Durante las noches, en las colonias Doctores y Obrera de CDMX, se forman largas filas alrededor barberías callejeras donde los cortes, los precios y los horarios son a la medida de la gente del barrio.
“Aquí piden mucho el mohicano y el taper“, explica Anthony, quien corta el cabello en un puesto de lona y varillas en el cruce de Eje Central Lázaro Cárdenas y Dr. Arce, a las afueras del Metro Obrera.

“Cuando empecé aquí, había días en que nada más hacía un corte, pero gracias a Dios hoy en día me llega mucha gente. A veces ya no me da tiempo de atenderlos a todos”, agrega Jonathan, quien trabaja en el cruce de las calles Simón Bolívar y Fernando Ramírez.

Amor al arte
Al igual que para Anthony, originario de Cuba, y Jonathan, de Colombia, la barbería se ha convertido en una pasión para miles de jóvenes en México.
“Cuando era niño, mi mamá me cortaba el cabello con tijera, pero yo soy de pelo afro y la verdad es que me peluqueaba bien feo, bien gacho, como dicen acá”, recuerda. “Entonces, mejor empecé a peluquearme yo mismo y le cogí mucho amor a esto, me empezó a apasionar”, recuerda Jonathan.

Jonathan empezó a aprender el oficio de la barbería a los 12 años de edad. Primero usaba instrumentos improvisados, como un peine al que le agregaba una cuchilla para ajustar el largo de los cortes. Luego, consiguió sus primeras máquinas, aprendió a cortar con tijera y a rasurar.
“Para aprender a rasurar con cuchilla se puede coger un globo, inflarlo y aplicarle jabón. Empiezas a pasar la cuchilla y si el globo explota, quiere decir que ya cortaste al cliente. Si no explota, vas superando la prueba”, explica.

Al igual que Jonathan, Anthony también aprendió el oficio desde la adolescencia en su país natal. “Empecé en el portal de mi casa, con mis amigos, y poco a poco fui mejorando”, relata.
“Allá no se hacen cursos como acá. Allá aprendes viendo videos o con un amigo que te enseña. En mi caso, yo aprendí viendo videos”, agrega.

“El pelo crece todos los días”
Pero además de ser su gran pasión, la barbería permite a jóvenes como Jonathan o Anthony —y a cualquier persona dispuesta a aprender el oficio— obtener ingresos prácticamente cualquier día del año y en cualquier lugar del mundo.
“Todos los días el pelo crece, y todos los días hay una, dos o tres personas que desean acicalarse. Todos los días hay personas que se quieren verse bien para un cumpleaños, para una cita o para una salida. Entonces, este es un arte en el que nunca te va a faltar la papa“, resume Jonathan.

Además, otra ventaja que ofrece la barbería es que es un oficio que se puede aprender de forma autodidacta.
“Yo soy empírico. No tengo escuela, no tengo curso, no tengo un tutor y nadie me enseñó. Todo fue por amor al arte solamente”, presume.
Así, por ejemplo, lo que Anthony aprendió al cortarle el cabello a sus amigos en la puerta de su casa hoy es su fuente de sustento. Tras salir de Cuba, llegó a Nicaragua. Luego pasó por Honduras, Guatemala y Tapachula, Chiapas, antes de cruzar el territorio nacional hasta CDMX.
“Me fui de allá porque la situación está muy mal. Incluso ahorita está peor que cuando me fui. Mi intención era llegar a Estados Unidos, pero no pude y me quedé aquí”, relata.
En México, fue la barbería lo que le permitió salir adelante. Comenzó trabajando como empleado. Sin embargo, eso lo obligaba a dividir sus ingresos. “Trabajaba al 50%. El corte estaba en $120, y por cada uno a mí me tocaban $60”, explica.
Barberías callejeras, un retorno de los ‘peluqueros con paisaje’ en CDMX
Ante esta situación, es el espacio público lo que permite a jóvenes barberos independizarse e iniciar su propio negocio.
Por supuesto, trabajar en la calle no es gratis. Anthony pudo lograrlo gracias al apoyo de la familia que formó en México.
“Mi suegra me ayudó a pagarle a la delegación por el uso del piso y todos los permisos. Aquí ya trabajo para mí y hago un poco más de dinero para mandar a Cuba”, cuenta.
Además, el trabajo en la calle tampoco es del todo cómodo. “A veces sí nos toca sufrir un poco con la lluvia o con el viento”, apunta el barbero.
No obstante, lejos de ser una novedad el trabajo de estos barberos hunde sus raíces en una tradición que se remonta a décadas en CDMX: la de los ‘peluqueros con paisaje’.
Anteriormente, cuando los peluqueros no tenían locales establecidos, se colocaban en la vía pública, elegían un árbol y ponían un clavo para colgar su espejo. Se les llamaba peluqueros ‘con paisaje’ porque, al estar en la calle, podían colocar el banco de sus clientes con vista hacia distintos paisajes.

Las barberías y su importancia en los barrios de CDMX
En barberías como la de Anthony o la de Jonathan, habitantes de las colonias y barrios de CDMX encuentran los cortes más populares. De acuerdo con los barberos, los más solicitados son el mohicano y el taper fade, un desvanecido en las patillas y la nuca que conserva los laterales largos. También se hacen grecas, delineado de ceja y otros servicios.

Los precios suelen ser más accesibles que en locales establecidos. Asimismo, los horarios se ajustan a las dinámicas de los barrios, donde la gente pasa el día trabajando y en ocasiones solo encuentra tiempo libre por los noches.
“Muchos de mis clientes trabajan y cuando salen, les da chance de pasar conmigo”, cuenta Jonathan, quien acostumbra empezar a trabajar alrededor de las 4 o 5 de la tarde. Sin embargo, no tiene un horario establecido para recoger su puesto; se va hasta que termina con su último cliente, y esto puede ocurrir hasta bien entrada la madrugada.
“Hay veces que me voy hasta las 3 de la mañana. En la temporada de diciembre estuve una vez hasta las 5 de la mañana”, recuerda.
De este modo, se establece una dinámica en la que las barberías callejeras se integran en la vida cotidiana de los habitantes de CDMX. Por ejemplo, Jorge acude cada tres semanas a retocarse su corte con Jonathan.
“Yo crecí aquí en la colonia. Un día me di cuenta de que él estaba cortando el pelo, me acerqué a ver cómo chambeaba y me gustó. La verdad es que es muy bueno, muy dedicado y muy perfeccionista. Además nos caímos muy bien, empezamos a platicar, hicimos buena química y desde ahí no he dejado de venir”, comenta Jorge.
“Lo recomiendo al 100%. El problema es que siempre tiene muchísima gente, es impresionante. Entonces, tienes que venir con un poquito de tiempo y suerte”, agrega.

Al respecto, Jonathan concluye afirmando que la clave para hacerse de una clientela fiel no está en la velocidad de los cortes, sino en la atención a los detalles:
“Siempre trato de dar la mejor atención para todas y cada una de las personas que Dios dispone que se sienten en esta silla. Doy lo mejor de mí para dejarlos bien acicalados para su chica o para la ocasión que deseen”.