¿Por qué cuidado de las infancias debe ser colectivo?

Por Lorena Gabriela de la Peña del Ángel, Jefa de Unidad de la Dirección de Gestión Comunitaria y Erradicación de las Violencias, CIGU UNAM. Mirar el mundo desde nuestro horizonte de vista nos desprende de ver otro mundo que,…

Por Lorena Gabriela de la Peña del Ángel, Jefa de Unidad de la Dirección de Gestión Comunitaria y Erradicación de las Violencias, CIGU UNAM.

Mirar el mundo desde nuestro horizonte de vista nos desprende de ver otro mundo que, aunque ya vivimos, parecemos olvidar. Nuestra experiencia se coloca desde una altura que nos permite leer y operar la cotidianidad del sistema productivo. El mundo está configurado para coexistir con el fin de producir. Desde esa mirada instrumental y en el marco de los derechos de la infancia; al no producir, las niñas y los niños son sujetos sociales menos valorados. Ser infante en México es una condición de opresión en esta gran matriz. El tamaño de los cuerpos pequeños, su vulnerabilidad y candidez al descubrir el mundo les coloca en una circunstancia que debe ser atendida.

Cuando hablamos de las infancias, entendemos que dependen absolutamente de los procesos de crianza y de la plataforma afectiva, cultural y de recursos que tienen las personas que están a cargo de su cuidado. Esta es una realidad en un país donde tenemos 25 alertas de violencia de género y una cantidad triste de orfandad por feminicidios y desapariciones que con las cifras oficiales apenas dejan ver una parte de lo que no se denuncia. Desde que se tiene registro, 98,980 personas de 0 a 17 años han sido reportadas como desaparecidas, no localizadas o posteriormente localizadas (al 14 de noviembre de 2023). Esas ausencias y encuentros con un marcaje de violencia dejan un panorama caótico para el desarrollo óptimo de las generaciones más jóvenes (REDIM 2023).

La infancia nos proporciona una estructura afectiva, de cómo lidiar con nuestras emociones y de cómo atender y ejercer el poder. Desde nuestra pequeñez experimentamos el mundo de forma relacional. En el México contemporáneo, las infancias son pequeñas, no solo por su lugar significativamente pequeño en lo físico, porque las discriminamos y vivimos centradxs en la adultez. 

Ilustración: Shutterstock
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Mirar a las infancias

En la cadena de vulnerabilidad, es importante mirar a las infancias con una mirada interseccional. Pensemos en las niñas y niños de una forma más compleja, no con esa mirada condescendiente que solo les relaciona con la alegría, el juego y la ilusión.

Esos sueños requieren materia para ser soñados y hay muchas ilusiones que no tienen cabida por las condiciones de precariedad y la forma violenta en cómo despiertan a la sociedad esas humanidades.

Sumando las opresiones, encontramos que las niñas están en una posición aún más vulnerable. En 2021, se atendieron en hospitales de Ciudad de México 580 personas de 1 a 17 años por violencia familiar; el 78.8 % de estos casos correspondían a mujeres (457 en total). Ese año, la Ciudad de México fue la 11a entidad con más casos de niñas, niños y adolescentes atendidas en hospitales por violencia familiar. Las víctimas de violencia familiar de 1 a 17 años en Ciudad de México aumentaron de 290 en 2020 a 580 en 2021.

El individualismo en el que nos encontramos nos genera preocupaciones del ambiente, del futuro, de las responsabilidades y hay cada vez más reservas para decidir traer bebés al mundo. Las niñas y niños son responsabilidad de sus padres y madres, pero es necesario replantear su pertenencia.

Soy madre de mi hijo, pero no soy su dueña. Hay una posesión capitalista de las infancias que les cría para el consumo, la productividad y el éxito individual.

Las infancias pertenecen a toda una sociedad y por ello es importante proveerles de una red de cuidados que soporte su vida y apacigüe la angustia por la dependencia eterna de las infancias a las madres. Esa condena genera odios, depresiones, crisis existenciales de las mujeres para decidir las maternidades. Más allá del perfil de las mujeres, su pensamiento y preparación, la sociedad en la cual existimos tiene esas estructuras patriarcales que asignan y marcan en el deber ser “buenas madres”, una entrega absoluta a esas infancias y un borrado del ser mujer, más allá del rol de cuidado maternal.

