ACERCA DE NOSOTROS

Te decimos qué hacer en la Ciudad de México: comida, antros, bares, música, cine, cartelera teatral y todas las noticias importantes

©2026 Derechos Reservados
Chilango es una marca registrado de Capital Digital.

El amor también se aprende: sobre el afecto y la Educación Integral en Sexualidad

¿Cómo enseñarles sobre amor y sexualidad a las infancias y adolescentes? Aquí una especialista nos da pistas.

Por Hannah Karime Lara Rocha, colaboradora de la CIGU

Existe una creencia extendida que dicta que el amor es algo que simplemente ocurre: una fuerza instintiva, casi mágica, que no necesita guía ni aprendizaje. Pero desde la Educación Integral en Sexualidad (EIS) la mirada es otra. El amor no aparece de la nada ni se vive en el vacío; se construye, se imita, se aprende y se practica. Por eso, hablar de afectos no es un tema accesorio, sino el lugar desde donde se gesta la autonomía se reconoce a lxs otrxs y se previenen las violencias.

El mito del instinto y la realidad del aprendizaje

Con frecuencia, la Educación Integral en Sexualidad (EIS) se reduce a información sobre infecciones o prevención de embarazos, como si sólo tuviera sentido cuando el cuerpo madura biológicamente. Esta mirada limitada deja fuera algo fundamental: la sexualidad es mucho más que genitalidad. Es parte integral del ser humano, está presente cuando una infancia reconoce su cuerpo, cuando aprende a poner límites, cuida su cuerpo y respeta el de lxs otrxs, cuando intenta dar sentido a lo que siente y a lo que le hacen sentir.

Cobra sentido en el momento en que una niña dice esto no me gusta, o cuando una adolescencia logra identificar que el control no es cuidado y no está exagerando, está ejerciendo su derecho a una educación afectiva, porque vincularse no es una habilidad innata. Como señala la literatura pedagógica contemporánea, el respeto por la alteridad y el autocuidado son procesos que requieren acompañamiento, palabras y tiempo (Morgade, 2011). Nadie nace sabiendo amar, a vincularse sanamente, y mucho menos sabiendo poner límites.

Imagen: Shutterstock

Lo afectivo también es político

Lo que infancias y adolescencias aprenden sobre el amor y el placer no se queda en el ámbito privado; marca su forma de verse a sí mismas, de relacionarse con sus pares, lo que creen que merecen y lo que están dispuestas a tolerar. Por eso, hablar de afectos es una cuestión de derechos humanos y de salud pública, en consecuencia, una obligación de todas las personas adultas, en menor o mayor media, dependiendo del rol que ocupemos en la vida de personas adolescentes. Una EIS que incorpora lo afectivo de manera transversal permite:

  • Desmitificar el dolor: reconocer que el amor no debería implicar sacrificio constante ni anulación. El amor no debería doler.
  • Habitar el consentimiento: entenderlo como una práctica cotidiana que se ejerce desde la niñez, no solo en encuentros sexuales. Cuidarme y cuidar a otrxs.
  • Cuestionar mandatos de género: Desarticular las jerarquías que enseñan a unos a dominar y a otras a cuidar sin medida. Mirar a otrxs como equivalentes en dignidad.

Lejos de sexualizar, la Educación Integral en Sexualidad (EIS)  protege. Ofrecer lenguaje emocional y marcos de comprensión ayuda a que las personas jóvenes identifiquen a tiempo el chantaje, la manipulación o la desigualdad. Así, el aguantar deja de presentarse como una prueba de amor para convertirse en una vulneración detectable (Faur, 2014).

Acompañar como responsabilidad colectiva

Enseñar a amar es, en el fondo, enseñar a respetar. Durante mucho tiempo, el amor ha sido usado como excusa para el control, la culpa o la renuncia personal, a veces incluso, el placer a costa del dolor del otrx. La Educación Integral en Sexualidad (EIS)  propone recuperar los vínculos como espacios de cuidado mutuo, libertad y dignidad.

No podemos exigir relaciones sanas si no validamos las emociones, si no nombramos lo que duele y si no acompañamos los procesos afectivos de las nuevas generaciones de manera situada y respetuosa (UNESCO, 2018). Si nadie nace sabiendo amar, entonces acompañar ese aprendizaje —desde el respeto, el amor, la diversidad y el consentimiento— es una responsabilidad colectiva y necesaria.

La pregunta, entonces, no es si la Educación Integral en Sexualidad debería hablar de afectos, sino qué estamos enseñando —con nuestras palabras, silencios y prácticas— cuando decidimos no hacerlo. Cada vez que minimizamos un límite, romantizamos el control o llamamos amor a lo que duele, también educamos. Acompañar el aprendizaje del afecto no es opcional, es una forma concreta de cuidado.

Si el amor también se aprende, la pregunta es sencilla: ¿qué estamos enseñando hoy sobre el afecto, los límites y el cuidado a las infancias y adolescencias que nos rodean? Y, sobre todo, ¿desde dónde lo estamos enseñando: desde el miedo, el silencio o el acompañamiento?


Lo más leído