Durante años he pensado que aún estamos muy lejos de comprender a nivel social, económico y cultural de qué hablamos cuando nos referimos al trabajo de cuidados que realizamos principalmente las mujeres. Y es que mientras pasa el tiempo e intento comprender un poco más, me doy cuenta de cómo en medio de la cotidianeidad y de todas las actividades que realizamos, no contemplamos que algunas de estas son fundamentales para preservar y cuidar la vida.
En octubre de 2018 asistí a una conferencia con Silvia Federici, pensadora feminista y autora de El patriarcado del salario. Críticas feministas al marxismo (2018) y Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria (2004). Ese día escuché algo que cambió completamente la manera en la que veo el mundo. Estábamos sentadas mis amigas y yo en una carpa en el zócalo de la Ciudad de México durante su presentación en la Feria Internacional del Libro cuando dijo: “Hay un trabajo que existe en todas las culturas del mundo, pero que es el único que no tiene tipo de cambio; y ese es el trabajo de cuidados que realizan las mujeres”.
Desde entonces, comencé a preguntarme de qué manera la sociedad y la cultura regulan que seamos las mujeres quienes realizamos mayor porcentaje de ciertas actividades y qué tan normalizado está que supongamos que son ―o somos― quienes deben hacerlas.

¿Cuánto vale el trabajo? Más allá de la ayuda
¿Cuántas veces hemos escuchado la frase “la señora que me ayuda en la casa” para referirnos a las trabajadoras del hogar? Es decir, mujeres que realizan un trabajo. Nombrar a esa labor como “ayuda” no solo le quita valor, sino que contribuye a normalizar que son actividades menores y es justamente esa la raíz de por qué muchas de quienes realizan ese trabajo perciben un salario injusto e insuficiente, que en ocasiones suelen realizar en condiciones de explotación.
O cuántas otras veces hemos escuchado o dicho “qué bueno que Raúl si te ayuda en la casa”, para mencionar que el hombre con el que vivimos realiza alguna tarea doméstica. Expresar o pensar que este sujeto “ayuda” resulta problemático porque estamos dando por hecho que esas tareas son responsabilidad u obligación de la mujer con la que vive y que él solo lo hace porque es una buena persona, cuando también habita ahí, es un adulto y sus contribuciones deberían ser parte de los acuerdos cotidianos para distribuir tanto las labores domésticas como el trabajo de cuidados de infancias o mascotas.
Frases como esas nos dejan ver que como sociedad estamos lejos de dimensionar que realizar tareas domésticas como cuidar de las infancias, lavar ropa, limpiar la casa, cocinar los alimentos y administrar los hogares para que nada haga falta es trabajar. Seguir replicando estas frases y patrones de conducta no permite socializar y hablar públicamente sobre por qué vivimos en una sociedad que exige únicamente a las mujeres trabajar de manera gratuita para cuidar y atender a otras personas.
Con los años me he dado cuenta de que nombrar a esas actividades como trabajo es el primer paso, pero luego viene lo más complicado, como comenzar a preguntarnos: “¿Cuánto cuesta ese trabajo?”, “¿Por qué las mujeres realizamos esas actividades en mayor porcentaje?”, y una de las preguntas que siempre me hago cuando hago estos reportajes y tomo las fotos es: “¿Cuántas horas más que los hombres destinan a ello?”.
El costo del tiempo
En México, con base en la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo 2024, del INEGI, las mujeres dedican 21.5 horas más a la semana que los hombres a realizar trabajos domésticos y de cuidados. Y no solo eso, sino que con respecto al trabajo que se realiza fuera de casa, las cifras siguen siendo desiguales, ya que las mujeres suelen ganar 54% menos en promedio que los hombres anualmente, lo que representa la brecha salarial de género más alta de los países que son parte de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico.
Para entenderlo mejor, resulta muy útil preguntarnos qué dejan de hacer las mujeres por dedicarse a los cuidados, como interrumpir sus estudios, carreras profesionales, sus planes y proyectos de vida. Incluso, para lidiar con esas tareas no remuneradas se emplean principalmente en trabajos informales porque solo así pueden navegar cargas como llevar y recoger a las infancias de la escuela, cuidar de personas enfermas, de la tercera edad o con discapacidad.
A partir de la experiencia dentro de mi propia familia y debido a la violencia de género en México, hace varios años comencé a preguntarme: “¿quiénes cuidan a las infancias y adolescencias en orfandad cuando ocurre un feminicidio?” Esto me ha llevado a pensar cómo ante las crisis y la violencia en nuestro país, son también las mujeres quienes dejan de lado sus proyectos de vida para cuidar.

