Hola, hija. Cuando este texto se publique, tú tendrásuna o dos semanas de nacida y yo estaré pasando por los primeros días de paternidad en mi vida. Hay un limbo grande entre ahora que escribo esto y el momento en el que des tu llanto inaugural; uno mucho más grande de aquí a que tus ojos (acaso demasiado similares a los míos) comprendan lo que estoy a punto de contarte. Quizá lo mejor para salvar a priori cualquier malentendido sea empezar simplemente así: hola, hija. Soy tu papá. Soy el primate calvo que te cambia (mal) el pañal y te da la mamila en las noches. El que te hace caras para tratar de cachar tu primera risa y el que ronca, el que te hace el desayuno y te lleva a la escuela, espero, a tiempo. Hola, hija, soy tu papá. Esto no significa nada todavía, pero eso cambiará. Por lo pronto significa esto: soyel primer hombre que conocerás en tu vida.Soy un hombre. No sé qué significa eso.
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Hija: tengo casi 44 años. Para ti eso parece una eternidad, pero no es tanto si consideras que decir “tengo 44 años” es resumir que, desde que nací, esta bola sobre la cual vivimos —que se llama Tierra, pero en realidad tiene sobre todo agua en la superficie y una estufa mucho muy caliente en la panza— ha dado 44 vueltas alrededor de otra bola hecha de rayos láser. He recorrido como 44 mil millones de kilómetros en el espacio, distancia que me ha servido para conocer muchos perros, y comer muchísimo helado, y jugar poco futbol, porque soy medio nerd y nunca nadie me escogía para los equipos del recreo. Mis 44 mil millones de kilómetros no son nada comparados con la edad de la Tierra, que es de 4,500 millones de años. En la vida del planeta caben más de 100 millones de vidas mías. Imagínate: 100 millones de papás calvos, un interminable cartón de huevos. Imagínate. Imagínate que en todos estos años, 44 míos y el titipuchal que tiene además el mundo, México solo ha tenido una presidenta mujer.

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Explicarte cuál es la diferencia entre un hombre y una mujer es complicado. Mira: los seres humanos somos primates que generalmente nacen con dos tipos de genitales. A mucha gente eso le parece suficiente para dividirnos así: hombres los que tienen pene y mujeres las que tienen vagina. La realidad es mucho más compleja que eso, porque hay personas que nacen con pene pero son mujeres, y personas con vagina que son hombres. Yo sé que eso no es fácil de entender, pero la Tierra no es un lugar sencillo. Tal vez por eso este grupo de primates, del cual ahora formas parte, tiene una obsesión con clasificar: es lo que nos permitió sobrevivir hace muchos años, y ahora no sabemos dejar las rueditas de esa bici. Más allá de las maneras en las que puede dividirse una panga de changos parlanchines, hay una cosa cierta: siempre siempre siempre los que han decidido quién divide y quién no, y dónde se hace el corte entre lo posible y el no-mames, hemos sido los hombres heterosexuales cisgénero. Esas palabras grandes significan: hombres que se sienten hombres y actúan como les han dicho que deben actuar los hombres.
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Ya dije, hija, que yo no sé bien qué significa eso. Pero la verdad es que no sé si no sé o es que no me atrevo a verlo de frente. Soy, igual que todos, un primate con miedos muy específicos.
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Hija: yo soy un hombre heterosexual cisgénero. Tus abuelos, primates que llevan aún más vueltas que yo alrededor de la bola de láser, crecieron en un mundo donde solo había una manera de educar a un hombrecito heterosexual cisgénero: en una escuela católica de puros hombres. Me metieron al Instituto México: cada salón tenía 50 changuitos machos tratando de entender qué significa ser hombrecito. Para llevarnos por el camino de la masculinidad estaban los hermanos maristas. Cuando yo ya era un chango adulto, se descubrió que a algunos hermanos maristas les gustaba abusar sexualmente de los changuitos como yo. En realidad eso se decía por lo bajo desde mucho antes, pero nadie se atrevía a decir nada: una de las primeras reglas de los hombres heterosexuales cisgénero es que no se traiciona el buen nombre de otro hombre heterosexual cisgénero.
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Pienso que, tal vez con la intención de enseñarnos esa importante regla, los hermanos maristas tenían cero tolerancia a la diferencia. Si hablaba en clase, el profe me arrojaba el borrador a la cabeza; podrás comprobarlo, hija, gracias a mi calvicie, la cual me permite llevar a plena vista la cicatriz de una carcajada a destiempo. Si por otra parte no hablabas en clase, los otros changuitos te bulleaban por ñoño por matado por nerd.
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A los hombres heterosexuales cisgénero no nos gusta cuando otros hombres heterosexuales cisgénero son un poco menos salvajes que el resto.
