“Siempre fui femenina, una feminidad natural, sin exagerar ni copiar a nadie”, asegura Antonella Rubens, originaria de Orizaba, pero chilanga desde los tres años. Su familia le decía: “Compórtate como hombre”; pero pensaba: “¿Y cómo se comportan los hombres?”.
A los 15 años empezó a ir a la Zona Rosa, al 2+2, donde tocaban Javier Bátiz, El Tri y Los Dug Dug’s. “Me quedaba afuera escuchando porque no me dejaban entrar y tampoco tenía dinero para pagar”. Después unos agentes la detuvieron y la llevaron a Tlaxcoaque durante 15 días. “Como un secuestro”. La escuela la dio de baja y en su casa le dijeron: “A lo mejor te lo mereces por cómo eres”. Y se fue.
Tras comenzar en el trabajo sexual, entró a actuar en centros nocturnos. La policía la extorsionaba y un día un agente la rapó. Esa noche tenía que modelar y no quería salir así, pero un coreógrafo le dijo: “¿Tú eres cabello nada más? ¿Dónde queda tu personalidad, tu esencia, tu luz?”. Salió rapada al escenario y le fue bien.
Su nombre artístico nació porque le decían que se parecía a Antonella Lualdi; y Rubens por su marido Rubén. Cuando aún no podía hacerse la reasignación, porque era muy cara, su hermana menor, que bailaba folclórico y venía de trabajar en Tokio, sacó un sobre que contenía su pago y se lo dio: “Con eso vas a completar y vas a tener para recuperarte”.

La operación se hizo en 1979 y “ya en el 80 estaba lista”. Después, trabajando en la calle, pensó: “¿Qué hago aquí? Tengo que estar en un escenario”. Entró a un lugar que quedaba por el rumbo de su casa y cuando le preguntaron qué sabía hacer, respondió: “Nada, pero me puedo desnudar”. Debutó con éxito. “Tuve la oportunidad de transformarme como quería. Finalmente no es como nací, sino como yo quería ser”.
Trabajó como vedette junto a mujeres cis y en lugares como Le Petite, El Hido, Cadillac, Folies Vergers, La Ronda y El 77. Se retiró en el 2000, estudió cosmetología y puso una clínica de belleza. Ahora colabora con el Museo de Arte Transfemenino.
“Sigo trabajando en la ANDA como representante sindical ante empresas de doblaje. Hago las nóminas en Excel, a los 60 años aprendí a usar una computadora, son retos que te pone la vida”.
Vivió 26 años con su marido, quien murió hace tres. “Él me quiso a mí, a mi persona, no a la vedette”, recuerda. Ahora piensa constantemente en cómo quiere despedirse. “Le pido a Dios que no me dé muchos años más. Ojalá muera lúcida y bien”. No quiere que la entierren; quiere que la cremen y que la gente vaya vestida de blanco o de colores, y escuchen música de Sarah Brightman, Il Divo, Barbra Streisand y Liza Minnelli, especialmente “Time to Say Goodbye”. Quisiera que su despedida fuera una fiesta, en elMuseo de Arte Transfemenino, de agradecimiento a la vida: “Porque finalmente hice y he hecho lo que yo he querido”.
