Hubo una época en mi vida —los años universitarios— que transcurrió mayoritariamente al sur de la ciudad. Allá por Tlalpan, Huipulco y Xochimilco. Nueve semestres fueron suficientes para peinarme aquella zona, rica en pulquerías, ollas tamaleras, bares rascuachos y trajineras.
Se sabe que la alimentación de un estudiante está limitada a lo que permite la situación familiar. En mi caso, como el de la mayoría de mis compas, el presupuesto no era muy abundante, así que había que ser suficientemente estratégico para poder optimizar el recurso entre no morirse de hambre —tacos de canasta, pambazos, huaraches en esteroides—, sin poner en riesgo la indispensable y compartida necesidad de emborracharnos. Allá en el sur profundo, las posibilidades eran ilimitadas.
La mayoría de las veces nos beneficiábamos de comer y beber en las fondas aledañas al campus, en donde una buena dosis de tacos de bistec con papas y unas seis o siete cervecitas apenas rebasaban los 100 pesos, algo impensable en estos tiempos. Pero otras veces, cuando el tiempo muerto entre clases lo permitía, emprendíamos el viaje a la vecina colonia de Santa Úrsula, en los alrededores del Estadio Azteca.
Cuna del americanismo, Santa Úrsula es también una de las reconocidas tierras sagradas del micheladismo. El cuadrante cero —la meca— solían ser las “Aztecas” o Azteconas, como era conocida una tienda de abarrotes en la calle de Santo Tomás, en los linderos del estadio. Lo que hacía diferente a esta miscelánea era que su dueño, a petición de los honorables clientes, armaba micheladas de a litro en vasos de unicel, utilizando caguamas heladas y una sazón precisa a base de fuertes dosis de salsas negras y Valentina.
El señor se agachaba para prepararlas tras el mostrador, intensificando el efecto de clandestinidad y evidenciando la total ausencia de un permiso para vender alcohol. Las Aztecas —antecedentes directos de gomichelas, licuachelas y demás— eran para el paladar juvenil mejor que cualquier bebida, coctel o menjurje que se pudiera encontrar al sol del mediodía.
De las Aztecas se desprendieron diversos ejemplares de a litro. A unas cuadras, otra tienda de abarrotes vendía las afamadas Bombas: micheladas de cuatro sabores distintos, compuestas por un 60% de caguama cargada de salsas y un 40% de Viña Real —durazno, mora azul, piña colada o ponche de frutas— balazos de a litro que fulminaban a la tercera.
A sólo unos minutos de las Bombas, en la esquina de avenida Santa Úrsula y San Valentín, quedaba Michoacaníssimo: un restaurante especializado en birria de chivo desde hace más de 70 años. ¿De tomar? Cerveza de barril. ¿De escuchar? Joan Sebastian, el Buki, Jenni Rivera y Juan Gabriel. Colindando con Huipulco, las tortas del Monje Loco, de las pocas tortas frías chingonas que quedan en nuestra ciudad, cargadas de generosas raciones de aguacate y quesillo. De noche, los tacos de suadero de Las Muñecas, en la calle de Toltecas, atendidos por pura dama cariñosa de brazo poderoso despachando suadero de olla en tortilla de maíz o tortillotas de harina.
Santa Úrsula, como toda colonia popular, tiene joyitas si le sabes buscar. Podría haber una mejor oferta para la Copa del Mundo, pero me quedo tranquilo con que, si lo que se necesita es una michelada y un buen taquito, el barrio entregará.