Los primeros en llegar son apenas dos niños. El esférico rebota sobre el pasto sintético mientras un silbatazo rompe la calma de la mañana.
—¡Uno, dos, tres, cuatro! Levanten los pies, corran y tiren con la izquierda —ordena Jorge Rivero.
Poco a poco, como si el eco del balón los fuera llamando, empiezan a aparecer más chicos. Diez, quince, veinte… La cancha se convierte en un álbum de estampitas futboleras: un Zidane con la camiseta de Francia, un Ronaldinho enfundado en la playera del Barcelona y otro que responde al nombre de Messi, aunque en realidad no se llame así.
—¡Rápido, rápido! ¿Quién sigue?
Algunos llegan descalzos; otros traen tenis desgastados por las retas o por el largo camino que tuvieron que recorrer hasta aquí. Pero cuando les toca patear, nadie se achica.
—No necesito que le peguen fuerte; necesito que le den dirección —insiste su entrenador.
Uno tras otro disparan hacia la portería. Durante hora y media, de 10:30 de la mañana al mediodía, dejan de ser migrantes, refugiados o extranjeros. En la cancha son, simplemente, compañeros de equipo.

En el Pilares Richard Wagner, en la colonia Vallejo, entrena Migrantes FC, la única escuadra infantil de futbol en la CDMX integrada principalmente por hijos de familias en situación de movilidad. Ellos viven en un campamento aledaño al centro comunitario, levantado a orillas de las vías del tren. Ahí, entre casitas improvisadas con lonas, láminas y pedazos de madera que ellos llaman “ranchos”, cientos de personas han convertido un espacio de paso en un lugar para quedarse.
“Tenemos chicos venezolanos, colombianos, peruanos, hondureños; también mexicanos. En algún momento entrenaron con nosotros unos haitianos”, cuenta a Chilango Jorge Rivero, quien desde hace varios años prepara equipos infantiles.
Viste una playera verde con su nombre estampado en el pecho, el número uno en la espalda, gorra blanca y un silbato colgado al cuello. Da instrucciones con firmeza, pero basta verlo interactuar con los niños para entender que aquí también hace de guía, de consejero y, muchas veces, de figura de confianza.
El ejercicio cambia. Ahora los goles no se hacen con los pies, sino con la cabeza. Mientras ensayan remates, dos hombres que pasan junto a la cancha les preguntan de dónde son.
—¿Mexicanos? ¿Españoles? ¿Argentinos?
Las respuestas llegan entre carcajadas.
—¡Somos marroquíes!
—¡Somos ingleses!
El cotorreo dura apenas unos segundos, pero dice mucho de este equipo. Aquí las nacionalidades se mezclan igual que las playeras.
Entre los jugadores está Matías, un venezolano de 13 años de edad que admira al delantero brasileño Neymar Jr. Habla con la misma soltura con la que encuentra espacios entre los defensas. Es de los más conversadores del grupo y también de los más elocuentes: responde sin titubeos y acomoda las ideas con naturalidad.
Salió de Venezuela con buena parte de su familia rumbo a Estados Unidos. Ese era el plan. Pero el endurecimiento de las políticas migratorias en ese país cambió la ruta. Hace año y medio llegaron a la Ciudad de México pensando que sería una escala, pero terminó convirtiéndose en destino. Aquí quieren quedarse, “porque en otros lugares no nos quieren aceptar”. Su historia no es una excepción.

Cuando quedarse fue la opción
La CDMX siempre ha sido una ciudad moldeada por la migración. Primero llegaron personas de otros estados; después comenzaron a sumarse comunidades de distintas partes del mundo. Trabajo, universidades, redes familiares, vida cultural: la capital mexa siempre ha ofrecido suficientes razones para quedarse un rato… o para no volver a irse.
Los flujos irregulares internacionales son otra historia. Durante décadas, la capital fue una parada para miles de personas migrantes que buscaban llegar al norte. Descansaban unos días, conseguían dinero y continuaban el viaje. Hoy, cada vez más familias están haciendo algo distinto: quedarse.
Las políticas migratorias estadounidenses endurecieron el tránsito, cerraron rutas y volvieron más incierto el trayecto. Al mismo tiempo, la Ciudad de México se convirtió en una alternativa para empezar de nuevo. Como sucedió con la familia de Matías, el llamado “sueño americano” empezó a ceder terreno frente a otro proyecto de vida: el “sueño mexicano”. O mejor dicho, el “sueño chilango”.
Las cifras muestran ese cambio. Las Tarjetas de Residencia Temporal expedidas por el Instituto Nacional de Migración (INM) en la capital pasaron de 12,782 en 2019 a cerca de 20,000 en 2024. Las Tarjetas de Visitante por Razones Humanitarias también crecieron de forma acelerada durante esos años: de 1,236 a un pico de 20,326 entre 2019 y 2023.
En lo que respecta al grupo de niños, niñas y adolescentes en situación de movilidad, no existe una cifra oficial que indique cuántos viven actualmente en la ciudad. Lo que sí sabemos es que el INM registró un incremento en el flujo anual de menores de edad, pasando de 299 casos en 2014 a 1,558 en 2023. Luego bajó hasta 497 en 2025.
Ese nuevo fenómeno migratorio se dejó ver en el paisaje urbano. En 2022 comenzaron a aparecer campamentos en distintos puntos de la ciudad: en la Plaza Giordano Bruno (conformado principalmente por haitianos), en la Plaza de la Soledad (donde incluso vivió gente de África occidental) y en los alrededores de la Central de Autobuses del Norte (con fuerte presencia venezolana y centroamericana), junto a las vías del tren en Vallejo. Es aquí donde viven los niños que cada mañana llegan a entrenar con Jorge Rivero.