Ilustración: Shutterstock
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Las maternidades y paternidades se ejercen, pero como sociedad es importante reflexionar que incluso a quienes deciden no reproducirse, o no tienen a su cargo directo la responsabilidad de la crianza, también debe de importarles qué pasa con las infancias. 

El debate ya existe y ha generado fragmentación social entre quienes buscan espacios libres de infancias y quienes pelean por integrar a las infancias en el mundo cotidiano. Las niñas y los niños distraen, no dejan trabajar, incomodan las dinámicas establecidas. Esas voces cantan, lloran, gritan con un sonido incontenible que provoca miradas de molestia en los cines, oficinas, supermercados, restaurantes. La necesidad de contener los cuerpos de seres en crecimiento para que, desde ya, funcionen de una manera civilizada como el resto, implica imponerles que contengan vivir el cuerpo y nos indica la preocupación de mantener una sociedad de adultxs. No contamos con una conexión social con las dinámicas de la existencia en la infancia. 

Mejorar el mundo para las infancias

Hoy en día, cuando las familias enteras tienen que trabajar para mantener su vida, los lugares de trabajo no deberían ser inhóspitos para las infancias. La idea de la corresponsabilidad de los cuidados debe atravesar todos los espacios de la vida para involucrar a las infancias en los procesos y conocimientos de lo que es la vida cotidiana.

Integrar la mirada de esos ojos y dar las condiciones para que esos cuerpos puedan ser atendidos y suficientes para sus necesidades higiénicas, fisiológicas, de paz, juego y seguridad. Si bien es fundamental establecer los sitios que no son propicios por temas de seguridad, hay que revisar los espacios cotidianos donde de por sí ya están insertas las infancias y no son adecuados para su presencia. 

Desde mi experiencia laboral en la Coordinación para la igualdad de Género, he encontrado la posibilidad de plantear mi maternidad e integrar a mi hijo en mi espacio cuando lo he precisado gracias al ambiente de cuidados de la equipa de la CIGU.

La UNAM es la Universidad de la Nación e históricamente incluye a la niñez en sus investigaciones, museos, deportes y proyectos. Cómo pensar en transformar a la universidad sin pensar en la infancia. Celebro el trabajo en la gestión para el avance de la política institucional que integra diversas propuestas, entre las que se encuentra la instalación de cambiadores de pañales, salas de lactancia y espacios lúdicos para las infancias en la UNAM.

Si bien falta mucho por recorrer, ya se discute el tema y se promueve desde la labor de las Personas Orientadoras Comunitarias y las Comisiones Internas para la Igualdad de Género para que se echen a andar las propuestas de una visión igualitaria para que nuestras infancias sean más reflexivas que obedientes. 

¿Queremos niñas y niños obedientes?, ¿a qué queremos que obedezcan? Revisemos nuestras reglas e invitémosles a cooperar en el sistema familiar en el que se insertan. Desde la obediencia se ejerce solo el apego a las reglas sin una conciencia clara del porqué. Hay cosas que yo obedecí y no quiero que mi hijo replique. Que no obedezca ciertas reglas patriarcales de un sistema al que he dado la vida por cambiar.

Las niñas y los niños son corresponsables del sistema social donde se encuentran, no queremos su tiranía, pero sí que se involucren en la medida de su crecimiento. Que participen activamente en las conversaciones, en las tareas y también en dar argumentos para que sus guías puedan tomar decisiones que les hagan sentido. Cómo pensar en democracia si no la ejercemos en el primer núcleo de la sociedad. Cómo tirar el patriarcado sin cambiar nuestro ejercicio de poder con las niñas y los niños. 

Las infancias nos miran en contrapicada. Nos miran los ombligos con asombro y con miedo. Andemos para que no le teman a lo que les debe proteger.  Quienes les enseñamos a desenvolverse, hablar y sentir somos quienes, desde nuestra altura, les custodiamos cuerpos, mentes y afectos. Si nos miran el ombligo, recordemos el origen infante y vulnerable que ya transitamos. Pongámonos en cuclillas para hacer contacto visual y escuchar sin descalificar sus voces blancas; encontremos el eco de nuestra primera voz en la memoria y seamos parte de un mismo horizonte hacia la igualdad.


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