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Pesimisma: Nostalgia anticipada de un bosque

Chapultepec es —casi— todo lo que me gusta de esta ciudad de precipitaciones y embustes. Hasta pronto, querido bosque.

Me mudo de la cercanía del bosque que se ha vuelto estos años mi lugar favorito de la Ciudad de México. Por eso, y porque las lluvias comienzan a revivir el verdor de jardineras y tímidas yerbas de banqueta y la neurosis de una ciudad colapsada a la menor gota, quiero cantarle una loa dispersa a este parque tan de todxs. Lo hago luego de caminar entre sus árboles de metros y complexiones distintas una tarde de lluvia, digamos un viernes. 

Huele a hoja y a frío y se ve como bruma verde. Las ardillas son más que las personas, por una vez, y cruzan sin precaución las calles del parque, te miran en desafío directo. Los gatos que viven ahí, de todos colores y temperamentos, se pasean con el pelo mojado. Los saludo con nombres inventados. Me siento en la inusual soledad del bosque sin gente, en un momento profundo de espiritualidad. 

Tan distinto a Chapultepec un domingo de sol, con mil personas de los más diversos orígenes, cabezas montadas por pollos o changos, dependiendo de la moda del consumo momentáneo, algodones de azúcar que saben a caries. La alegría de las risas al pasar por ahí, ser una hormiga más entre todas las hormigas que dominguean. No sé cual de los dos placeres prefiero: ese viernes de lluvia o un domingo cualquiera.

Corrí ladera arriba del Castillo de Chapultepec muchas veces como parte de un entrenamiento en locura y perseverancia y puedo asegurar que la bajada es una elegía y que hiperventilar corriendo en pendiente entre árboles ancestrales es una de las mejores formas de morir un segundo. A quién le importa ofrendar las rodillas a ese dios-parque.

Chapultepec un miércoles por la mañana es adolescentes que se fueron de pinta en sus uniformes de escuela pública. Yo fui una de esas y vivo por el recuerdo de estar sentada con mi mejor amiga a un lado del lago, con la falda café plisada muy por encima de las reglas de la secundaria, comiendo un helado. Mi respeto eterno a la ardilla que me lo robó directo de la mano y luego subió con él a un rama sobre mí de la que finalmente tiró el remanente. Me cayó directo en la cabeza. 

Chapultepec también abunda en carteristas y otros demonios de la urbanidad, que a la fecha, felizmente, no me han tocado. Me he llevado solo su lado risueño, ese que tiene la virtud democrática de traer viejitas en silla de ruedas con sus cuidadoras, vendedores de la vía pública en momento de descanso, corredorxs de calidad maratón entrenando el cuerpo y corredorxs de calidad principiante respirando hacia dentro y diciéndose: solo hasta la esquina y listo. Chapultepec es —casi— todo lo que me gusta de esta ciudad de precipitaciones y embustes. Hasta pronto, querido bosque.


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