vernos en el Metro Acatitla. “¿Y la Britani?”, me pregunta Luz, quien me agarra de saco de boxeo como escarmiento por haber llegado tarde, sudado y pegajoso. Junto a ella están otros colegas, incluido Luis, fundador de Risoterapia Dr. Pandita.

Es la primera vez que la organización ofrece atención en esta zona de Iztapalapa, que es a su vez un cruce demográfico entre Neza e Ixtapaluca, con límites pocos definidos de apretadas casas y poca pintura.

“Tú eres nuestra guardaespaldas”, dice Zuly a una de sus compañeras mientras caminamos entre los changarros afuera de la estación.

Se alarga lo que parecía ser una caminata corta. Martha Elena, otra risoterapeuta, nos guía con el GPS mientras Luz le echa carrilla a Zuly.

Con este equipo hasta los nuevos comparten responsabilidad. A mí me toca cargar la gelatina que Paulina y Aurora Selene regalarán a los adultos mayores del Centro Comunitario Colmena.

Después de andar un poco perdidos, llegamos al Centro Comunitario Colmena, en Iztapalapa. Y ahí ocurre algo muy extraño. Le llaman “El hoyo”. Los payasitos hospitalarios avientan ahí, de manera simbólica, toda su pesadez y sus problemas. Los entierran en una fosa imaginaria, porque deben entrar limpios y ligeros a las sesiones.

“Ahora esa energía en alegría, que se sienta en los tobillos, las rodillas, la cadera, la pancita, los hombros”, reza Luis mientras forman un círculo tomados de las manos y hacen movimientos concéntricos de cadera y hombros junto a la entrada del recinto. Van las manos al centro y se escucha un: “Somos los locos que creen que las diferencias nos unen y nos fortalecen”.

Cada uno se pone su nariz y una bata con parches de caricaturas, videojuegos o la insignia de la organización, que son medallas por su esfuerzo, como los scouts.

Y se hace magia. Suly Ramírez, Paulina Hernández, Luz Marina Casas, Aurora Selene Plata, Martha Elena Cervantes y Luis Sánchez se convierten en la Dra. Mariposita, Mia Moon, Bitín, Brillitos, Pajarita y Pandita.

El Patch Adams mexicano

Como suele pasar con quienes ejercen la risoterapia, a Luis le llovían las comparaciones con Patch Adams: el personaje interpretado por Robin Williams y Hunter Doherty, el médico que convirtió la figura del payaso hospitalario en un referente mundial.

Luis no había visto la película, pero cuando la vio dijo: “sí soy, no manches, es mi biografía, me identifiqué”, narra con gran teatralidad”.

En 2019 ocurrió lo impensable. Conoció a Doherty en un congreso internacional de risoterapia en Santa Fe, al que ambos acudieron como conferencistas.

De lejos distingue los “camionetones blancos, con güeros pálidos”. A Luis le tiembla el celular en la mano y se le cae cuando reconoce la figura de casi dos metros de altura de Patch Adams. Su cuello termina aferrado al de su ídolo, como un niño que abraza a quien admira.

“Fish, fish, fish”, le dijo Patch Adams, frunciendo el ceño y aludiendo a su olor. “No me importa que me digas que soy pescado. De aquí no me muevo”, le respondió Luis. Entonces Patch se quitó la nariz y se la entregó. “No manches, traigo la nariz con todos los mocos de Patch Adams”.

Luis es como un mago que saca de su chistera las anécdotas que aderezará con humor, alguien cuyas historias no podrían agotarse en un día.

Es difícil distinguir cuando hablo con Luis y cuando hablo con el Dr. Pandita: está inmerso en una teatralidad de brazos abiertos y grandes ademanes. Es un payaso que todo el tiempo está preparado, listo para improvisar.

La risoterapia en México

En 2018, Luis comenzó a capacitar a enfermeros que querían ser doctores de la risa: una labor voluntaria que suma 28 generaciones de payasitos que aprendieron la ética del funcionamiento emocional como base para ir a hospitales y otros centros de cuidado.

Con sus más de 50 voluntarios y colaboradores, Risoterapia Dr. Pandita acude a hospitales de especialidad, psiquiátricos, asilos y prisiones, principalmente de zonas periféricas, concentrando sus actividades en el Estado de México.

La diversidad de pacientes hace necesaria la “tropicalización”; es decir, adaptar el humor al tipo de persona que se tiene enfrente, pues no se bromea igual con un niño con quemaduras que con un adulto con alzhéimer o una persona privada de la libertad.

La risoterapia es una disciplina en crecimiento que, al menos en México, cada quien la aplica como entiende, pese al rigor que exige.

“Hay quienes llegan con la guitarrita, tocan el ukelele y ya: eso fue la risoterapia. Hay otros que son muy ofensivos, grotescos con su maquillaje, y llegan con un ‘¿Qué pasó, mi gordito?’”, explica Luis.

Tampoco sobran las organizaciones que se obstinan en actuar como mafias para hegemonizar la ayuda, obtener billullo y acaparar los espacios más vistosos o “bonitos”. La CDMX es un cuello de botella donde abunda el altruismo en detrimento de la flaqueza del Estado de México.

“Estamos en pañales. En Argentina, Chile, España e Italia hay como norma que al menos haya un doctor de la risa en un hospital. En México no. Si tú no eres compadre de tal hospital, no entras”, dice.

Además, el voluntariado suele elegir hospitales y centros infantiles, dejando de lado otros espacios donde también son necesarios.

“Ay, no, huelen a pipí los adultos mayores”, imita Luis, mientras mueve la mano y frunce el gesto con asco. “Ay, no, eso no es para mí”, añade.

Pienso en la sonrisa de las señoras en el Centro Comunitario de Iztapalapa y su insistencia en que vuelvan, aunque fuera una vez al mes.

El cuidado de quienes acompañan

La nariz roja es el freno psicológico. Cuando termina la sesión en el Centro Comunitario, los seis risoterapeutas se la quitan. Guardan al personaje. Regresan Zuly, Paulina, Luz Marina Casas, Aurora Selene, Martha Elena y Luis.

Vuelven a tomarse de las manos en círculo, pero ahora para un “chapuzón”. Zuly confiesa que ha dejado atrás el miedo a hacer cosas nuevas. Aurora se queda con el trabajo en equipo. Paulina abraza la improvisación. Martha Elena conserva el impacto positivo que vio en las adultas mayores y deja el estrés. Bitín, por su parte, abandona la incomodidad y recupera el deseo de incentivar el debate entre el público.

Por congruencia y necesidad, el voluntariado de Risoterapia Dr. Pandita recibe terapia psicológica con especialistas que apoyan a la asociación. “Si no, vamos a estar bien deschavetados en la visita”, explica Luis.

Mantiene como norma que los voluntarios no hagan visita si están muy afligidos por alguna pelea familiar, conflicto laboral u otra causa. Lo que menos deben hacer es tirar sus malestares en los pacientes.

Cuando algún risoterapeuta está al borde del quebranto en alguna visita hospitalaria, hacen un abrazo grupal de contención. Ante todo, el apoyo.

Salimos del Centro Comunitario y el personal se ofrece a llevarnos al Metro. Sólo vamos Luis y yo. Él tomará su combi a Chimalhuacán, donde vive. Luis se ve agotado, pero el Dr. Pandita no. Ambos seguirán con sus camisas de superhéroes y su bata ultra bordada con parches. “Yo estoy feliz de lo que hago”, dice.

Chilango Menú Footer Chilango recomienda