La arquitecta y académica Tatiana Bilbao tuvo dos conversaciones a lo largo de su vida con Teodoro González de León (1926-2016). La primera ocurrió en el 2013, en el marco de la semana del diseño, cuando invitaron a la fundadora de Tatiana Bilbao Estudio a intervenir el Museo Tamayo de Arte Contemporáneo, una de las obras más representativas y emblemáticas de la arquitectura moderna mexicana, construida entre 1979 y 1981 por Abraham Zabludovsky y Teodoro González de León.
El resultado, aquella vez, fue un pabellón –hecho en madera a las afueras del museo– que amplió el diálogo y la posibilidad de observación mutua entre el interior del museo y el exterior, entre lo permanente y lo temporal, y entre materialidades distintas. Por un lado, el concreto martelinado –sello de la obra de Teodoro– de la estructura original; y por otro, los materiales orgánicos de la estructura provisoria y el bosque adyacente.

Y es que lo que se buscaba, según reflexionó en su momento Bilbao, era posibilitar una interacción bilateral armónica, más que crear una extensión o ramificación de la estructura original.
“Para eso, queríamos abrir el ventanal trasero del museo, que da al patio de esculturas, así que fui al despacho de Teodoro y le propuse la idea. Él ya estaba mayor, pero se emocionó mucho y terminamos hablando de cómo se piensan los paramentos y la relevancia de eso, porque tienen la capacidad de moldear la ciudad. Era una simple ventana, pero el no poder salir por ahí desencadenaba una serie de relaciones con el resto del espacio. Poder salir, en cambio, y transitar de un espacio a otro, transformaba la dinámica. Ese gesto de por sí habla de una arquitectura humana y sensible”, recuerda Bilbao.
La segunda fue mucho más íntima, porque esa –como cuenta hoy– fue una conversación póstuma; un diálogo interno que tuvo consigo misma y con la versión de Teodoro que seguía resonando en todos aquellos que lo habían conocido o que habían tenido la oportunidad de colaborar con él, y que existía aun en cada una de sus obras y en su enorme legado arquitectónico, urbanista, humanista y social. Esa ocurrió en el 2019, tres años después de su muerte, cuando seleccionaron a Tatiana Bilbao Estudio para llevar a cabo la ampliación y remodelación –por inaugurarse– del Emma S. Barrientos Mexican American Cultural Center, en Texas, cuyo edificio original había sido proyectado y construido por González de León en 1998.
En ese diálogo interno, Bilbao recurrió al arquitecto y urbanista para revisar las que habían sido sus intenciones preliminares cuando construyó ese edificio semicircular que envolvía una plaza central. Quería, según detalla Bilbao, crear un espacio que abrazara a una comunidad.
“Y es eso lo que hizo; simbólicamente, pero también de manera muy concreta. El edificio es una estructura que tiene unos brazos largos que envuelven un patio central”, dice.
“Dejó la huella de expansión y para nosotros fue fundamental que siguiera existiendo. Mantuvimos el edificio, continuamos los brazos con la misma definición y mantuvimos los porticados. Él quería que el edificio fuera de concreto, ese concreto que nosotros coloquialmente llamamos ‘teodocreto’, pero entendiendo que ese material tiene connotaciones muy distintas dependiendo de la zona geográfica en la que se aplique –aquí en México significa una cosa, pero en Estados Unidos ese concreto saldría carísimo–, optamos por el ladrillo, que también se relaciona mucho con nuestra cultura”.
Esa vez Bilbao conversó, además, con toda la comunidad que había participado de la construcción del proyecto original. “Fue una colaboración póstuma –como dice hoy– en la que buscamos reforzar los valores que creímos, escuchamos e interpretamos que Teodoro había priorizado, pero sin construir su obra no construida, porque tampoco estaba definido lo que faltaba. Nada me gustaría más que saber qué opina Teodoro, pero a mí manera simbólica, ya tuve esa conversación con él”.
En el marco de su centenario, Tatiana Bilbao recuerda lo que habló con el arquitecto, escultor y melómano Teodoro González de León, acuñado por sus cercanos como un hombre renacentista y multidisciplinario; los lineamientos que marcaron su vida y su trabajo y lo que lo diferenció –aun siendo uno de los máximos exponentes de la época– de la mayoría de los arquitectos modernos.

