Hospital de Abejas de CDMX: conoce a los rescatistas que salvan colmenas

Un panal de abejas no pertenece a la zona urbana de la CDMX. Por eso, el equipo del Hospital de abejas de la Corenadr trabaja para reubicarlas.

Alguna vez circuló por las redes sociales el mensaje de: “si las abejas se extinguen, el mundo se acaba”; lo que ocasionó varios comentarios a favor para las pequeñas fabricantes de miel. Aunque, en la práctica, nunca falta quien grita o agita la mano con vehemencia cada vez que una abeja se acerca porque “son agresivas y solo saben picar”.

Es inevitable, crecimos creyendo que las abejas atacan y que un panal cerca de nuestros hogares, escuelas o áreas públicas son peligrosos; pero también gozamos de la miel y sus derivados, nos parecen tiernas sus caricaturas y difundimos la relevancia de su presencia en el ecosistema mundial. Si son tan importantes para el ecosistema y su miel tan beneficiosa ¿Por qué no las queremos cerca? ¿Dónde pertenecen las abejas en la CDMX?

Pues la ciudad es tan grande que sí hay un espacio para las abejas: en la zona de cuarentena de la CORENADR o, mejor conocido como: Hospital de abejas. Un lugar donde veterinarios apícolas reubican y rehabilitan colonias de abejas en la CDMX para que estén fuera de peligro en la urbe. En esta ocasión, los acompañamos en un día laboral y esto es lo que aprendimos de las abejas en la ciudad.

La reubicación de una colmena

Son un poco más de las 8:00 horas y el equipo de reubicación de abejas llega en una camioneta con el emblema de la CORENADR. La ubicación es una unidad departamental, de apenas dos pisos, en Iztapalapa, donde el asfalto sobra. Al ingresar al domicilio y subir las escaleras, se haya la copa de un árbol y una rama donde se concentran las abejas. Ésa es la colmena y lleva varias semanas asentadas, pero donde eligió establecerse, es un lugar peligroso, tanto para las abejas, como para los citadinos.

equipo de reubicación de abejas
Equipo de técnicos apícolas. Foto: María Daniela Ortíz / Chilango.

Son tres técnicos apícolas que manejan la situación. Primero se colocan el traje protector o, mejor conocido, como traje de apicultor. Después, uno enciende un ahumador con ramas secas y cartón; cuidando de que el humo sea blanco, abundante pero no caliente, pues esta “herramienta de control” no debe dañar a las abejas.

ahumador para controlar colmena de abejas antes de su reubicación
El ahumador es ua herramienta de control que usan los técnicos apícolas. Foto: María Daniela Ortíz / Chilango.

En seguida, los técnicos se reparten el trabajo: uno comienza a cortar las ramas que pueden estorbar, otro ahúma a los alrededores para que las abejas se junten en la colmena y no salgan volando; mientras que el tercero, el más alto, traslada con cuidado lo que llaman “el núcleo”, es decir, la rama donde la abeja reina se encuentra y las abejas se juntan, para resguardarlo en el porta núcleo, que consiste en una cubeta con mallas finas y orificios que protegen a las polinizadoras. El proceso dura poco menos de media hora.

“Nuestro trabajo es tan eficiente que es muy difícil que se salgan de control”, comenta Luis Fernando, uno de los rescatistas de abejas.

Ahora es momento de llevar a la colonia al Hospital de abejas donde será rehabilitada y finalmente, reubicada con algún apicultor de la CDMX.

El equipo del Hospital de abejas

En esta ocasión, el equipo que reubicó la colonia estaba formado por Cecilia Cesales Rosales, responsable del área apícola de Fomento Pecuario de la CORENADR, y los técnicos apícolas: José Alberto Herrera Herrera y Luis Fernando Gonzáles Escalante.

Después de que las abejas se resguardan en el porta núcleo, es momento de llevarlas al Hospital de abejas; el cual se ubica en el suelo de conservación de la CORENADR. Pero antes, así como las abejas que requieren néctar para seguir con su trabajo, los veterinarios apícolas hacen una pequeña parada para conseguir café y pan de dulce para continuar con sus labores. Una vez satisfechos, emprenden el viaje.

El camino es largo, pero manejan sin prisa, pues la colonia de abejas debe llegar lo más tranquila posible y los caminos de la ciudad estacan en baches. Entre mordidas al pan y sorbos de café, los veterinarios develan su gusto por dedicarse a proteger las abejas de la ciudad. Como José Alberto, quien confiesa que durante sus estudios de veterinaria, nació su sueño de tener su propia granja apícola y dedicarse a las abejas. También nos contó de las virtudes de la miel, la jalea real, la cera de abejas y hasta los usos terapéuticos del veneno en su aguijón.

Técnicos apícolas de la CORENADR. Foto: María Daniela Ortíz / Chilango.

