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Abramos cancha: Renata Zarazúa es la mexicana que volvió a poner el tenis en el mapa

La tenista juega donde históricamente México casi no aparecía, y lo hace con una regularidad que empieza a cambiar la narrativa

A veces olvidamos lo difícil que es sostenerse. No llegar una vez, no protagonizar un destello aislado, sino persistir en una industria que castiga la irregularidad, la pausa y el error. Renata Zarazúa pertenece a ese linaje poco celebrado de atletas que avanzan sin fuegos artificiales, pero con una determinación que, vista de cerca, resulta profundamente transformadora.

El tenis profesional es un ecosistema despiadado. Cada punto puede definir ingresos, acceso a torneos, patrocinadores y permanencia en la élite. Mantenerse dentro del ranking competitivo no solo requiere talento, implica resistencia mental, disciplina cotidiana, una logística extenuante y la capacidad de rendir en ciudades, superficies y husos horarios distintos cada semana.

En el Australian Open 2026, uno de los cuatro torneos de Grand Slam y el primero del calendario anual, Renata volvió a figurar en el cuadro principal, enfrentándose a la checa Marie Bouzkova, jugadora consolidada en el circuito. Cayó en primera ronda por 2-6 y 5-7, un resultado que puede parecer discreto, pero que adquiere otra dimensión si se entiende el contexto: competir de manera recurrente en los escenarios más exigentes del tenis mundial ya es una victoria silenciosa. Más aún, para una representante mexicana en un deporte históricamente dominado por potencias europeas y estadounidenses.

Durante la temporada actual, Zarazúa se mantiene en el rango del Top 70–80 del ranking WTA, una franja altamente competitiva donde cada torneo exige consistencia, preparación física de alto nivel y un temple que no se improvisa. Su balance positivo de victorias en singles confirma que no se trata de una presencia simbólica, sino de una carrera activa, vigente y en construcción.

Los números respaldan ese recorrido; en noviembre de 2024 alcanzó el mejor ranking de su trayectoria: número 51 del mundo, una de las posiciones más altas logradas por una tenista mexicana en la era moderna. Ha conquistado varios títulos WTA 125, un circuito que funciona como antesala de los torneos más prestigiosos, en ciudades como Montevideo, Charleston y Austin, consolidando un perfil competitivo frente a rivales de alto calibre. En 2025 firmó una de sus campañas más sólidas, sumando cerca de 40 triunfos en singles, una cifra que habla de constancia, más que de casualidad.

Además, ha logrado algo que durante décadas pareció una excepción para el tenis femenino nacional: disputar los cuatro torneos de Grand Slam (Australian Open, Roland Garros, Wimbledon y US Open), insertándose en el calendario más exigente del deporte. Su presencia recurrente en estos escenarios representa un cambio de paradigma: México ya no aparece como una rareza en el tenis global, sino como un país capaz de sostener representación en la élite.

Y si hay un episodio que marcó un punto de inflexión en la percepción internacional, fue su victoria ante Madison Keys en el US Open 2025. Derrotar a una jugadora del Top 10 mundial no solo fue un logro deportivo; fue un golpe de autoridad simbólica. Una demostración de que el tenis mexicano no solo puede participar en los grandes escenarios, sino competir y ganar.

En un país acostumbrado a medir el éxito en explosiones momentáneas, la trayectoria de Zarazúa nos invita a replantear la narrativa. A comprender que el mérito no siempre está en el momento ruidoso, sino en la capacidad de volver, adaptarse, resistir y mantenerse vigente cuando la atención mediática se disipa.

Renata no solo juega tenis. Está reformulando la historia del tenis mexicano punto por punto, torneo por torneo. Su carrera no se sostiene en la sorpresa, sino en la continuidad.  Y quizá ahí radique su logro más relevante: demostrar que el talento nacional no tiene que ser una excepción ocasional, sino una presencia constante.


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