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Pizarnik: el amor como naufragio asumido

Para Alejandra Pizarnik, escribir no era un peso, sino el único espacio donde podía dejar de ser una estatua trágica y convertirse en movimiento.

Por Hannah Karime Rocha Lara , Colaboradora de la CIGU

A Alejandra Pizarnik la hemos encerrado en una celda donde solo se permite la tristeza. Parece que para leerla hay que pedir permiso al luto, pero esa lectura es incompleta y, honestamente, un poco reduccionista. Si nos alejamos de la obsesión por su final, lo que queda es una mujer que encontró en la escritura una libertad absoluta, casi insolente. Escribir no era para ella un peso, sino el único espacio donde podía dejar de ser una estatua trágica y convertirse en movimiento.

Esa idea de que su obra es sólo un testamento de dolor ignora la vitalidad que hay en su búsqueda. Alejandra no se regodeaba en la herida, la diseccionaba para ver qué había adentro, y lo que encontraba muchas veces era un deseo feroz de conexión. Para entender su concepto del amor hay que sacarlo del terreno del sentimiento y ponerlo en el de la existencia. El amor en Pizarnik no es una emoción que se siente, es una falta que se intenta nombrar. Es una voluntad de romper el aislamiento a través de otras persona, aunque ese intento esté mediado por la sospecha.

La gramática del deseo

El problema es que ella no confía en la entrega porque no confía en el lenguaje. Si la palabra falla para nombrar lo cotidiano, falla doblemente para nombrar el vínculo. En sus textos, amar es siempre una forma de traducción fallida. Hay una tensión constante entre el deseo de unión y la certeza de que somos cuerpos encerrados en lenguajes distintos. Sin embargo, ahí es donde aparece la escritura como liberación, porque escribir sobre el amor le permitía crear una gramática propia para el deseo. En lugar de someterse a las definiciones tradicionales de pareja, ella problematiza la otredad. El en sus poemas es muchas veces una construcción que ella levanta para no estar sola en la página. Escribir no es el consuelo por no ser amada, es el ejercicio de poder de definir qué significa amar bajo sus propias reglas.

Pizarnik despoja al amor de su función social de refugio. Para ella, el amor no es el lugar donde uno llega a descansar del mundo, sino el espacio donde el conflicto de existir se vuelve más nítido. Si el amor convencional busca la paz, el de Alejandra busca la tensión. Es una voluntad de naufragio porque entiende que únicamente en la pérdida del control —en ese no saber qué hacer con la otra persona ni con una misma— aparece algo parecido a la verdad.

Habitar el silencio

Al asumir el amor como un lugar donde nada se detenga, rompe con la idea del vínculo como propiedad o destino estático. Amar es un flujo que no busca resultados. Esta es una postura radicalmente liberadora: escribir el amor sin la obligación de que este triunfe o cure la soledad. No se trata de llenar el silencio con alguien más, sino de encontrar a alguien con quien sostener el silencio sin miedo.

La libertad pizarnikiana radica en preferir la intemperie de un amor honesto antes que la seguridad de una mentira compartida. Al final, su escritura nos enseña que el amor no es lo que nos salva de la caída, sino la forma en que decidimos mirar el abismo mientras caemos juntos. Celebrar su natalicio hoy, 29 de abril, no es un ejercicio de nostalgia, sino un festejo por la libertad que se quedó en sus páginas, la de inventarse un espacio donde la honestidad no es una condena, sino el camino más corto hacia la luz.


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