Y lo vives. Y dictas el oficio
a quienes corresponde. Y das la clase
lo mismo a los alumnos inscritos que al oyente […]
Valium 10
Rosario Castellanos
Por Arantza Alvarado Vargas, colaboradora de la CIGU
Todavía recuerdo a la primera maestra que tuve en la vida: le decíamos Blanquita. A los seis años podría jurar que me parecía muy alta; hoy sé que tal vez solo me ganaba por algunos centímetros.
Con saco rojo ajustado y una coleta al modo noventero, Blanca se paraba en nuestro salón de clases para enseñarnos a escribir y conocer la recta numérica usando la metáfora de la “ranita”. Calculo que en esa época ella ha de haber tenido unos 45 años. Pero en nuestra percepción infantil, siempre nos pareció que encarnaba una eterna juventud. Un día surgió un rumor: uno de esos que la impregnó de un aura diferente: “¿Ya saben que la maestra Blanquita no puede tener hijos?”, dijo alguna vez alguien. “Ay, qué mal”, “sí, qué mal, tan linda que es”, contestó otro más. Quizás nunca la dejamos de ver como era para nosotros: jovial, alegre y buena profesora. Sin embargo, sí alcancé a mirar que esa dimensión de su vida personal había develado otra cosa que no se veía en el día a día.
Con el tiempo entendí que aquello que intuía de niña —aunque fuera desde el chisme, la imaginación o la ternura— también formaba parte de la experiencia educativa. Porque incluso cuando no lo comprendemos del todo, las y los docentes llegan a nuestras vidas cargando una historia propia que, de distintas maneras, también entra al aula y nos marca.
Por eso, cuando rememoro a todas esas personas que fueron mis profes de mi trayectoria escolar (y que por espacio no les nombro) imagino las situaciones que pudieron estar atravesando en su profesión mientras intentaban enseñarme cosas. Y al situarles en ese espectro, pienso irremediablemente en cómo la conexión entre lo vital y la enseñanza, la vida y el trabajo, suele quitarse de la ecuación cuando se habla de docentes. Sí, es cierto que el 15 de mayo, “Día de la docencia”, sí mantiene una intención de reconocimiento al trabajo que docentes de todos los niveles hacen diariamente en nuestro país. No obstante, algunas lagunas surgen durante esta conmemoración colectiva.
La vida también es el aula
Cuando se habla de educación —ese gran término que a veces es la panacea, pero muchas otras una explicación de las desgracias— aparece una idea de lugar común en la que se piensa que es posible separarla de la vida.
Por ejemplo, hay un dicho que tanto profes como estudiantes hemos escuchado (y penosamente incluso la hemos usado): “La vida real no está en el salón, está afuera”. Sea como insulto o como un recurso para ampararse ante algún desajuste en el aula, esta frase busca simular que la vida real, la que duele y que cuesta — como si esa fuera la única manera de legitimar que unx está vivx— no ocurre en los pasillos, ni en las bibliotecas; o está esperando a que inicie la etapa verdadera: la adultez y el trabajo.
Pero esto de mandar a “afuera” lleva tras de sí una consigna que borra no solo el trabajo que docentes y estudiantes realizan en las aulas, sino que también alude la dimensión de lo vital que implica pararse enfrente de un grupo con una historia a cuestas. Y es que en los espacios áulicos no solamente ocurre un intercambio de ideas, de currículos (formales y ocultos, por supuesto) y asignaciones para mejorar habilidades. En las aulas también sucede la vida, porque tanto les estudiantes ponen de sí para avanzar en sus estudios, formarse, construir vínculos y apropiarse de las cosas que les hagan sentido; como les docentes muestran, exponen y traducen cómo es que han podido afrontar el mundo.
Como una profesora que desde hace más de 10 años convive con docentes de experiencias larguísimas y valiosas, así como con quienes inician su propia siembra en el paraje de la enseñanza, siento el ímpetu de insistir en que nuestras historias importan e inciden, cambian, transforman y también —hay que decirlo—, pueden trastocar las aulas, sobre todo ante un sistema educativo poco atento a las necesidades docentes de cuidados, de escucha, de descanso y reconocimiento.
Cuando a las y los docentes se les pide que, además de dar buenas clases, de mediar adecuadamente los conocimientos y efectuar el diseño de instrumentos y evaluaciones que den cuenta de posibles aprendizajes en quienes residen en nuestras aulas (que sí, esa sí es nuestra chamba), también hay una demanda sutil y, sobre todo, contradictoria de dejar de lado su existencia y su vida fuera. Y pienso, con mis años frente a grupos diversos, con la claridad de que la docencia es una de las profesiones más necesarias en el mundo y, simultáneamente, una de las más abandonadas, que esto no debe ser así. Porque cuando se insiste que hay un afuera en otro lado, olvidamos que enseñar también implica habitar el aula desde la propia vida.
Y por supuesto que no quiero caer en tautologías. Es claro que todas las profesiones están atravesadas por lo personal, los feminismos marxistas ya lo han estudiado. Pero como profesoras, profesores, aunque es claro que debemos mantener respeto y límites claros en nuestra convivencia con el alumnado (sobre todo con los contextos punitivistas que existen hoy en día en los espacios escolares; o con las múltiples violencias que aún persisten) no debemos olvidar que nuestra labor implica escucha y voz; respiración para proseguir mientras no se pueda avanzar; implica pausa, ingenio y paciencia en nuestros gestos, en nuestros comentarios, en nuestras frustraciones; implica no aguantarnos la risa cuando debemos hacerlo; implica alzar la voz cuando algo no va bien.
Si eso no es la vida, ¿entonces qué es?
La docencia es la vida
Por eso cuando recuerdo a Blanca (o Blanquita, me gusta rememorarla así), sí busco imaginarla en la manera en que ella pudo vivir su realidad; ese presente que le tocó mientras era nuestra profesora. Es obvio que nunca estuvo enterada de aquellos chismes sexistas y vanos que probablemente llegaron a nuestros oídos de infantes por voces de adultos. O tal vez sí. Sin embargo, más allá de eso, hoy quiero comprender y mirar las implicaciones y efectos de sostener su docencia, su vida, mientras la nuestra ocurría también.
Hoy que hablamos y conmemoramos el trabajo docente, deseo que volvamos a mirar en conjunto la dimensión de lo personal en las aulas. No solo porque ser profe es una de las profesiones que atraviesa cada vez más situaciones multifactoriales de desprotección: el abandono, la precariedad, la falta de reconocimiento social y el desgaste cotidiano por mencionar algunos—. Por ello, insistamos en la dimensión de la vida y en las historias porque, aunque no siempre las conozcamos, estas permanecen embebidas en nuestros aprendizajes y en la forma en que las y los docentes nos enseñan, nos escuchan y nos acompañan. Y a eso, como dice la buena Rosario, no le podemos restar importancia.