El pole dance es una disciplina que no perdona un movimiento en falso. Para una joven que apenas comienza, el miedo a caer puede convertirse en el mayor obstáculo de la clase. María Luisa Solórzano, de 88 años, se acerca para darle un consejo que parece sencillo, pero que ella misma lleva a la práctica cada vez que sube al tubo: “Échale ganas. No tengas miedo; nunca me he caído”.
Su consejo es una ley de vida para ella. Aunque lleva años haciendo acrobacias en el tubo, tuvo que apartarse un tiempo por cuestiones personales y, a su regreso, le costó volver a hacer uno de sus movimientos favoritos: inversión, movimiento para quedar boca abajo.
“Yo misma me digo: ‘Tengo que seguir, no me va a ganar ese tubo. No me rindo’”, menciona en entrevista con Chilango.
Del mambo al pole dance
Doña Mary lleva décadas haciendo ejercicio. Desde los 13 años tomó clases de aeróbics, pilates, baile, high low, ritmos latinos, spinning y hasta jumping. Sin embargo, cuando conoció el pole dance, se enamoró de la disciplina.
“Luego me dicen que soy teibolera. Yo les digo que sí porque me gusta ser teibolera”, expresa.
Desde niña, María Luisa estuvo cerca de la música y el baile. Después de la muerte de su madre, tuvo que trabajar desde pequeña en un café de chinos en Tlalpan. Ahí lavaba trastes y descubrió que podía convertir cualquier momento en una oportunidad para bailar.

En aquella época estaban de moda las sinfonolas y, mientras los clientes elegían sus canciones, ella se ponía a bailar. Uno de sus temas favoritos era “Mambo No. 8”, de Pérez Prado.
“Estaba chiquita, y que el mambo. Y yo, el mambo, el mambo, el mambo, y que el brinco y todo. Me encantaba”.
Después llegó el rock and roll. Mientras trabajaba en una nevería, la música de las rocolas volvió a acompañarla y “El rock de la cárcel” se convirtió en otro motivo para bailar. Su gusto por el movimiento la acompañó durante toda su vida. Por eso, cuando conoció el pole dance, no dudó en probarlo.
“Cuando ya salió la pole, me gustó mucho y dije: ‘Me encanta y lo voy a hacer’”, recuerda.

¿Cuál es el secreto para la eterna juventud?
María Luisa no tiene el secreto de la eterna juventud ni recurre a cremas milagrosas. Señala que todo se basa en una dieta que incluye huesos de res, tuétano, patas y pescuezos de pollo, así como baños de sal y hierbas hervidas.
“Ve la fuerza que tengo en mis manos. Mis huesos no me duelen. ¿Tú crees que si me dolieran los huesos iba yo a treparme?”, pregunta sin tener dudas.
Asegura que una buena alimentación y el ejercicio físico son claves para tener una vida saludable. Por eso, llama a las personas jóvenes a seguir sus pasos y evitar vicios como el alcohol o el tabaco.
“Nunca es tarde para empezar. No le des tiempo a la enfermedad, dale tiempo al ejercicio. Hay gente que ya porque les duele un dedo, ya no hacen nada”, menciona.

Eso sí, su consejo también es llevar una vida independiente. Aunque tiene una prolija familia conformada por 10 hijos, 14 nietos, 11 bisnietos y uno más que viene en camino, ella prefiere llevar una vida solitaria y ser autosuficiente.
“Primero soy yo, después yo, al último yo y siempre yo. Soy muy independiente”, menciona.
A los 88 años, Doña Mary sigue subiendo al tubo, haciendo inversiones y enfrentando cada movimiento como si fuera la primera vez. Quizá por eso, cuando una joven siente miedo de caer, ella no necesita darle una gran lección: basta con acercarse, tenderle la mano y recordarle algo que lleva toda una vida practicando.

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