Según la RAE, un artista es una “persona que cultiva alguna de las bellas artes”, pero la definición se queda corta para describir a Sofía Herrera: ella no cultiva una sola disciplina, sino tres. Trabaja la plata, modela el barro y diseña ropa.
Lo sorprendente no es solo que pueda moverse entre materiales y procesos tan distintos, sino que ha conseguido imprimir la misma esencia en todos ellos. Su universo está poblado por conejos, ranas, murciélagos, ajolotes y demás “bichos” (que es como la artista se refiere a sus creaciones). Todas sus piezas parten de la misma idea: observar al mundo natural y convertirlo en una especie de amuleto que nos acompaña en nuestro día a día.

Una trayectoria muy orgánica
Sofía creció en Durango, después vivió un rato en Montreal, regresó para estudiar la prepa en Monterrey y la carrera de Comunicación en Guadalajara. Más adelante se mudó a Nueva York por tres años. “Tuve como 500,000 trabajos”, recuerda Herrera en entrevista con Chilango.
Uno de ellos fue como asistente de una joyera que trabajaba con alambre de oro: moldeaba eslabones, cadenas y arracadas, incorporaba cuarzos a sus piezas y vendía tanto en una tienda de Brooklyn como en un bazar de Prince Street, en Soho.
A Sofía le sorprendió descubrir que alguien podía construir una vida alrededor de un oficio manual: comprar el metal, transformarlo con sus propias manos y después salir a vender el resultado. Aunque todavía no sabía que terminaría dedicándose a lo mismo, aquella experiencia sembró la primera idea.
El flechazo definitivo ocurrió al regresar a México. Durante una producción entró a un taller de joyería para buscar unos camafeos. “Cuando entré dije: ‘Ya no quiero salir nunca más’. Me parecieron increíbles esos procesos alquímicos: que la plata esté sólida y blanca, pase por temperatura, se vuelva roja, líquida, y en un segundo vuelva a solidificarse… me encantó”, recuerda la artista.
Todos los caminos llevan al arte
Sofía no estudió formalmente joyería. Su aprendizaje ocurrió entre sopletes, limas, pinzas y mesas de trabajo, observando a los artesanos y haciendo preguntas hasta que le permitieran meter las manos. “Mi formación fue de taller, de la vida real, de pura práctica, cero teoría”, comenta Herrera.
Desde hace cerca de 15 años trabaja con Javier, un joyero que se convirtió en uno de sus principales maestros. Él le enseñó a soldar, fundir y comprender los materiales, pero, sobre todo, le insistió en que practicara diario.
Mientras intentaba encontrar una forma de sostenerse con sus propias piezas, una amiga la invitó a vender en el Bazar Sábado de San Ángel. Llegó con alrededor de 10 anillos y un espacio pequeño. Permaneció ahí durante cerca de siete años. El contacto directo con quienes se detenían a mirar sus piezas le dio la confianza que necesitaba. “Ahí fue mi primer momento de decir: ‘Uno sí puede vivir de esto’”.

Plata con segunda vida
Sofía busca trabajar principalmente con plata reciclada, obtenida de charolas, cubiertos, broches, monedas y cadenas que se enredaron o dejaron de utilizarse. En lugar de ver esos objetos como desechos, los funde para devolverles la posibilidad de convertirse en otra cosa.
También realiza trabajos personalizados. Conserva piedras sueltas para que cada persona pueda elegir la suya y participar desde el dibujo o el modelado en cera. El resultado no sólo lleva una figura especial, sino parte de una conversación entre la artista y quien va a usarla.
El llamado del barro
En el Bazar del Sábado, Sofía conoció una amiga ceramista que la invitaba a experimentar con barro mientras platicaban en su taller. Luego estudió con Marcela Calderón, de Taller 36, quien le enseñó sobre esmaltes, óxidos y las reacciones químicas que permiten obtener diferentes colores.
Sofía encontró muchas similitudes con el modelado en cera que hace para sus joyas: ambas técnicas requieren trabajar con las manos, ayudarse de pequeñas herramientas y aceptar que el resultado no será idéntico a lo imaginado. Ahora se dedica a crear todo tipo de piezas de cerámica: cajitas, tazones y esculturas de animales.

Luego llegó el universo textil
Sofía toma fotografías constantemente. Se detiene ante floripondios, orquídeas y plantas de formas extrañas. Sin embargo, cuando intentaba traducirlas al metal sentía que perdían uno de sus principales atributos: el color. ¿La solución? Apareció en el textil. Al descubrir máquinas capaces de imprimir fotografías sobre rollos de tela, comenzó a trasladar directamente las imágenes de flores y atardeceres al algodón.
La entrada de Sofía al diseño de ropa comenzó con una sugerencia aparentemente sencilla: imprimir sus conejos sobre playeras y calcetas para merch de su marca. Su primera reacción fue producir cinco o 10 prendas. Sin embargo, un socio con experiencia en la industria textil la animó a pensar en cantidades mayores y a conocer el funcionamiento de las máquinas, los talleres y las maquilas.
Sofía pasó de trabajar figuras de cinco milímetros a enfrentarse con rollos de tela de más de un metro de ancho. “Mi ser es artesano. Me encanta estar produciendo. La vida de los talleres me fascina”, afirma la artista. Aprendió sobre serigrafía, impresión digital, patronaje, tendidos, costura y escalado de tallas. Todo lo hace con el apoyo y colaboración de patronistas, costureras, impresores, herreros y talleres especializados, muchos de ellos ubicados en la CDMX y sus alrededores.

La historia detrás del logotipo
Entre todos sus animales, los conejos se han convertido en la firma más reconocible de Sofía Herrera.
Todo comenzó con dos conejitos modelados en cera. Después de varios intentos, hizo un conejo echado y después otro de pie. Un día, mientras intentaba evitar que una de las figuras se cayera, la recargó sobre la otra. Los cuerpos embonaron y la escena adquirió inmediatamente otro significado: parecían una pareja de conejos en pleno acto de apareamiento o como si estuviera abrazados en cucharita.
La imagen reunía varias asociaciones: la pata de conejo como símbolo de buena suerte, la fertilidad de la especie, el deseo y el afecto, pero también tenía algo que para Sofía resulta indispensable: sentido del humor.
“Hay que fomentar la cucharita porque es bien importante. La cucharita es un momentazo. Nutre el alma”, afirma Herrera. Desde entonces, los conejos aparecen en collares, anillos y textiles.

Échate un clavado al universo de SH
Entrar a SH, el estudio de la artista en la Juárez, es asomarse al ecosistema donde nacen todas sus criaturas. Entre plantas, ajolotes y hasta un conejito llamado Rigo, sus piezas conviven con piedritas, raíces y otros tesoros que ha ido encontrando en el camino.
Con suerte -o si agendas tu visita mandándole un DM a su cuenta de instagram-, te puedes encontrar a Sofía ahí mismo, inclinada sobre su banco de joyero, soldando, limando y dando forma al siguiente bicho. Haciendo lo que mejor sabe: llenar el mundo de piezas que dan ganas de llevarse a casa.