Para bien o para mal, el Metro de la CDMX ha marcado la vida de Patricia Martínez Rentería, fundadora del colectivo de vagoneras Leonas en Manada. Entre empujones, miradas incómodas y operativos, aprendió a ganarse la vida vendiendo en el “monstruo naranja”… y, a veces, a defenderla a zarpazos.
Lo que empezó como una necesidad se convirtió en una lucha. Hoy, al frente de Leonas en Manada, busca dignificar el trabajo de las vagoneras: mujeres que todos ven, pero cuyo trabajo pocas veces se reconoce.
El movimiento impulsa que las mujeres que venden dentro del Metro sean reconocidas como trabajadoras no asalariadas, con permisos y condiciones dignas. También propone integrarlas de forma regulada al sistema, para que dejen de ser criminalizadas.
Sobrevivir al Metro CDMX
El “monstruo naranja” le ha mostrado los colmillos a Patricia… como lo hace con millones de usuarios que transitan por sus instalaciones.
Uno de los momentos más duros que vivió ocurrió cuando el menor de sus hijos sufrió una fractura de cráneo tras caer de una azotea. Sin dinero para pagar un estudio médico, salió a “vagonear” para reunir lo necesario. Pero recibió un golpe durísimo: policías la detuvieron por vender sin permiso.
“Llorando les pedí que me dejaran trabajar porque mi hijo estaba internado. Me contestaron que no, ‘que yo sabía a lo que iba’. Son cosas muy fuertes; no se tocan el corazón”, comenta en entrevista con Chilango.
La primera vez que entró a “la boca del lobo” también fue por necesidad. Tenía 16 años, estaba embarazada y ya cargaba a su primer hijo en brazos. Venía de una relación violenta y buscaba trabajo, pero nadie quiso contratarla. En medio de ese torbellino, alguien le echó la mano para entrar como vagonera.
Su ruta era la Línea 2. Subía al vagón y pregonaba un discurso para lograr una venta, pese a la incomodidad de hablar frente a decenas de miradas que la juzgaban.
“Cuando me subí sentía que todos me miraban, que se burlaban de mí”, cuenta ahora entre risas.
Para colmo, ese primer día tomó el trayecto equivocado y, como represalia, comerciantes de otro grupo le robaron la mercancía. Logró recuperarla tras explicar el malentendido, pero ahí el Metro le mostró las garras por primera vez.
Patricia asegura que para sobrevivir al Metro de la CDMX no basta ser equilibrista ante un frenón o tener verbo para vender los chunches. También hace falta hambre, como la que ella tenía para sacar adelante a sus hijos.
“No es para todo el mundo. Hay personas que han llegado y no aguantan porque es un ambiente donde tienes que ser muy fuerte”, señala.

¿Cómo inició Leonas en Manada?
Patricia no solo aprendió a esquivar los golpes del Metro; también supo cómo responder y soltar el zarpazo. Así encontró una forma de “calmar a la fiera”: a través de Leonas en Manada, un colectivo que busca dignificar el trabajo de las vagoneras.
La idea surgió de manera indirecta, al calor de la lucha feminista. Algunas colectivas comenzaron a apropiarse de espacios dentro del Metro como forma de protesta económica. Inspiradas por ese ejemplo, unas 50 vagoneras —entre ellas Patricia— decidieron hacer lo mismo.
Para evitar conflictos, policías empezaron a registrar a los grupos y les pidieron un nombre. Hasta entonces, las vagoneras no tenían uno. Ahí nacieron las propuestas: “Leonas” y “Manada”, en alusión a que eran madres trabajadoras que se cuidan entre sí.
Al inicio, algunas activistas rechazaron a las vagoneras, al considerar que se aprovechaban de la lucha feminista para vender. Sin embargo, entre dimes y rugidos, ambas causas encontraron puntos en común.
“Después empezamos a acuerpar a diferentes colectivos, a aprender las palabras que usan y a entender sus significados y sus porqués”, menciona la activista.
Actualmente, Leonas en Manada está compuesta por 30 mujeres. Aunque la colectiva llegó a tener hasta 150 integrantes, la criminalización del trabajo informal y otras circunstancias han provocado la reducción en el número de integrantes.

El sueño de Patricia: frenar la criminalización en el Metro CDMX
Desde su creación en 2021, Leonas en Manada ha dado pasos importantes para cumplir su objetivo: reivindicar el comercio informal y frenar su criminalización. En ese tiempo, han apoyado a sus integrantes con atención psicológica, asesoría legal y talleres para fortalecer sus habilidades.
Pero la lucha no se queda en los vagones. También ha llegado a los juzgados, donde buscan que las vagoneras sean reconocidas como trabajadoras no asalariadas y puedan obtener permisos para laborar en el espacio público sin ser detenidas.
“Hay ocasiones en que le caes mal al juez porque no te dejas y te defiendes. Entonces te dice: ‘Ya no voy a alegar contigo, te vas al Toro sin derecho a nada o vas a pagar tu multa’. Eso no debería pagarse con tu credencial de no asalariado”, explica.
Patricia también ha propuesto al Gobierno de la Ciudad de México un plan piloto para convertir a las vagoneras en módulos de información dentro del Metro. La idea es que orienten a usuarios y turistas, lleven un botiquín básico y productos menstruales, y porten gafete y uniforme. La propuesta incluso contempla el pago de impuestos y evitar trabajar en horas pico.
“Lo único que me han contestado es que está muy padre, pero hasta ahí ha quedado”, lamenta.
Aunque la Revolución “le ha hecho justicia” con un puesto fijo en la estación Jamaica, Patricia sigue rugiendo con su activismo para que el trabajo de las vagoneras sea reconocido. Solo pide una oportunidad.
“Somos personas trabajadoras, no somos mujeres que estemos haciendo algo indebido”, sentencia.
El 2 de octubre, un juez federal reconoció por primera vez que las vagoneras forman parte de una población vulnerable y enfrentan discriminación estructural. El fallo ordena al Metro de la CDMX y a la Secretaría del Trabajo emitir nuevas resoluciones; sin embargo, ambas dependencias ya apelaron la decisión.