Por estas y otras razones, la Organización de las Naciones Unidas proclamó el 29 de octubre como el Día Internacional de los Cuidados y el Apoyo, con el objetivo de reconocer que el trabajo de cuidados es fundamental para sostener a todas las sociedades y las economías, al mismo tiempo que se abre el debate de por qué ―al recargarse mayoritariamente en las mujeres― provoca brechas de desigualdad en todo el mundo.
Desde el año 2024, en México se debate la creación de un Sistema Nacional de Cuidados que garantice a todas las personas el derecho a ser cuidadas, y que en teoría debería promover la inclusión de las mujeres en las actividades económicas de manera más activa. Sin embargo, en medio de estas conversaciones continúan las interrogantes: “¿Cómo se supone que se va a garantizar ese derecho al cuidado?”, “¿Acaso se implementará infraestructura como guarderías y programas sociales para que las mujeres puedan dejar de cuidar de manera gratuita?”. También es importante preguntarnos: “¿Qué papel deberían tener los hombres en el tema de la redistribución de esas labores?”

Las muchas formas de cuidar
Cuando hablamos de cuidados sin retribución económica podemos pensar en actividades como:
- Cuidar de otras personas o seres vivos como infancias, personas de la tercera edad, enfermas o con discapacidad y animales de compañía.
- Realizar labores domésticas como lavar y planchar ropa, limpiar la casa, cocinar, comprar y administrar insumos, hacer la administración financiera y gestionar emergencias.
- Gestiones emocionales e intelectuales como administrar recursos, tiempo, organizar actividades cotidianas y especiales en el hogar y en las redes familiares o de amistades, brindar soporte emocional a infancias, parejas y otras personas dentro y fuera de la familia.
- Encargarse de cuidados comunitarios como preservación del medio ambiente, la biodiversidad, las tradiciones, las costumbres y los modos de vida de las comunidades.
Los cuidados también sostienen comunidades
Recorriendo territorios e indagando de manera más profunda sobre lo que significa cuidar y las implicaciones que tiene, encuentro que los cuidados atraviesan aspectos de la vida que van más allá de maternar, como organizar fiestas tradicionales y sostener actividades tan relacionadas a nuestra identidad y cultura como mexicanas y mexicanos, que resulta difícil pensar en un ideal que realmente redistribuya las cargas de trabajo dentro de los hogares y comunidades.
Por ejemplo, durante varios años estuve en el Istmo de Tehuantepec en Oaxaca para documentar cómo, a pesar de que no tienen puestos importantes en las instituciones que rigen la religión católica, son las mujeres quienes realizan actividades comunitarias como cocinar, vestir a los santos, organizar los rezos, limpiar y ordenar las iglesias para sostener las festividades de la Semana Santa.
Cuidar la tierra también es cuidar la vida
En algunas otras exploraciones también he recorrido los territorios amenazados por ciertas empresas y megaproyectos, como sucede en el Istmo de Tehuantepec en Oaxaca con los parques eólicos, para encontrar que las mujeres cuidan el medio ambiente y la biodiversidad en comunidades indígenas y campesinas. Son ellas quienes preservan el conocimiento de la medicina tradicional y saben reconocer las plantas y sus propiedades curativas, así como comprenden lo grave que puede ser que desaparezcan ciertas especies por la depredación del medio ambiente. Estas mujeres son guardianas de las semillas de maíz nativo y, con cada ciclo de las milpas, cuidan y transforman cientos de variedades de alimentos representativos de la gastronomía mexicana.
Además, he seguido de cerca a mujeres que se dedican a la partería y a resguardar conocimientos ancestrales y tradicionales para atender la salud sexual como guardianas del parto y los nacimientos lejos de las intervenciones innecesarias, de los excesos de medicalización y del alto índice de cesáreas sin justificación médica.
Y regresando a las tradiciones, tal vez podría decirse que en México la fiesta más grande e importante, independientemente de la cultura, es el Día de Muertos; y esa fecha tan relevante es un claro ejemplo de cómo las mujeres sostienen las festividades, pues pasan semanas comprando las flores para los altares, los ingredientes para elaborar los platillos, cocinando mole, tamales y atole, y ayudándose entre ellas, entre comadres, primas, hermanas, tías, hijas y vecinas con cadenas de trabajo de cuidados para mantener viva esta fiesta.
En este recorrido me he dado cuenta de que en todos los aspectos de la vida, la cultura, las tradiciones y las actividades que realizamos, el ciudado está siempre presente. Ante muchas de las interrogantes abiertas sobre esta temática, este ensayo fotográfico no necesariamente brinda respuestas, sino que es una invitación para reflexionar sobre la importancia de reconocer y darle valor al único trabajo que, hasta ahora, no tiene tipo de cambio en ningún lugar del mundo.