En tu visión, desde un enfoque y perspectiva más humanista y de sensibilidad social, la arquitectura tiene la capacidad de trascender a su función principal –la de ser un intermediario entre las personas y el entorno– y ser, más bien, una plataforma que facilita el desarrollo integral de los seres vivos.
Sin arquitectura, no podríamos habitar el planeta. En un principio, se trata de una capa mediadora entre los seres humanos y nuestro ecosistema, y ahí hay una dimensión del cuidado y de la protección que es muy prioritaria. Pero esa es una primera capa. De hecho, es la capa que nos podría dar una cueva o un refugio, y ya nos dimos cuenta que eso no es suficiente.
En una lectura más profunda, podríamos decir que además de la función esencial de cuidado y sostén. La arquitectura también es un caparazón que nos fomenta y provee de una plataforma para el desarrollo y el crecimiento integral. Somos seres muy complejos y necesitamos más que un techo físico; necesitamos un espacio que nos permita crecer, crear y ampliar.
Para mí, la arquitectura está mucho más ligada a nuestro desarrollo mental, físico, intelectual y cognitivo de lo que creemos. Y ahí es donde radica la gran diferencia entre cómo veo yo la arquitectura y cómo me la enseñaron muchos de mis profesores. No se trata únicamente de una escultura habitable, como se suele decir. Ese es un primer desglose y ciertamente es importante, porque ya le agrega una dimensión humana, pero no es el único. La arquitectura es también un posible facilitador del desarrollo integral.
¿Hay algo de esto, en tu visión, en cómo Teodoro González de León concebía la arquitectura?
Es curioso, porque la arquitectura moderna –y por ende la que desarrollaron los arquitectos del siglo XX, muchos de los cuales fueron influenciados por Le Corbusier– estaba rendida a la producción; a proveer espacios que nos empujaran a ser parte de la cadena productiva. Esto incluso cuando lo que se buscaba era solucionar las demandas sociales de la manera más práctica y humanamente posible.
¿Una arquitectura sujeta y propulsora de la optimización humana?
Una arquitectura que buscaba hacernos eficientes y una herramienta más para que podamos trabajar. Cuando en realidad, su principal función debería ser la de cuidarnos, sostenernos y fomentar nuestras capacidades y nuestro desarrollo integral y humano. Creo que Teodoro fue de los pocos de esa época que entendió cómo tomar esos principios y aplicarlos para el bienestar de la sociedad.
Y eso se ve, por ejemplo, en los espacios que creaba, que aportaron muchísimo a la configuración de la ciudad, desde el plan maestro de la UNAM a la escalinata del Auditorio Nacional. Supo traducir esos valores en la construcción de espacios cívicos-urbanos. Ahí está la arquitectura con enfoque humano y sensible. Porque la arquitectura puede ser inclusiva y ética, y es eso, justamente, lo que olvidaron la mayoría de los modernos.

En muchas de las obras de González de León se ve que había una intención por hacer confluir cada vez más la arquitectura y la ciudad; que las construcciones fuesen abiertas, receptivas, transitables, más que herméticas o aisladas. Y esos lineamientos se ven en sus proyectos privados también.
A nivel de gesto urbano, el Conjunto Arcos Bosques plantea algo espectacular para el contexto y público para el cual está diseñado. Pero el tema es que antes de que se construyeran las torres, estaba ahí atrás la Cooperativa de Viviendas Unión Palo Alto, una sociedad histórica basada en el cooperativismo, la solidaridad y la ayuda mutua. Las torres llegaron a darles la espalda y a taparles el sol, y eso te puede cambiar todo.
Vivimos en un sistema que necesita –y se sostiene– de la explotación del más débil para poder sobrevivir; y ningún proyecto de arquitectura, por más que queramos, se escapa de ello. Lo que marca la diferencia es estar conscientes de las colonizaciones, expulsiones y marginalizaciones que ejercen nuestros proyectos. Y muchos de los proyectos de la modernidad, que vinieron cargados de ciertas premisas, implicaron también una gran discriminación. Habría que preguntarles a estos grandes maestros si ellos fueron conscientes de eso, de que los mismos valores que promovían, en muchos casos, se los quitaron a los vecinos.
