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Los juegos del hambre: Tiempos extraños (extraño Los Bernardino’s)

El cierre de Los Bernardino’s en CDMX revive el debate sobre identidad, migración y qué entendemos por “taco” en una ciudad que presume diversidad.

Son tiempos extraños los que vivimos. No cabe duda. Por un lado, Estados Unidos amenaza con acabar con países enteros mientras la economía se tambalea, los aeropuertos colapsan, el hombre –y la mujer– regresa a la luna y las compañías de inteligencia artificial experimentan con prototipos que compiten por demostrar quién la tiene más grande. Por el otro, México, Estados Unidos y Canadá –“tan amigos como siempre”– están por recibir la fiesta del mundo (estemos listos o no, eso no importa), al tiempo que el pinche ICE suma esfuerzos para seguir deportando gente por las malas. Tiempos extraños.

El otro día, en mi regreso a casa de todos los días, me llamó la atención un nuevo local que están por abrir en la Condesa. A ciencia cierta no sé de qué va la cosa, pero en el letrero se anuncia el nombre del changarro: “Feria Americana”. Una ironía, pensé, pues el negocio que habitaba el local todavía hace unos meses era nada más y nada menos que Los Bernardino’s, un proyecto que siempre me gustó porque cumplía con un antojo específico –quizás no muy recurrente en el grueso de la población–, pero real; además de la narrativa y los huevos con los que afrontaron el hecho de que, muy probablemente, la gente no los aceptaría. Mucho más en estos tiempos.

Se llamaban Los Bernardino’s en honor a San Bernardino, California, localidad en donde una pareja de migrantes jaliscienses probó suerte vendiendo tacos de tortilla dura (como lo hacía su familia en Jalisco), con los ingredientes que tuvieron a la mano: carne molida, tomate, lechuga y queso cheddar. Así nació el legendario Mitla Café que, a la postre, serviría de inspiración para Taco Bell. Que empiece el hate. En Los Bernardino’s había un menú compacto de hard shell tacos, con tortilla de maíz amarillo frita y horneada. Entre los rellenos estaba el clásico de carne molida, otro más de barbacoa y uno más dulzón que llevaba mermelada de tocino. En la mesa, salsa Tabasco, Cholula o San Luis. Hermoso. Por ahí recuerdo unas papas bien monchosas y un refri con refrescos, no más. Además, algo de merch y, lo más cagado de todo, harta parafernalia de Kemonito.

Un lugar chiquito, con onda de sobra, donde cabían no más de 12 personas que, para mi gusto, le venía bien a la ciudad. Obviamente, no tardó en llegar el primer graffiti en la puerta: “Putos Gringos” y un sinfín de comentarios xenofóbicos y reseñas negativas. Entiendo que la gente piense que un hard shell taco no sea un taco “de estilo chilango”, pero es un taco por donde se le vea. Me parece muy loco que en una ciudad donde lo que sobran son tacos, no exista lugar para una —UNA— propuesta diferente, sabrosa, divertida… Cuando la mente se cierra, se cierra también el alma. Acercarte a un hard shell taco pensando que va a saber igual que un campechano de suadero es el primer error. El segundo es pagar odio con odio. Sobre todo, cuando el dueño del lugar, adivinaron bien, es mexicano.

Los Bernardino’s prometen regresar. De corazón, espero que así sea. Porque a veces el antojo es uno y hay que obedecerlo. Si esta ciudad realmente es lo que dice ser en términos de cocina, debe haber—necesariamente— lugar para todos. ¿O ya se nos olvidaron las filas que se hacían sobre Reforma cuando llegó Shake Shack?

Son tiempos extraños los que vivimos.


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