Jugar el Camino: un parque móvil para las infancias migrantes

Jugar el Camino transforma un triciclo en un parque móvil con el fin de recuperar el espacio público y utilizar la recreación como acto de resistencia frente a los discursos de odio

POR EMILIANO DELGADO CASTILLO

Existe una crisis migratoria global. En México, paso obligado hacia Estados Unidos, resuenan los ecos de esta movilidad. Aquí, un gran número de infancias (muchas de ellas solas o únicamente acompañadas por sus madres) lidian con discriminación y falta de lugares seguros. 

Paralelamente, la CDMX sufre la pérdida del espacio público. La inseguridad y la depredación inmobiliaria devoraron los sitios destinados a la cohesión social. Las infancias son las más golpeadas por esta doble realidad, perdiendo sus últimos refugios urbanos para jugar, crear comunidad y sentirse libres en un mundo regido por el adultocentrismo.

En este contexto, la artista comunitaria Sophia Arrazola fundó en 2020 Mi Calle / Nuestra Calle, una laboratoria autogestiva especializada en género. El propósito es acercar poblaciones vulnerables al espacio público para reactivarlo y empoderarlas creando estrategias desde la práctica. 

Después se sumó Jessica Bastidas, aportando sus conocimientos en artes circenses para generar espacios seguros y reflexiones críticas. Esta alianza expandió su impacto, llevando proyectos a zonas rurales, CDMX, Guatemala y Barcelona.

Foto: @elirvingbg Irving

En 2024, durante el aniversario de la colonia Guerrero, ambas participaron en la laboratoria lúdica Alas y Raíces, confirmando que el juego es clave para escuchar a las infancias. Al notar que en las calles convergen infancias vulnerables y que los migrantes enfrentan un fuerte rechazo y discursos de odio, decidieron atender esta emergencia desde su trinchera creativa con Jugar el Camino.

Un proyecto que se juega en la calle

Jugar el Camino nació este año como una investigación sobre migración, espacio público e infancias. Jessica, Sophia y egresados de Diseño Industrial de CENTRO buscan derribar las barreras a las que se enfrenta la población migrante mediante el juego y la recuperación del espacio. 

El resultado es un playground móvil con más de 50 actividades que invita a tomar la calle desde la curiosidad y no desde el miedo, ejerciendo un acto político para imaginar mejores futuros. 

Este espacio móvil consta de tres elementos:

  • Movilidad. Un triciclo “tamalero”, ícono mexicano que le da legitimidad pública, permite moverse por la ciudad y llegar a más personas sin importar lo complicado del acceso.
  • Espacio seguro. Sobre el triciclo se construyó una casa que se activa con múltiples dinámicas, desde juegos intrépidos hasta los más creativos.
  • Permanencia. Se regala a las infancias una mochila de viaje que incluye actividades en papel, cartón y materiales informativos sobre derechos humanos.

Aunque se enfoca en infancias migrantes, el proyecto se propone ser un espacio para que las madres puedan mediar el juego con sus hijos. Con un manual que exige habilidades mínimas de lectoescritura, ellas pueden ser las “activadoras” del proyecto sin intermediarios, garantizando que sea gestionado por el público y escape de las barreras académicas.

Foto: @elirvingbg Irving

El futuro para Jugar el Camino

Jugar en el Camino no busca ser sólo un triciclo en la CDMX; mediante alianzas, espera escalar a nivel mundial para que sea disfrutado por infancias en otros países con crisis migratorias o guerras. Sus manuales y juegos caben en una USB, que esperan algún día pueda convertirse en material Open Source. Así, cualquiera podrá aportar contenido y replicarlo en escala mínima o máxima sin intermediarios.

Aunque persigue mayor respaldo, evalúa cada financiamiento para evitar que intereses externos deformen su esencia. Hoy, está en un punto crítico donde la urgencia trasciende lo económico; necesita visibilidad y capital humano. Busca voluntarios que donen su tiempo, recordando que recuperar el espacio público exige una red de apoyo comprometida.

En el corazón del proyecto hay una certeza fundamental: jugar es activismo y resiliencia. Al hacerlo, se rompe la exigencia capitalista de productividad y se abren encuentros sociales frente a discursos de odio. Para las infancias, es una forma de existir y sanar. 

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