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Los juegos del hambre: Compras Bazar Sur

Antes de la firma del Tratado de Libre Comercio, la oferta de golosinas era meramente nacional. Pero no en Compras Bazar Sur.

La palabra “tianguis” (del náhuatl tianquiztli: mercado) es sinónimo de compritas callejeras y muy buena comida. Puede significar la compra de la semana, ir por algún antojito en particular o, simplemente, ir a ver qué se nos pega entre cuadros y revistas, camisetas, discos y jeans. Conforme habitamos distintos espacios de la ciudad, nos van acomodando distintos tianguis. Para mí, durante un tiempo fue el de los jueves en la colonia Nochebuena. Después el de los domingos sobre Obrero Mundial. Y hoy voy por mixiotes al de los viernes sobre Ometusco. Pero el primer concepto de tianguis que tengo en la memoria fue un lugar que llevaba por nombre Compras Bazar Sur. 

Pintado de lámina amarilla y con grandes letras en verde, Compras Bazar Sur era un gran mercado itinerante que abría sus puertas en fin de semana. Como concepto, nació como respuesta informal a los primeros centros comerciales —Plaza Universidad, Plaza Satélite— que aparecieron en la década de los 70. De hecho, su antecedente inmediato fue un mercado de nombre Peritrece, por ubicarse sobre la lateral del Periférico, entre Perisur y el Canal 13 (hoy TV Azteca). Al poco tiempo, se movió un poco más al sur, hacia Tepepan, que a la postre se convertiría en un lote de compraventa de autos usados. El éxito de Compras Bazar Sur derivó en el nacimiento del icónico bazar de Pericoapa, sobre Miramontes, en contraposición a Galerías Coapa.

Ir a Compras Bazar Sur —el tianguis, como le decían mis papás— era un planazo de fin de semana. Lo que se encontraba ahí era más barato por dos razones: o era pirata o importado de contrabando. En sus puestos —señalizados por un número y la letra del pasillo en donde se encontraban— había ropa de marca, antigüedades, artículos de piel, productos de belleza, tenis de básquet (que no había en ninguna otra tienda en México), juguetes, piercings, Trapper Keepers, relojes, cuadros de imágenes en 3D y un larguísimo etcétera. Pero lo más notable para un niño como yo eran los dulces. Antes de la firma del Tratado de Libre Comercio, la oferta de golosinas era meramente nacional. Pero no en Compras Bazar Sur. En ese pedazo de terracería sobre Periférico, los chilangos conocimos el Squeeze Pop, a chocolates como Butterfinger, Baby Ruth, Three Musketeers, a las paletas de dedo pulgar, a los chicles en forma de espinaca de Popeye, los de huella de Garfield, los rollos de Bubble Tape, el Fun Dip, los Warheads y los primeros Jolly Rancher. Hoy los vemos por todas partes, pero hubo un tiempo en el que no. Así de old

Pocas veces comíamos ahí, pero nunca dejaba de sorprender la gran oferta: más que antojitos mexicanos, eran monchis en esteroides: banderillas pimpeadas, manzanas acarameladas, pizzas de provolone barato, raspados con jarabes de mil colores, papas de carrito, nueces garapiñadas al momento (muy cabronas) y un sinfín de cosas fritas en aceite requemado. Nostalgia pura.

Escribiendo estas líneas me enteré de que hoy existe, en el mismo predio de Tepepan, un algo llamado Bazar Pericoapa Sur y Tianguis del Automóvil. No sé si siga siendo un planazo, pero demuestra ser un concepto que prevalece. ¿Quién para?


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