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Un día, en cuarto de primaria, Agustín Aguilar, compañero changuito que para entonces ya ostentaba fama de madreador universal, me miró y me dijo: hoy tú y yo nos vamos a partir la madre a la salida. Así se dice, hija, cuando dos hombres se pegan: “partirse la madre”; yo sé, también veo la paradoja de esa frase. Agustín Aguilar me caía bien. Me compartía de sus papitas y alguna vez hasta fui a un cumpleaños suyo. Pero ese día me dijo que nos íbamos a partir la madre a la salida, por cumplir el ritual de paso. Yo tenía miedo, pero tenía aún más miedo de negarme y pasar el resto de mi vida con un estigma. A la salida, lo vi en uno de los pasillos vacíos del Instituto México. Agustín me puso un puño seco en el cachete y en ese momento le di la victoria. Ni siquiera lo intenté. Él se fue y al otro día volvimos a jugar espiro en el recreo. Todavía en la prepa nos decíamos “qué onda” cuando nos cruzábamos.

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Un puñetazo en la cara se siente como poner el cachete sobre una estufa mucho muy caliente. Lo único que espero, hija, es que no te toque nunca jamás en la vida un puño en la cara, ni en ninguna parte.
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Hija: tu abuelo nunca me golpeó. A él sí que lo golpeó su padre, que era alcohólico. Tu abuelo no me ha dicho demasiadas cosas en la vida, pero una de las que sí me dijo fue esta: nunca te voy a poner una mano encima. Lo cumplió. Tampoco lo vi nunca tomar una gota de alcohol. En toda justicia, creo que nunca lo vi bebiendo porque no lo vi demasiado. Se fue cuando yo tenía 8 años y fue desapareciendo lentamente, como castillito de arena en la noche. Hace 15 años que no lo veo.
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Durante la mayor parte de mi vida yo no quise ser padre por miedo a ser como el mío. No sé si soy como él. Mi voz se parece a la de él, y en el pecho tenemos la misma silueta de pelos, en forma de árbol. Me daba (me da) demasiado miedo ser eco suyo en otras cosas. A veces, cuando me enojo y me siento encerrado entre el vértigo y el vacío del universo, me veo en el brazo la misma tensión que le recuerdo al final, cuando estaba a punto de dejar atrás a cuatro hijos. A veces, cuando siento borbotear la ira, recuerdo las tardes de domingo, él viendo el futbol, y gritándole a cualquiera que se atreviera a hacerle el más mínimo ruido.
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Hija: no me gusta el futbol, pero se me levantan los pelos de la espalda cuando algo me interrumpe la serie que veo o si alguien me calla en medio de una junta de trabajo. Te prometo que estoy trabajando en eso.
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Yo era un nerd, hija. Nunca fui bulleado, no sé bien por qué. Quizá porque le pasaba las tareas a los que me daban miedo. Una vez, ya en prepa, le hice el examen de geometría analítica a los seis bullies más temibles del salón. A veces, cuando los hombres heterosexuales cisgénero queremos evitar la violencia, acudimos a otros recursos: la corrupción es uno, pero otro puede ser el abandono, la superioridad moral, la sagacidad desaforada. Hay tantos avatares de la violencia como changos tratando de sobrevivir al miedo.
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Yo era ese insoportable que paliaba el miedo con puro 10 en la escuela. Y el Instituto México era esa escuela insoportable que rankeaba a sus alumnos, del lugar 1 al 50, según la calificación. Yo siempre estaba en el lugar 1, hasta que un día saqué el lugar 3 o 4. Cuando tu abuelo vio eso, se volvió un gorila. No me dio un cinturonazo (porque él cumple su palabra), pero me gritó por horas una frase, una y otra vez: “No me importa lo que hagas, pero siempre tienes que ser el primer lugar”.
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Eso era mentira: tu abuelo no hubiera aceptado que yo no fuera heterosexual o cisgénero. El día que me vio un tatuaje, me dejó de hablar por primera (¿o segunda?) vez. Me prohibió dedicarme a algo que no fuera ingeniería o administración. Hija: cuando un hombre te diga que lo único que importa es x o y cosa, en realidad te está distrayendo. Todo lo demás sí que le importará. Pero no quiere que lo sepas. Está poniéndole al miedo el avatar de distracción.
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No sé si he sido el primer lugar alguna vez, porque desde aquella tarde tiendo a fijarme solamente en las cosas donde no soy el primer lugar, que son un montón. Por confesarte algunas: el futbol, las finanzas, la escritura, el éxito, el amor, Mario Kart, la pasta carbonara, el número de países visitados antes de los 40 años, la panadería, la interpretación de “El triste” de José José en el karaoke, el sentido de la moda. Lo siento.
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Seguro con tu llegada descubriré otras cosas, muchas, en las que no soy el primer lugar. Estoy dispuesto a ponerle a ese miedo un avatar que casi no le pongo: el del un-día-a-la-vez.

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No sé si quiero decir más cosas de tu abuelo. Llevo muchos años tratando de perdonarlo. Es difícil perdonar al hombre que debió ser mi ejemplo, y en cambio decidió irse nomás. Pasé toda mi adolescencia queriendo ganarme su amor. El amor, hija, no sé explicarlo bien. A los hombres heterosexuales cisgénero nos aterran las cosas que no sabemos explicar. Quizá para cuando leas esto yo sea (por fin) un pseudoanciano de barbas larguísimas, vestido todo raro y dedicado a cantar en karaokes, y todo esto de entender el mundo por fin me la sude. Por ahora, tengo casi 44 años, y todavía está demasiado fresco eso de ser el mejor. No importa: intentaré explicarte el amor. ¿Ves cuando te pega el solcito rico en una mañana fría y abres los ojos? ¿Ves cuando suena sin que tú la pongas una canción que te gusta mucho? ¿Ves cuando te avientas al agua y por un momento todo es silencio y burbujas y un flotar en el que nada puede tocarte? ¿Recuerdas estar adentro de tu mamá, cuando ella se sobaba la panza y comía huevo aunque no se le antojara porque necesitabas proteína para crecer?
