Por Bryan Rivera
“Un… dos… tres… cuatro… eso…”, dice Carmen Oliva, profesora de danza, al grupo de personas con las que tú, lector, estás bailando “Corazón solitario”, de Alberto Pedraza. Estás en un largo patio de una casona blanca en la colonia Roma, concretamente en Casa Calypso, una tienda de fan art y viniles especializados, cuyo propietario, Carlos René, ha surtido a la escena cumbiera.
Carmen explica los pasos básicos de la cumbia a ti, a algún amigo o a tu pareja, así como a un grupo multiétnico de extranjeros, chilangos y de otros estados. Algunos replican los pasos con el desinterés de quien ya sabe bailar, mientras que otros se esfuerzan en seguir a la instructora.
Esta rápida lección de baile forma parte de la primera parada del Tour y Jam Cumbiero, de Discos y Amigos, un laboratorio de turismo musical en la CDMX que crea proyectos que transforman la música en experiencias culturales. Se trata de uno de los primeros esfuerzos en la capital para conocer a una población, su visión y costumbres, a través de su música y aprovechando escenarios locales de la ciudad.
Después de aprender los pasos más básicos de la cumbia, estás por tocar algunas de las complejas capas de este género: su historia, base rítmica y evolución. La cumbia es un lenguaje latinoamericano “tan paralelo” como el rock u otros géneros, subraya Pablo Borchi, co-fundador de esta propuesta que, con una gorra beige, playera negra y camisa de mezclilla azul, te guiará en las siguientes paradas del recorrido.

Turismo musical
Pablo realizó el primer Tour y Jam Cumbiero en agosto de 2023, cuando el mundo retomaba el ritmo cortado por la pandemia. Para entonces, el turismo musical todavía no alcanzaba el impulso actual.
Esta clase de turismo ahora está en su adolescencia. En los años sesenta, los fans de The Beatles ya generaban desplazamientos masivos en el calor de la llamada Beatlemanía. Las giras de U2, Madonna o hasta Woodstock incentivaron viajes internacionales.
Pero con Taylor Swift todo cambió. Entre 2023 y 2024, Eras Tour subió el nivel y masificó el fenómeno. Tomar un Uber, ir a un restaurante, echar unos tragos o cervezas, hospedarte en un hotel y visitar un museo se consolidaron como elementos dentro de un sistema económico medible que gira en torno a un artista.
Actualmente, el turismo musical se divide en dos: el del concierto masivo como experiencia definitiva (Coachella, Lollapalooza o cualquier show en la esfera de Las Vegas), y el de la música como vía para conocer, comprender e interactuar con una cultura, cuyo evento global más cercano ha sido la gira de Bad Bunny.

Al ritmo de la cumbia
En ese ángulo, aunque en mucho menor magnitud, entra el tour cumbiero. El reto, dice Pablo, es hacer un turismo musical “que va alineado más a los conceptos del desarrollo de Unesco, o sea, con un turismo no extractivo, donde tú aprendas del local pero el local (ciudadano) aprenda de ti, que pases un cierto número de horas con el local”.
Asegura que el turismo musical va tomando camino, pero falta generar más conocimiento y estrategias para impulsarlo. México tiene potencial dentro de esta variable más cultural por su vocación hospitalaria. A eso se suma, por supuesto, la enorme cartera musical del país, en donde confluyen muchos géneros.
El recorrido cumbiero de Discos y Amigos es el primer paso en la CDMX. Para este año también implementará un tour sobre High Energy, otro en bici sobre Juan Gabriel y un stand-up sobre crónica musical.
Todos a los instrumentos
En la siguiente parada, la luz baja sobre el Bar Mini del Centro Cultural Laguna, entre mesas y bancas de madera donde los millennials se sientan a comer o tomar un trago.
Pablo conduce al grupo hacia una pequeña aula de madera, cuyas dimensiones hacen pensar en una casa de árbol. Te sientas frente a una mesa mientras recibes un trago de mezcal.
Con el pie y los hombros moviéndose sutilmente al ritmo de las rolas que pone conforme al contexto, Pablo explica a los presentes que la cumbia nació de un esfuerzo colombiano por imitar la música cubana. No les quedó. Su propuesta es más densa a la soltura rítmica de la isla. Así, por accidente, nació el género que habría de mover y definir a Latinoamérica en las siguientes décadas.
En los años sesenta, la cumbia de orquesta derivó en cumbia paisa. Pablo dice que es “cumbia-punk”, justo porque fue creada en un garaje. La polirritmia orquestal del género pasó al “chucu-chucu” y “chunchaka”, este último emitido por la guacharaca, instrumento idiófono de raspado, fundamental en la cumbia colombiana y el vallenato, explica Pablo a ti y al resto, mientras sigues dando sorbitos a tu mezcal, acompañado de una pequeña botana.

Experiencia cumbiera
Como si estuvieras en un tranvía, pasas del desarrollo de la cumbia y sus mutaciones hasta llegar a BTempo, un pequeño estudio de la Roma donde aprenderás las bases de la cumbia.
Una chica, a tu lado, hace el “chucu-chucu” con el güiro; alguien más apaña la batería; otros van a la guitarra y a las percusiones.
Daniel González “Chirimoyo”, músico multinstrumentista influenciado por el disco, soul y ritmos afro-cubanos, acompaña desde el teclado, mientras Pablo da las indicaciones sobre lo que cada uno de ustedes —devenidos músicos improvisados— habrán de tocar.
Cuando agarran el ritmo, uno de ustedes (tal vez tú) se avienta a cantar mientras el resto sigue el compás de “Chirimoyo”.
Y es justamente lo que Pablo busca: que la música, a través del turismo, sea un proceso que conecte, y que no sólo contemple.