Llegó sin avisar en octubre de 2018. Mi cuñada lo encontró atropellado en la carretera que baja del Ajusco. Debajo de sus rastas y de su evidente malnutrición, se escondía una guapura total: Marcelo era un perro callejero de ojos miel que heredó de algún bernés de la montaña los colores negro, blanco y café que cargaba con mucho porte en su esponjosa cabellera. Adriana y yo, con poco más de un año de casados, le dimos asilo temporal. Jamás lo dejamos ir.
Antes que ubicarlo en el cliché de “mi mejor amigo” o un hijo, para mí Marcelo fue siempre un maestro. Llegó a mi vida en un momento de inmadurez que me exigía poner los pies en la tierra. Marcelo fue el gran compañero de Adriana durante mis ausencias causadas por largos viajes en nuestros primeros años en la Roma. La dependencia que genera una mascota que come, pasea, duerme y se divierte gracias a uno, me fue preparando para la fase más retadora y determinante de mi vida: la paternidad. Sin la enseñanza de Marcelo, mis primeros años como padre hubieran sido, seguramente, caóticos. Marcelo fue quien me dio las cachetadas necesarias para entender que mi vida ya no era como la de hace 10 años.
En la pandemia, Marcelo me salvó la vida. Todos los días, entre las siete y las nueve de la noche, el parque Río de Janeiro era nuestro territorio. Durante los días de encierro, el poco tiempo que pasé al aire libre lo pasé con y gracias a él. Mis mejores recuerdos siempre serán viéndolo galopar entre vereda y vereda solo para terminar exhausto revolcándose en el agua de la fuente. Siempre al pendiente de todo lo que pasaba a las faldas del David. Por guapo y cariñoso, Marcelo se hizo de sus fans en la colonia y me regaló algunos amigos que aún conservo, como Nana y Toshi, quienes paseaban con la pequeña Mirin más o menos a la misma hora que yo.
Revisando fotos, tengo cualquier cantidad de recuerdos comiendo juntos. Le encantaban los tacos de cabeza de Lolita. No le gustaba la tortilla de maíz, pero le servía de plato. Los de lengua con sesos eran su perdición. Los devoraba. En las carnitas de El Azul le regalaban costillas y se volvía loco. Le fascinaba el pollo rostizado y los de suadero en trozo. También me acompañaba a beber. Íbamos al Tacobar por salmoncitos con la promesa de un taquito de guisado de regreso a casa. Tengo videos suyos exigiendo noodles en Choza y comiendo conchas de Rosetta. No era un sibarita, era un glotón de los buenos. En los asados en casa de mis papás, le tocaba de todo: chorizos, cortes de carne, huesos grandes. Siempre vomitaba de tanta grasa. Y siempre lo volvía a hacer.
Con la llegada de mis hijas se volvió más gruñón, más protector. Desarrolló la sabiduría y el carácter de un abuelo. A Marcelo le diagnosticaron cáncer en los primeros días de este año y murió a finales de enero, rompiéndome el corazón y dejando un hueco imposible de llenar en mi familia. Siendo yo tan inexperto en todo, Marcelo me enseñó del amor y también del dolor. Sabía bien del miedo que me da el sufrimiento y cómo lo evito a toda costa. Que nunca voy a estar listo. Y vaya que me dio una lección. Mi Marcelo fue un maestro hasta el último de sus días.