Todos viajan tranquilos, pues la colonia de abejas ya está resguardada. Aunque los profesionales insisten que el proceso se llama reubicación, el cuidado con el que tratan a las abejas y el énfasis que hacen en que no son agresivas, sino defensivas porque están en zonas urbanas con mucho ruido y malos olores, tiene más que ver con un rescate de abejas que erróneamente llegan al asfalto.

Siguiente parada: el Hospital de Abejas

La camioneta de la CORENADR que, en esta misión funciona como ambulancia de abejas, llega a la zona de cuarentena, mejor conocida como Hospital de abejas. Una vez ahí el protocolo se reinicia: ponerse el traje protector y preparar el ahumador. Pero en esta ocasión, cargan los porta núcleos a una zona protegida por árboles y llena de cajones en la que habitan más abejas.

El Hospital de abejas no es un laboratorio blanco, tampoco es un edificio con luz blanca ni silencio incómodo. Es un espacio en el bosque donde se enfilan cajones que contienen colmenas y que atienden los veterinarios. Aquí nadie usa bata o estetoscopio, solo un traje de apicultor.

Traslado del núcleo al cajón. Foto: María Daniela Ortíz / Chilango.

Lo primero es trasladar el núcleo a un cajón vacío. Lo hacen con un empujón firme para que las abejas suelten la rama. Dentro del cajón colocan un panal para que se sientan cómodas. “Esperamos que les guste su nueva casa”, comenta José Alberto, mientras observa cómo las pequeñas polinizadoras se acomodan.

Finalmente, cierran el cajón. Por hoy, el proceso terminó, pero todo depende de los siguientes 3 o 5 días en lo que tardan en adaptarse a su hogar temporal. Este tiempo es necesario, pues así los veterinarios pueden observar qué tan débil llegó la colonia o si tiene varroa, un ácaro que enferma a las abejas de la ciudad.

Observación de colonias en el Hospital de abejas. Foto: María Daniela Ortíz / Chilango.

El tratamiento que reciben las abejas en el hospital consiste en dos etapas: fortalecimiento y rehabilitación. El primero consiste en alimentarlas de néctar para que se fortalezcan y la colonia crezca; el segundo trata de observar si están infestadas de varroa y cambiar a la abeja reina, para disminuir la africanización de la colonia y, de esta forma, que sean menos defensivas. Cuando están saludables, son enviadas con un apicultor que forma parte del programa Altépetl.

Todo diagnóstico es a través de la observación y paciencia. Sacan los panales de los cajones y examinan a las abejas detenidamente. Lo hacen rápido, pues la lluvia y el frío pueden dañarlas. Aquí, los pacientes no pasan por estudios de laboratorio y son numerados. La colonia que arribó será la número 71.

Defensivas, pero no agresivas

Observar de cerca el vuelo de una abeja, tras el traje de protección, te hace apreciarlas desde otra perspectiva. El término defensiva que utilizan los veterinarios apícolas tiene significado: las abejas no muestran interés en atacar, sino en volver con su colonia.

Las abejas obreras, que son todas hembras, se dedican a pecorear durante su corta de vida de 40 días aproximadamente; mientras que la abeja reina pone alrededor de 2 mil huevos al día que serán las nuevas obreras. Los zánganos, en cambio, solo descansan y se reproducen con la reina. “De ahí el dicho” dicen los veterinarios entre risas. Desde que nacen tienen una función, pero ninguna es la de atacar o picar a cualquier persona que se cruza en su camino.

Foto: María Daniela Ortíz / Chilango.

Las abejas son polinizadoras que forman parte del ecosistema del mundo; pero no son las únicas. Si ellas se extinguen, el mundo no se acaba, pero si varias especias de plantas. Además, la única que está en peligro de extinción en el territorio mexicano es la abeja endémica Melipona; que habita en el sur del país, en zonas cálidas como la costa y no tienen aguijón. Si ellas se extinguen, muchas plantas endémicas de México también.

Las abejas no son un peligro para la ciudad ni viceversa. No obstante, el gris concreto, el smog y el ruido urbano no son ideales para su desarrollo. Por eso el Hospital de abejas se dedica a reubicarlas en zonas más adecuadas para ellas, para que continúen su labor natural. No todas las abejas en la ciudad son inapropiadas, como las abejas del mercado de dulces de la Merced, pero sí todas merecen tu respeto.

Colonia de abejas en su panal en el Hospital de abejas. Foto: María Daniela Ortíz / Chilango.

No te asustes, porque puedes ponerlas en alerta y creerán que eres un depredador. Mantén la calma y observa. Las colonias de abejas suelen buscar espacios oscuros, secos y tibios para asentarse. Si notas que llevan más de 5 días en el mismo lugar, llama a RescatAbejas al 55 4787 3173.

RescatAbejas

WhatsApp: 55 4787 3173

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