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Yo no sé lo que se tiene que hacer para merecer un amanecer, hija. 35 años después, no sé qué hombre debí haber sido para que tu abuelo pudiera amarme.
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Elijo pensar que él está lidiando con sus propios dolores. No muy bien, seguro. Pero no puede ser esto la maldad. Alguien alguna vez le dijo frases que tampoco pudo superar. Alguien le lanzó un borrador a la cabeza o le dio un puñetazo en la cara, y no supo cómo salir de ese lugar. Estoy cansado, hija, de pensar que tu abuelo es un monstruo. Los monstruos no existen: son hombres heterosexuales cisgénero que eligen. Que eligen qué, no lo sé. La Tierra no es un lugar sencillo.
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Hija: el no ser monstruo no quiere decir que los hombres heterosexuales cisgénero no seamos monstruosos. Quisiera decir “monstruosos a veces”, pero la realidad es que todos alguna vez hemos sido terribles. Sin excepción.
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Yo he sido terrible. Tampoco he sido el primer lugar de la virtud, agreguemos eso. Y, si clasificara mi lugar en lo terrible, no sé en cuál grupo de primates me pondría. Antes de ti y de tu mamá, me divorcié: fui el monstruo sin orejas que solo sabe gritar. Alguna vez fui jefe y entonces fui el monstruo que se come las ideas ajenas y con ellas se infla con la terquedad de llegar al cielo. Soy hijo de tu abuela, y con ella he sido el monstruo invisible. Con tu mamá he sido el monstruo que se convierte a conveniencia en niño herido.
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¿Soy ahora mismo, escribiéndote esto, el monstruo que inventa, el monstruo que aparenta deconstrucción, el monstruo woke? ¿Soy el monstruo que se refugia en párrafos hablando de las distancias del espacio en vez de decir las cosas de frente? No lo sé, hija. Soy un hombre, y no sé qué significa casi nada.
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Esto que te escribo, hija, está inspirado en el texto de un escritor que me gusta mucho. Se llama Kurt Vonnegut, y ya murió, pero alguna vez tuvo bigote. Él escribió una vez esto: “Hola, bebés. Bienvenidos a la Tierra. Hace calor en verano y frío en invierno. Es redonda y húmeda, y está abarrotada. En lo visible, bebés, ustedes pasarán 100 años aquí. Solo hay una regla que conozco, bebés: ‘Maldita sea, tienen que ser amables’.” Supongo que algo así es lo que te quiero decir: espero que en tu tiempo aquí nadie te arroje un borrador a la cabeza, y que nadie te haga sentir mal si es que decides ser una nerd a la que le gusta hablar de los planetas. Te prometo no meterte a una escuela de monjas. Te prometo que no te exigiré ser la mejor siempre, y te prometo no desaparecer un día. Quisiera prometerte un mundo en el que no habrá otros hombres que te hagan sentir mal, un mundo donde nada te persiga y los monstruos sean solo alegorías en los cuentos que te leo antes de dormir. Por desgracia, eso no te lo puedo prometer. Estamos en la Tierra: está abarrotada, y hay calor y frío, y todavía quedan muchas cosas por cambiar. Kurt el escritor tenía otra frase que repito casi siempre: “El darnos cuenta es lo único vivo y quizás lo único sagrado en cada uno de nosotros. Todo lo demás es maquinaria muerta”. En este planeta de agua y estufas ardiendo, en esta bola que recorre cada segundo kilómetros y kilómetros de vacío, hay muchos hombres heterosexuales cisgénero intentando darse cuenta. Y hay muchos otros que son maquinaria muerta todavía.
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Hola, hija. Hola. Para cuando leas esto, el cosmos inmenso tendrá en un cachito nuestras huellas a la par, y el mundo será seguramente distinto. Tal vez me dejarás ganar alguna vez en Mario Kart, y tal vez cuando me escuches cantar en el karaoke ya no te daré cringe. Tal vez para entonces las palabras “soy tu papá” significarán algo que solo tú y yo comprenderemos, distinto a lo que todos los padres de mi linaje han significado. Soñar se vale desde siempre. Quiero creer que para entonces, si es que tú decides escribir una versión de la historia que te tocará vivir conmigo, las cosas serán distintas. Que no pasarás años tratando de descifrar una crueldad mía. Que contarás solo lo que se siente abrir al sol los ojos y el flotar en el que no te tocó nada que no quisieras. Hola, hija: bienvenida a la Tierra. Solo hay una regla que conozco, hija: una día a la vez, irnos dando cuenta.

Ilustración: Fabián Ruiz