En la Ciudad de México nos gusta lo colectivo. Festejar en colectivo, bailar en colectivo, cantar, reír, andar en bici, hacer olas, romper récords de box, de fut, de bailar “Thriller”. Eso habla del disfrute del espacio público.
Las ciudades suelen ser espacios muy atractivos y complejos. Son atractivas por la cantidad de actividades y posibilidades que pueden ofrecer en términos de diversidad. En las grandes ciudades puedes estudiar cualquier carrera, tener acceso a actividades culturales y gastronomía de todo tipo, así como tener contacto con personas de todo el mundo.
La cosa es tener dinero para pagarlo. Vivir en las grandes ciudades es caro por factores que exceden al alcance de este texto. En la Ciudad de México, el transporte público es el más económico del país y de los más baratos del mundo; eso es una ventaja, pero la vivienda es cara. Las desigualdades en el acceso a la cultura tienen mucho que ver con lo territorial. Si las actividades artísticas están lejos del lugar de trabajo o de habitación, el acceso se complejiza.
De ahí la importancia de establecer estrategias para que la cultura sea accesible no solo en términos de lo económico, sino de lo territorial; de ahí la importancia del espacio público como integrador indispensable de libertades y derechos, entre estos, el derecho a la cultura.
La expresión de las distintas culturas que habitan en una gran ciudad debe poder ser pública; además, eso hace que la urbe en cuestión sea más interesante. El espacio público de la Ciudad de México lleva muchos años en proceso de transformación y cada vez es más común tener artistas que generen bailes en los parques, en las esquinas. El muralismo y el arte gráfico en la calle es cada vez más intenso y experimentado y, por supuesto, los eventos masivos —más allá de los conciertos— también valen la pena.
Es entrañable ver a la gente llegar con la disposición absoluta de divertirse, de formar parte de una colectividad chilanga que le entra a todo, al deporte, al juego, al arte y la cultura, a las albercas, al mundial, a bailar, a andar en bici con disfraces. Es entrañable ver a las familias reír sin gastar un centavo. A los grupos de personas jóvenes haciendo sus actividades en bola mientras la ciudad —que podría ser el espacio más hostil del mundo— les acompaña a seguir creciendo entre miles de posibilidades de vida.
La cultura en el espacio público genera alegría, la alegría de lo común, el amor de lo común.