El entorno del futbol mexicano lleva meses preparando el terreno para la Copa del Mundo de 2026. En cada conferencia de prensa y en cada mesa de análisis escuchamos la misma narrativa: “México hará historia al convertirse en el primer país en albergar tres Mundiales”. Esa frase no solo es geográficamente inexacta por la localía compartida, sino que carga con una omisión histórica imperdonable. Nuestro país ha sido sede de cuatro Mundiales. El detalle es que uno de ellos fue protagonizado por mujeres, y a quienes manejan la industria les tomó medio siglo intentar reconocerlo.
Para entender la magnitud del borrado histórico, hay que revisar los números en frío. Del 15 de agosto al 5 de septiembre de 1971, México organizó el II Campeonato Mundial de Futbol Femenil. La gran final entre la escuadra nacional y Dinamarca metió a 110,000 personas en el Estadio Azteca.
Esta cifra no es una anécdota nostálgica, es un récord Guinness de asistencia a un evento deportivo femenino que sigue vigente hoy en día. Para ponerlo en perspectiva con la industria moderna: la final del Mundial de Francia 2019 congregó a 57,900 espectadores, y la de Australia 2023 registró 75,784. Las pioneras en nuestro país duplicaron esas entradas hace más de cincuenta años.
Lo verdaderamente revelador es que este torneo demostró desde entonces que el futbol femenil es un negocio altamente rentable si se sabe comercializar. La organización funcionó sin recursos ni aval de la FIFA. Sin embargo, el capital privado vio la oportunidad de mercado; la empresa Martini & Rossi financió vuelos, alojamiento y uniformes para todas las selecciones.
A la par, se armó toda una estrategia de publicidad con la mascota oficial Xóchitl, vendiendo insignias, camisetas y revistas. El boletaje se movió entre los $30 y $80 de la época, generando ganancias millonarias en la taquilla y probando que el producto enganchaba a la gente.
A pesar de este éxito financiero, el sistema decidió castigar a las protagonistas. Jugadoras como la portera Elvira Aracén o la mediocampista Alicia “Pelé” Vargas, tuvieron que soportar una época profundamente machista donde se les gritaba en las calles que eran “fugitivas del metate”.
Del lado internacional, la brillantez en la cancha no se quedó atrás; la danesa Susanne Augustesen clavó los tres goles de la final con apenas 15 años de edad. ¿Y cuál fue la respuesta de las autoridades deportivas ante este nivel de competencia? Minimizarlo por completo.
Los partidos se jugaban a dos tiempos de 35 minutos bajo el absurdo argumento pseudocientífico de que las mujeres no tenían la capacidad física para disputar el tiempo reglamentario. Tras el torneo, la FIFA ordenó a sus federaciones vetar a las jugadoras participantes.
Las consecuencias de esa decisión institucional fueron durísimas: las futbolistas no cobraron un solo peso y México tuvo que esperar 46 años, hasta el 2017, para por fin tener una liga profesional.
Aquí es donde la historia nos exige una lectura crítica sobre cómo opera nuestra industria hoy en día. La Copa 71 expone una realidad incómoda: la falta de visibilidad del deporte femenil actual nunca ha sido un problema de interés del público, sino una resistencia estructural.
Medio siglo después, seguimos viendo cómo ciertos sectores del mercado tratan al futbol de mujeres como un “proyecto a prueba”, condicionando los horarios estelares, la cobertura en medios y los grandes patrocinios, como si necesitaran una demostración de rentabilidad. Escondemos a las jugadoras detrás de presupuestos limitados y nos autoconvencemos de que el mercado “todavía no está listo”, ignorando que el modelo de negocio funcionó y llenó el estadio más grande del país mucho antes de que existieran las redes sociales o las plataformas digitales.
Es imperativo dejar de tratar el Mundial de 1971 como una simple curiosidad de archivo. Mi postura es directa: rumbo a la justa varonil del 2026, los altos mandos del futbol mexicano tienen la obligación de corregir el discurso y darle su lugar a la historia. Las mujeres que se plantaron en el césped del Azteca hace cinco décadas no sólo jugaron al futbol; sentaron las bases comerciales y competitivas de un deporte que hoy sigue rompiendo barreras. La memoria histórica exige que cuando hablemos de los Mundiales en México, empecemos por reconocer a las pioneras que demostraron, antes que nadie, que este negocio también les pertenece.
¡Abramos cancha!