Hace 40 años, cuando Santiago Arau era un niño de seis, vivió el Mundial de México 1986 con la inocencia de quien no conoce los entresijos de los organismos de futbol. No tenía ni la más pálida idea de que su destino estaba en la fotografía, menos de que sería un paisajista que enseñaría a apreciar el mundo desde arriba a través de su ojo de artista y de los potentes drones de los que echa mano.
Nacido en una familia no futbolera con algo de raíces alemanas, Arau tiene fresco en la memoria aquel partido en el que Alemania Federal le encajó una de las derrotas más dolorosas a la Selección Nacional de México de futbol varonil: ese 4-1 en tiros de penalti que le arrancó algunas lágrimas y en el que nació la famosa “maldición de los penales”; tampoco ha olvidado el triunfo de México sobre Bulgaria, cuando Manuel Negrete anotó el gol más bonito de la historia de los Mundiales.

Arau, uno de los fotógrafos contemporáneos más importantes de México, se recuerda con la cara pintada y cantando acompañado de su familia, durante el segundo Mundial del cual fue sede nuestro país, cuando todo era gozo y felicidad. Futbolero desde los tres años de edad, vivió la fiebre mundialista coleccionando banderitas de los países participantes. Acucioso, revisaba la información estadística en el reverso de las estampas que tantos suspiros han provocado en los niños mexicanos.

La Copa del Mundo 2026, durante la cual nuestro país ―que es coanfitrión con Estados Unidos y Canadá― será sede de 13 partidos, es para Santiago Arau un parteaguas en su carrera como fotógrafo, mismo que comenzó cuando fue invitado a documentar a través de su lente la remodelación del estadio.
Ese trabajo lo motivó a fotografiar otros inmuebles donde se juega futbol profesional en la Ciudad de México. Luego, la curiosidad lo sumergió en colonias, barrios, zonas urbanas y rurales más allá de la capital, donde nunca imaginó que existieran tantas canchas y personas siendo felices pateando un balón. El futbol chilango visto desde el cielo.

El Mundial 2026 terminará el 19 de julio de este año, pero la fiesta futbolera no acabará ahí. Se extenderá en un atlas de canchas de futbol, un fantástico libro de alrededor de 400 páginas que se va a imprimir en diciembre de este año, en el que Arau compila un archivo fotográfico con una parte de los cientos de imágenes que ha capturado por todo el país, pero principalmente de la CDMX y el Estado de México, donde encontró canchas en lugares insospechados, como en los cráteres de los volcanes Teoca y San Miguel, en las chinampas de Xochimilco, en el Bordo de Xochiaca, en callejones, azoteas, tianguis, unidades habitacionales, llanos, cañadas, en la montaña, en espacios públicos y privados, sin olvidar la gigantesca cancha en la que se convirtió el Zócalo capitalino en marzo, lo que refrenda la presencia tan fuerte que tiene el futbol entre los mexicanos.

“Podría decir que este, hasta ahorita, va a ser mi mejor trabajo. Acuérdate de que los drones tienen muy poquito de existir, tienen 10 años. He controlado un poco más la técnica fotográfica. Al principio foto que subía, foto que todo el mundo decía: ‘¡Wow, qué bonita!’. Ahora, con tanta imagen que hay es más difícil, pero eso mismo me ha llevado a ser un poquito más cuidadoso también con las narrativas”, reconoce en entrevista con motivo de sus instantáneas pamboleras.
“A lo mejor es una evolución, a lo mejor es porque ahora estoy muy metido, pero siento que también tengo cierto conocimiento, bagaje y experiencias que hacen que este tercer o cuarto proyecto sea tal vez de los más poderosos”, asegura Arau.

Santiago Arau demuestra que el futbol llanero es fotogénico
La relación de Santiago Arau con el futbol nació desde el mismo día que recuerda haber tenido cerca una pelota. Ese amor incondicional creció en Pumitas, programa infantil de la UNAM donde su papá era maestro, en la Facultad de Ingeniería. Su idilio con el futbol se hizo más fuerte en el Colegio Madrid, luego en el Centro Asturiano de México. En un campo aprendió a gambetear los pesares de la adolescencia. Su mundo era tan redondo como un balón.
“El futbol, y el deporte en general, tiene la cualidad de ayudar a olvidar los problemas que uno tiene en el día a día. Cuando jugaba o iba al estadio esos problemas desaparecían. ¿Por qué a tantas personas les gusta? Porque entras en una realidad alterna en la que nada importa, en donde nada más estás disfrutando”, advierte el fotógrafo.

“Era un espacio que me gustaba. Pocos saben que cuando tenía 17 o 18 años fui parte de La Rebel de los Pumas, le voy a los Pumas. Mi carrera como fotógrafo inicia pensando en que en algún momento quiero ir al Mundial o quiero hacer cosas relacionadas con el deporte. Trabajé en el programa Los protagonistas y encontré en la fotografía un espacio para poder ir a un Mundial”, recuerda.
Como muchas personas, Arau también se ha desencantado del futbol. No de la esencia que prevalece en esos lugares donde todo puede servir como cancha y cualquier cosa que ruede puede ser un balón. Tampoco de ese deporte con el que ha vuelto a conectar en estos dos años por la fascinación que le provocó encontrar canchas por doquier, sino de ese producto comercial con el que se lucra sin pudor.