De acuerdo con el informe Entre la espera forzada y la esperanza: los campamentos de personas migrantes y solicitantes de asilo en la Ciudad de México (2024), la población en este sitio ha fluctuado entre 400 y 1,200 personas, principalmente provenientes de Venezuela, El Salvador, Honduras, Ecuador, Colombia, Perú y Haití.
Juan Carlos González, responsable del Pilares Richard Wagner, indica que actualmente viven en el lugar cerca de 500 personas. El dato, agrega, se los proporcionó el albergue CAFEMIN, una casa para migrantes que queda a unas cuadras del asentamiento.
“¿Qué es lo que hace que aquí haya un campamento? Por la sencilla razón de que son vías de paso [del ferrocarril]. Si bien no pasa la llamada Bestia [el tren de carga que los migrantes usan para viajar hasta la frontera con Estados Unidos], estas vías conectan con aquellas donde sí pasa”, añade González.
Las condiciones del campamento son precarias: casas improvisadas, pocos servicios y una incertidumbre que acompaña todos los días. Para muchos niños, el futbol es el único momento en que esa realidad queda fuera de la cancha. “Es casi toda mi vida porque es con lo único que puedo y me sé divertir”, dice Matías.
El entrenador Rivero lo resume de otra manera: “Aquí se les olvidan todas sus carencias… Terminamos el entrenamiento y se van caminando a sus lugares y vuelven a su realidad. Aunque su realidad sea muy dura, en la cancha se les olvida todo”.

Mucho más que futbol
Cuando concluye el calentamiento, empieza la parte que todos esperaban: las retas.
Los niños se organizan en equipos de cinco. La regla es simple: el primero que meta dos goles se queda en la cancha; el que pierde sale para darle turno al siguiente. Así transcurre la mañana, entre gritos, risas y un Jorge Rivero que no deja de observar cada jugada.
Es en estos partidos donde aparecen los regates, los túneles y los disparos. Elixón, un venezolano de 11 años, es de los más pequeños del grupo, pero encara a rivales mucho más grandes sin pensarlo dos veces. También está Ximena, la única niña del equipo, y además mexicana, que pelea cada balón como si la siguiente jugada definiera una final.
Jorge nunca imaginó que terminaría dirigiendo una plantilla tan diversa. Su carrera de entrenador empezó como muchos padres de familia: acompañando a su hijo a jugar futbol. Era el año 2011. Como las academias para practicar eran muy caras, juntó a todos los niños de la unidad habitacional para formar su primer equipo.
El deseo de dirigir de una forma más profesional lo llevó a estudiar medio año en la Escuela Nacional de Entrenadores Deportivos (ENED), donde se especializó en futbol infantil. Más tarde, en 2024, se integró al Pilares Richard Wagner como promotor deportivo del programa Ponte Pila, la estrategia del gobierno de la ciudad para impulsar el deporte comunitario. Fue ahí donde comenzó a darle forma a Migrantes FC.
La cancha donde hoy juegan no siempre fue así. Hasta hace unos meses estaba deteriorada, sin reja perimetral y convertida en un punto en el que cada mañana aparecían latas de cerveza, envoltorios de droga y jeringas. “Era un picadero”, resume Jorge.
Hoy luce completamente distinta. Fue rehabilitada gracias al programa El Balón Vuelve al Barrio, que rescató más de 300 espacios deportivos, además de donaciones privadas que llegaron cuando Migrantes FC empezó a hacerse notar en torneos comunitarios como el Ollamaliztli.
Desdibujando fronteras en Migrantes FC
“¿Cómo se llama el colombiano que juega con México?… ¡Quiñones! Es el mejor ejemplo de que el futbol sí puede unir, así como nosotros aquí, que hay mexicanos, colombianos, venezolanos, peruanos y hondureños”, dice Jesús, un colombiano de 14 años. Fan de Ronaldo Nazário y de Lamine Yamal, está convencido de que la cancha puede juntar a personas que, fuera de ella, probablemente nunca se habrían conocido.
No es una idea descabellada. La Copa del Mundo de este año volvió a demostrar hasta qué punto el futbol se ha convertido en un deporte de migrantes. De acuerdo con el sitio Mundial 2026: nacidos allá, jugando aquí, cerca de una cuarta parte de los 1,248 jugadores que participaron en el torneo defendieron la camiseta de un país diferente al que los vio nacer, una proporción que prácticamente duplicó la registrada en Catar 2022 (que fue de 12.3%).
La propia Selección Mexicana fue reflejo de esa mezcla de orígenes que caracteriza al futbol actual. En el plantel coincidieron futbolistas como Brian Gutiérrez, nacido en Estados Unidos; Julián Quiñones, colombiano naturalizado mexicano; y Álvaro Fidalgo, originario de España. No por nada varios analistas terminaron llamando a esta edición “el Mundial de los migrantes”.
Jorge sonríe cuando escucha hablar de nacionalidades: “El futbol rompe barreras, rompe fronteras. Estando en la cancha no hay nacionalidad; somos uno mismo”.
Basta ver un entrenamiento de su equipo para entenderlo. Aquí nadie pregunta de dónde vienes antes de darte un pase. Un balón alcanza para romper el hielo, hacer amigos y demostrar que las fronteras pesan mucho menos cuando empieza el partido. Como dijo Lamine Yamal, el joven astro del balompié español e hijo de migrantes: “El futbol, si sirve para algo, es para integrar”.
