Regina Martínez, la mexicana que abrió camino en la nieve

Cuando nadie esperaba una compatriota en esquí de fondo olímpico, apareció Regina, quien debutó por nuestro país en Milano-Cortina

Regina Martínez no creció entre montañas nevadas ni pistas de esquí. Su historia comienza lejos del frío, en un país donde la nieve es una excepción y no costumbre. Y aun así, fue ella quien logró llevar el nombre de México a una disciplina que parecía imposible: el esquí de fondo olímpico.

Convertirse en la primera mujer mexicana en competir en esquí de fondo en unos Juegos Olímpicos de Invierno no fue un golpe de suerte ni un atajo inesperado. Fue una travesía larga, poco convencional y profundamente personal. Regina llegó al esquí de fondo en la adultez, cuando muchos atletas ya tienen años de formación encima. Lo descubrió mientras estudiaba medicina en el extranjero y, desde ese primer contacto con la nieve, entendió que estaba frente a algo más grande que una curiosidad: estaba frente a un reto que la obligaría a reinventarse.

México no tiene pistas de fondo ni temporadas largas de nieve, así que Regina entrenó como pudo. Usó roller skis sobre asfalto, repitió técnicas una y otra vez en condiciones improvisadas y aprendió a convivir con el frío como una constante, no como un obstáculo. Todo esto mientras ejercía como médica de urgencias, alternando turnos demandantes con sesiones de entrenamiento físico y mental. Su preparación fue, ante todo, un ejercicio de disciplina y creatividad.

El día llegó en Milano-Cortina 2026, cuando Regina se paró en la línea de salida de la prueba femenil de 10 kilómetros estilo libre. Cruzar esa línea ya era histórico. Nunca antes una mexicana había competido en esta disciplina olímpica. El cronómetro marcó su tiempo, pero el verdadero logro estaba en lo que representaba su presencia: abrir un camino donde no existía ninguno.

Cuando Regina cruzó la meta, no sólo completó una carrera. Confirmó que el deporte también es una forma de ampliar horizontes culturales, de romper con la idea de que hay disciplinas “ajenas” a ciertos países o cuerpos. Su participación fue celebrada por competidoras de otras naciones. Al cruzar la meta, Regina recibió el abrazo de la brasileña Jaqueline Mourão, una veterana olímpica que entendió de inmediato el peso simbólico de ese momento. Ese gesto, sencillo y poderoso, recordó que más allá del podio, el olimpismo también se construye desde el respeto, la empatía y la inspiración compartida.

La historia de Regina no es la de una medalla, sino la de una posibilidad. La de alguien que decidió intentarlo aun cuando las condiciones no eran ideales, aun cuando el camino parecía cuesta arriba y cubierto de hielo. Su nombre queda como referencia para futuras generaciones de mujeres que quizá hoy no se imaginan en deportes de invierno, pero que mañana pueden verse reflejadas en su recorrido.

Porque a veces, hacer historia no significa llegar primero. Significa atreverse a llegar, sostener el esfuerzo y demostrar que incluso desde lugares donde la nieve no existe, también se puede dejar huella en ella.

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