La historia comienza en Ciudad Nezahualcóyotl, lejos de las zonas que suelen aparecer en las postales turísticas de la Ciudad de México. Afuera hay combis, puestos ambulantes, taquerías abiertas hasta la madrugada y avenidas que durante décadas cargaron con todos los prejuicios posibles sobre Neza. Sin embargo, en medio de esa geografía popular aparece un letrero iluminado en tonos violetas neón que parece anunciar otra dimensión: Spartacu’s.
Más de cuatro décadas después de abrir sus puertas, el nombre sigue sonando a algo parecido a la leyenda. Porque detrás de esa fachada no solamente existe uno de los clubes LGBT+ más antiguos de México. Existe una parte de la historia contemporánea del país.

Inaugurado el 30 de noviembre de 1984, cuando la homosexualidad todavía se vivía muchas veces desde la clandestinidad, cuando las personas trans eran expulsadas incluso de algunos espacios gays y cuando la palabra diversidad todavía no formaba parte del discurso público, Spartacu’s abrió sus puertas en la periferia del Valle de México para ofrecer algo que entonces parecía revolucionario: un lugar donde nadie tuviera que esconderse.
Quizá por eso resulta imposible entenderlo únicamente como una discoteca. Porque sí, aquí se baila, pero también se recuerda. Se celebra. Se sobrevive. Y se construyen historias.
Apenas cruzas la entrada, el tiempo parece desacomodarse. Las luces rosas y azules cubren las paredes como una niebla artificial. El neón rebota sobre las botellas detrás de la barra y convierte cada rincón en una especie de escenario cinematográfico.
Un enorme candelabro de cristales cuelga del techo, mezclando algo de cabaret clásico con estética de club nocturno. Todo parece exagerado. Y precisamente por eso funciona.

¿Por qué Spartacu’s sigue siendo un símbolo para la comunidad LGBT?
En una ciudad que constantemente obliga a esconder cosas, Spartacu’s siempre ha preferido exhibirlas. Exhibir el brillo, el deseo, la fantasía, la libertad.
La noche en que visité el lugar, un hombre me contó que había viajado desde Tijuana. No vino por trabajo. No vino por turismo convencional. Vino porque alguien le dijo que Spartacu’s era un lugar que debía conocer al menos una vez en la vida.

Y esa historia se repite constantemente. Hay quienes llegan desde Guadalajara, Monterrey, Puebla o Veracruz. Algunos porque escucharon hablar de sus espectáculos. Otros porque aparece recomendado en la legendaria Spartacus International Gay Guide, una publicación internacional especializada en turismo LGBT+ que desde hace décadas lo considera una parada obligatoria.
Lo curioso es que una vez adentro nadie parece venir por la misma razón. Unos buscan bailar, otros buscan ligar, algunos simplemente quieren sentirse acompañados. Y otros llegan porque aquí conocieron a alguien hace 20 años y siguen regresando.
Eso explica por qué el lugar se siente tan distinto a los antros contemporáneos. Aquí todavía existe comunidad.

Las mesas están llenas de conversaciones. Los grupos se mezclan. Los desconocidos terminan hablando entre sí. Los meseros atraviesan el salón entre risas y tragos, mientras la música cambia de una década a otra sin pedir permiso.
Y luego están ellos: los meseros, los bailarines, los cuerpos. Hombres musculosos vestidos con prendas deportivas ajustadas, botas negras y un poco menos. Pectorales marcados y abdómenes imposibles, son parte del espectáculo permanente que parece desarrollarse incluso cuando el show todavía no comienza. Nadie parece escandalizarse. Nadie parece sorprenderse.
En Spartacu’s el cuerpo deja de ser motivo de juicio para convertirse simplemente en otra forma de expresión.

Neón, transformismo y libertad
La verdadera transformación ocurre cerca de las dos de la mañana. Las luces bajan, la pista se despeja, la música cambia. Y aparece la primera estrella de la noche.
Suena Gloria Gaynor para interpretar “I Will Survive”. La canción que durante décadas se convirtió en himno de resistencia para generaciones enteras de la comunidad LGBT+, encuentra aquí un significado especial.
La artista transformista que interpreta el tema domina la pista con una presencia imposible de ignorar. Los asistentes se levantan de las mesas. Algunos cantan, otros graban videos, muchos simplemente levantan los brazos.

La sensación es la de asistir a un ritual colectivo. Porque el transformismo en México nunca fue solamente entretenimiento. Durante décadas fue refugio, arte, resistencia política cuando todavía no existían derechos garantizados, fue la posibilidad de imaginar otros cuerpos, otras vidas y otras libertades. Y Spartacu’s lleva cuarenta años funcionando como uno de esos escenarios.
Después llega Mónica Naranjo. La peluca aparece entre luces estroboscópicas y el público responde inmediatamente. Los billetes comienzan a volar hacia el escenario: De cincuenta, de cien, de doscientos, de quinientos pesos.

No se trata solamente de propinas. Es una tradición heredada de los viejos centros nocturnos mexicanos. Una forma de reconocer el trabajo de quien está arriba del escenario.
Más tarde llega Jenny Rivera y entonces la nostalgia toma el control. Las canciones se convierten en karaoke multitudinario. Las mesas cantan, los meseros cantan, la gente abraza a sus amigos mientras corea letras que forman parte del imaginario popular mexicano.

Los aplausos duran varios minutos. Los gritos de “otra, otra, otra” llenan el recinto. Y la artista regresa. Porque en Spartacu’s los shows rara vez terminan cuando deberían terminar.
Mientras tanto, en otra zona del club, existe un espacio que forma parte de la mitología del lugar: el famoso cuarto oscuro.
Un corredor tenuemente iluminado donde las fotografías masculinas cubren las paredes. Algunas parecen retratos artísticos. Otras son descaradamente provocadoras. Todas forman parte de una estética que durante décadas acompañó la cultura gay cuando todavía no podía mostrarse abiertamente.
Como mujer, la experiencia resulta extraña. En la entrada me explican que tradicionalmente es un espacio pensado para hombres.

El refugio donde la fiesta sigue siendo resistencia
Dos parejas tomadas de la mano avanzan tranquilamente por el corredor. Nadie parece esconderse. Y quizá ahí está la verdadera diferencia. Porque durante gran parte de la historia mexicana esos espacios existieron precisamente para esconderse. Hoy sobreviven como memoria de una época donde amar podía ser un acto de riesgo.
Afuera, la pista sigue encendida, los bailarines regresan: reguetón, cumbias, salsas, pop, pasitos duranguenses. Todos bailando bajo las luces, clientes riendo, personas coqueteando con todo.

Y entonces entiendes algo: el mundo exterior sigue viendo a Neza como una zona peligrosa. Como un territorio marginal. Pero dentro de Spartacu’s ocurre exactamente lo contrario.
Aquí reina el orden de la fiesta. La paz de quien se sabe aceptado. La tranquilidad de no tener que fingir. Para algunos será un lugar de excesos, para otros un símbolo de libertad y para muchos es ambas cosas. Y quizá esa sea la razón por la que Spartacus sigue existiendo cuarenta años después. Es un archivo vivo de la libertad mexicana.
📍 Lugar: Spartacus Disco Club. Av. Cuauhtémoc 8, Maravillas, Ciudad Nezahualcóyotl, Estado de México.
🕙 Horario: Viernes y sábados a partir de las 22:00 horas.
🎟️ Cover: $50 (Excepto cuando hay algún evento que puede variar) No hay consumo obligatorio, hay mesas de botella y de cerveza.
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📅 Fecha: 27 de junio de 2026
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⏰ Concentración: 10:00 horas