“La verdad es que perdí ese interés y ahora voy a ir a un Mundial como fotógrafo, pero tal vez con un poco de desencanto. Mi vida adulta empezó con un poco de desencanto por el futbol, después de ser un apasionado que jugaba todos los días. El futbol se está volviendo más comercial y ahorita ya es el exceso total”.
Por eso, lo que Arau quiere dejar como legado con su nuevo proyecto es una obra en la que este deporte destaque como una herramienta de la sociedad que está al alcance de todos. Cuenta que después de que tomó las primeras fotografías de la remodelación del Coloso de Santa Úrsula, le nació ir a Ciudad Nezahualcóyotl, donde aún queda el recuerdo del Estadio Neza 86, que fue mundialista.

De ahí se movió hacia Iztapalapa y de a poco descubrió que las canchas son los lugares perfectos para volar un dron. El futbol llanero es muy fotogénico, asegura.
“El reto más bien es llegar a las canchas. Me encanta porque es muy fácil: no hay cables, no hay coches, no hay nada (…) Es conocer México a partir de un pretexto distinto que es el futbol. Reviso mi stock [de fotografías viejas] y veo que ahí hay una cancha, a lo lejos. Estoy regresando a lugares que ya había ido, pero en lugar de poner en el centro a la iglesia, al zócalo o al monumento estoy volteando hacia la cancha de futbol”.

En este recorrido por canchas de todo tipo, desde la del estadio más emblemático hasta la que está mal trazada sobre la tierra, Santiago Arau reflexiona sobre estos espacios públicos que se encuentran en zonas urbanas o rurales de la Ciudad de México y más allá, donde ocurren fenómenos sociales importantísimos.
“Desde el juego de pelota, casi todos los pueblos de México, casi todas las colonias, tenían una cancha de futbol y ahí está la importancia. No te tiene que gustar el futbol para usarla. Ahí pasa todo. Vayamos hacia arriba. En el Estadio Azteca fue el concierto de Michael Jackson, vino el papa, se presentaron campañas presidenciales y fue la final del Mundial (en México 70 y México 86)”.
“Si nos vamos hacia hacia algo más normal, hacia un barrio, ahí (en la cancha de futbol) es la misa, el funeral, los 15 años, ahí está la banda, se pone el circo o el tianguis sobre la cancha y suceden muchas cosas”, destaca.

Elevando el juego
Además de los lugares insospechados en donde se localizan, a Santiago Arau le ha sorprendido la cantidad de canchas que existen. A través de la lente descubrió que hay un número enorme de mujeres futbolistas, que existen equipos mixtos y que incluso en los patios de las cárceles hay canchas preciosas.
“Me llama mucho la atención que el futbol llanero ha crecido muchísimo entre mujeres. En mi época era muy raro que las mujeres jugaran y hoy en día el futbol femenino de barrio, sobre todo el llanero, es gigantesco. Ver todo esto: tierra, líneas mal trazadas, mujeres y equipos mixtos nos regresa a lo que verdaderamente es el futbol. Eso quiero retratar porque es lo que me encontré”, destaca.

“Me sorprende subir el dron en la cárcel y ver a los reos jugando, encontrar que todas las cárceles tienen campos que se usan y que hay cárceles que tienen campos mejores que los que están afuera. En el Reclusorio Norte, en el Reclusorio Sur están uniformados los futbolistas, hay árbitros y un marcador. Habla de lo que decía: estás encerrado y quieres olvidarte un ratito de tus problemas. Ahí está el campo de futbol”.
Entre la colección de canchas chilangas que fotografió no podían faltar las que se encuentran en la zona del Ajusco, donde Santiago Arau solía ir a cascarear con sus amigos de la adolescencia y juventud. Nunca soñó con ser futbolista, sabía que no derrochaba talento con el balón.

“Es que hay miles y miles de canchas. Abajo del volcán Xitle, ahí arriba en el Ajusco, hay como 30 canchas de futbol de tamaño profesional. Fui el Día de Reyes a fotografiar una en Cuajimalpa y encontré a los niños probando sus bicicletas nuevas, los balones, volando los papalotes, el tianguis. Me gusta que [la cancha] sea tan importante y que el mismo Mundial traiga también programas sociales y a partir de eso un pretexto para el futbol. Para mí tal vez hay una cierta decepción, pero gracias a que fotografié estas canchas de repente me di cuenta de que dejé de jugar dos años, algo que nunca me había pasado, y ya tengo ganas de volver a hacerlo”.
Santiago Arau dice que no tiene una fotografía favorita entre las cientos que ha tomado y que se quedó con las ganas de hacer una muy bonita del Estadio Olímpico Universitario durante un partido de los Pumas (le va a los Pumas y la foto que tiene es con el Cruz Azul adentro).

Pese al desencanto con las instituciones, gracias a este trabajo Arau se ha acercado de nuevo al futbol.
“Creo en el futbol y creo en el deporte. Me gusta sentir justo eso, la magia que tiene. Siento que este trabajo para mí sí es como una reconexión”, sostiene Arau, para quien lo que más tiene sentido de este deporte es “lo que está sucediendo abajo, en las canchas y en el mundo normal”.
Santiago Arau se siente privilegiado de haber vivido México 86 con la ilusión de un niño y ahora de experimentar los preparativos del tercer Mundial en nuestro país como un profesional de la fotografía que nos lleva de la mano a sentir un futbol que es de todos y está a ras de cancha.
