Convite: La ciudad que se devora a sí misma

La CDMX es una ciudad que muere y se reconstruye de forma permanente. Ya lo hizo para los Juegos Olímpicos del 68, para los Mundiales del 70 y el 86.

Dentro de la enorme cantidad de mitos que la humanidad se ha contado a sí misma existe el uróboros, la serpiente que se devora a sí misma, que se muerde la cola y renace de manera infinita. Esta imagen de eternidad en movimiento, de un ciclo en el que el fin y el inicio son exactamente la misma cosa no deja de ser fascinante con el paso del tiempo y, si nos permitimos un momento fuera de nuestra habitual disociación y permanente dispersión, es estremecedora. La serpiente avanza y regresa al mismo tiempo, una negociación infinita consigo misma y con su aparente e inevitable destino.

El mito fundacional de nuestra ciudad lo conocemos: un águila devorando una serpiente sobre un nopal: violencia sagrada, transformación pura y la idea de un pueblo nómada que finalmente encontró su espacio en el mundo. Se convierte en lago drenado, en pirámide sepultada bajo catedral, en traza colonial sobre cosmología mexica. Una mezcla inigualable, inexplicable e inabarcable.

La Ciudad de México no se construyó una sola vez. Se ha reconstruido sobre sus propios restos cada vez que el mundo la ha mirado, y cada reconstrucción ha borrado algo para hacer espacio a lo que viene.

Y el mundo vuelve a mirarla.

El Mundial 2026 no es el primero ni será el último. En 1968, Enriqueta Basilio fascinó al mundo al convertirse en la primera mujer en encender el pebetero olímpico.

En 1970, se transmitió el futbol a color por primera vez en la historia. Aquí se coronó Pelé, con una selección y un futbol que desafiaba el orden y privilegiaba la irreverencia. Aquí, en 1986, Maradona protagonizó el mito futbolístico fundacional: la mano de Dios y el gol del siglo en el mismo partido, el mismo hombre, el mismo estadio. El jugador que desafía al poder con picardía. El antihéroe que gana porque entiende las reglas mejor que quienes las imponen. El suelo mexicano fue protagonista activo, no únicamente espectador. Esta es tierra mágica.

Un año más tarde, el Azteca recibiría el Mundial Femenil de 1971 ante más de cien mil personas. Caímos en la final contra Dinamarca. Sin embargo, la historia recordaría 55 años después a sus pioneras, que han sabido reconstruirse después del olvido y el aislamiento.

Ahora renace otra vez. Obras, caos, promesas de legado, posicionamiento geopolítico. La pregunta que quizás se formula poco es la de siempre: ¿renace para quién?, ¿con qué intención? El uróboros no distingue —devora todo por igual. La pregunta es quién decide qué queda cuando termina la digestión.

La CDMX es una ciudad que muere y se reconstruye de forma permanente. Ya lo hizo para los Juegos Olímpicos del 68, para los Mundiales del 70 y el 86. Cada vez, la serpiente se muerde. Cada vez, algo nuevo emerge. Cada vez, algo antiguo desaparece para siempre.

Lo fascinante del uróboros no es el ciclo en sí. Es que dentro del fin ya viene la reconstrucción. Que lo eterno no es la ciudad —es el acto mismo de devorarla y rehacerla.

2026 ya empezó. La serpiente ya abrió la boca.

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