Cineclubes en la CDMX: pequeñas salas, grandes conversaciones

Aquí no hay butacas numeradas ni combos caros: sólo películas que conectan con quienes las ven

Por Bryan Rivera

Desde una pequeña mesa de madera, el proyector rompe la penumbra y lanza su haz de luz hacia el fondo de un modesto teatro de paredes blancas y acabados color vino. La cinta que reproduce es Eternal Sunshine of the Spotless Mind (que en español se tituló ¡Olvídate de mí!).

Tímido e introvertido, Joel platica con Clementine, la impulsiva y frágil librera de cabello azul y sudadera naranja que se da la vuelta hacia él desde la butaca delantera del tren que se dirige hacia Rockville Center, en Nueva York.

La explicación de Clementine sobre los inquietantes nombres de los tintes de cabello que usa pasa a segundo término, pues mi atención se pierde en definir la nuca de una persona que está en las primeras butacas de este teatro en el Centro Cultural La Pirámide que, cada semana, alberga al cineclub Cinema Pirámide.

Afuera, el vaivén de los claxons y la sirena encendida de una ambulancia zumban junto a este centro cultural de color guinda que se pierde en los intestinos del Periférico, igual que el asentamiento mexica de la Zona Arqueológica de Mixcoac que motivó su creación.

Vuelvo a la película. Durante la noche, Joe y Clementine caminan sobre el nevado suelo de la región de Montauk. Ambos se acuestan sobre un lago congelado de visibles grietas.

Detrás de mí está el encargado de la proyección. Alcanzó a distinguir que está con su celular. De pronto me mira, tal vez con sospecha porque soy el único con el celular fuera, escribiendo en un blog. O eso pienso hasta que una persona de la izquierda saca el suyo, mientras Joel descubre que puede borrar a Clementine de su mente.

Dejo de teclear en mi celular. Me concentro de nuevo en la cinta. Encuentro algo encantador en ver una película en un centro cultural, en un aula o en cualquier lugar improvisado, sin los márgenes del cine convencional y la dictadura del streaming. Un teatro, una aula o incluso una pared lisa, han de servir a cualquier obra.

Foto: Bryan Rivera

Un antes y un después

Cada cineclub o ciclo de exhibición se administra de forma distinta. Muchos por iniciativa individual, otros gestionados por instituciones.

El año 2019 fue un parteaguas en la exhibición de cine dentro de espacios independientes. Los gobiernos anteriores de la CDMX priorizaban la oferta cultural sólo en determinados espacios, dejando fuera a la periferia, explica Dafne Munguía, quien es parte del Fideicomiso para la Promoción y Desarrollo del Cine Mexicano (Procine), entidad adscrita a la Secretaría de Cultura capitalina.

Dafne Munguía detalla que la administración de Claudia Sheinbaum, cuando fue jefa de Gobierno, dio un enfoque más social a la proyección de obras: priorizó la oferta de cine en las periferias, seleccionando contenido que reflejara otras realidades y complejidades del país.

En 2019, Procine realizó un sondeo para determinar las necesidades e intereses culturales, así como la oferta y demanda de cine. También hizo algo que no sucedía antes: profesionalizar a las y los encargados de los cineclubes con talleres y equipamiento que permitieran mejorar la exhibición en colonias.

Con esos trabajos, Procine conformó la Red de Cineclubes, integrada por 322 exhibidores independientes hasta el momento.

Dificultades de los cineclubes y ciclos

Fernanda Gómez, una de las coordinadoras de Procine, menciona que muchos espacios carecen de equipo necesario para una proyección de calidad. A través de una convocatoria, el Fideicomiso brinda equipamiento. 

Además, reconoce que todavía no tienen la asistencia deseada por distintos factores. Uno es la difusión en las calles, enfocada a la población que no siempre entra a redes sociales para conocer las actividades que hay en su colonia.

La Cineteca Nacional, otro de los circuitos de difusión cinematográfica de la capital, promueve el diálogo y el cine a través de ciclos y conversatorios. Sin embargo, en sus tres sedes los ciclos de cine apenas están recuperando la afluencia que la Cineteca de Xoco perdió con la pandemia, explica Emilio Casas, integrante de la Cineteca Nacional.

También enfrentan distintas dificultades para la exhibición de cine en los ciclos. Básicamente dependen de la “buena fe” de los productores para recibir gratis los derechos de exhibición, ante la falta de un presupuesto con el cual pagarlos.

Un arte comunitario

Emilio Casas explica que la Cineteca organiza sus ciclos para un público general. “No se busca hacer algo sesudo o muy técnico para gente súper especialista, sino para cualquier persona que esté interesada”. En los cineclubes el objetivo es “descentralizar la mirada de que hay alguien experto que evangeliza a los demás sobre lo que es un tema”, menciona Dafne Munguía.

Y ese esfuerzo da frutos. La audiencia de la Cineteca ha dicho a las y los organizadores que “después de este tipo de actividades decidieron hacer otra cosa, que [el filme] les hizo algún tipo de sentido en su vida”, explica Emilio Casas.

Además, el diálogo entre cine y espectador cierra su ciclo cuando productores, actores, guionistas y otros cineastas asisten a las presentaciones de su obra. “Abre como un universo de pensamientos que justo hacen ese feedback, que enriquece mucho”, asegura.

La Red de Cineclubes tiene una programación pensada para “lo colectivo y lo comunitario”, explica Gabriel Mora, del equipo de Procine. Es decir, filmes que tengan “potencial de generar un diálogo, de generar algo más grande que todas las personas que los estén viendo”.

La base de un cineclub es el diálogo, la discusión y el debate. Ver una película va más allá de ver una película. “Que la película abandone su estatus de película artística y como ejemplo de consumo nada más, y se convierta en un proyecto que detone otras cosas”.

La meta es seguir fortaleciendo la exhibición para que más personas, sin conocerse, se sienten en la penumbra de un pequeño teatro que acalla las voces externas. 

Foto: Bryan Rivera

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