Tereza es una mujer de 77 años que recibe como balde de agua helada un mandato gubernamental en su país: ahora las personas de 75 en adelante serán enviadas a una colonia apartada de la sociedad que, aunque descrita como un paraíso para el retiro, nadie sabe en realidad cómo es. Su sueño de viajar en avión también se viene abajo, pues su hija, que debe autorizarlo por ley, tampoco se lo permite. Todo este escenario proviene de O último azul (2025).
En esta distopía no importa si la persona de la tercera edad es plenamente autónoma o si tiene lo necesario para continuar una vida sin preocupaciones, sino que el “patrimonio viviente” no estorbe a una sociedad que se mira a sí misma productiva, feliz y libre… sin ancianos.
La más reciente película del director brasileño Gabriel Mascaro, que ya se encuentra en cines, plantea un escenario que nos confronta con el edadismo, pero también que le da la vuelta a la moneda para mirar la vejez como un punto de partida para empezar algo nuevo, no como un recomenzar de la vida.
Mascaro expone que este filme nació, primero, de un sentimiento muy personal que surgió al ver a su abuela resignificarse tras la muerte de su pareja, empezando a pintar a los 80 años; y luego, de investigar filmografía en la que vio pocas cintas con un adulto mayor como protagonista y, encima, que se atrevan a ir más allá de la finitud de la existencia, la nostalgia, el pasado, la juventud que no vuelve más, la enfermedad terminal y la muerte.

“Lo curioso fue que cuando empecé a desear esta película sobre este presente, sobre el descubrimiento de la vida, sobre aprender en esta altura de la vida, el género que habla de todo ello en general es sobre juventud. Así descubrí que tenía una fricción, como un juego ahí contra la tradición de los géneros que no tienen cuerpos mayores que protagonicen sus propios descubrimientos.
“Entonces, empecé a jugar con la distopía, ¿por qué no tener una señora mayor rebelde?; empecé a jugar con el coming-of-age; una aventura de fantasía; estas películas en las que no imaginamos tener este tipo de protagonista”, señala el cineasta en entrevista con Chilango Diario.
Porque lo que te platicamos al inicio sólo es el arranque: Tereza, por supuesto, no se va a conformar con este destino y huirá a La Amazonia para cumplir lo que siempre ha querido, aunque el camino se vuelva desafiante, al igual que asombroso, en tanto se va encontrando a diferentes personas (o seres) en su travesía.

Concentrarse en el cuerpo de la tercera edad
O último azul, ganadora del Gran Premio del Jurado en la 75 Berlinale, es una coproducción entre Brasil, México, Países Bajos y Chile. Entre las contribuciones mexicanas está la del director de fotografía Guillermo Garza, quien ayudó a definir el formato (aspect ratio) y el foco de atención de la lente, que en vez de perderse en la belleza tropical se concentró en la mujer mayor (interpretada por Denise Weinberg) tratando de valorar más el cuerpo que la imagen.
“Fue un ejercicio muy interesante de creación, de text scout, de encontrar locaciones en el contexto amazónico o después deconstruir a partir de video effects elementos que nos podrían conectar con este desplazamiento del mundo.
“Porque no es una película antropológica, naturalista, documental, es una que tiene un elemento fantástico y que, aunque sea cercano a lo que podría ser hoy en día, no es un futuro, no es un pasado, un presente, es un ‘podría ser’ porque no hay ningún elemento tecnológico futurista, es una película muy lo-fi… con un tono de antelación”, afirma Mascaro.

O último azul: nueva distopía de Gabriel Mascaro
Esta no es la primera vez que el realizador juega con el futuro para detenerse reflexivamente en los prejuicios o convenciones sociales, pues en 2019 ya había estrenado Divino amor, donde la religión evangelista toma un papel fundamental en la visión del amor, la fidelidad y el matrimonio.
Al respecto de su regreso a la distopía con O último azul, su cuarto largometraje, Mascaro explica que lo que lo ha llevado a seguir anticipando y no ambientar sus historias en el presente es jugar con el absurdo:
“Me parece una herramienta muy importante para pensar la realidad porque la realidad ya es tan absurda como que tenemos un Trump todos los días hablando lo más absurdo total. Creo que es una herramienta creativa interesante de jugar a partir de otros desplazamientos para hacer algún tipo de sentido hoy en día, porque hay un desafío grande para la contemporaneidad, está cohabitar un mundo con gobernantes y con democracias en ruptura”, indica.