La primera vez que enfrenté a una casa vacía fue en Popopark, ese fraccionamiento a las faldas del Popo que, de un tiempo para acá, recibe más ceniza que gente. Era una niña, de visita con unos parientes. Mis primxs y yo corríamos por el campo frío (siempre hacía frío en mis recuerdos de Popopark) con un objetivo concreto: llegar a la casa abandonada. A una distancia prudente, la observé. La casa se veía muy vieja y alicaída, un vestigio de otra era. El valor sólo me dio para llegar a la caballeriza, que claro que tenía una, y encontrar ahí unos zapatitos de bebé. Ya con eso tuve. Mis primxs, todxs más grandes que yo, se acercaron más. Incluso, creo, entraron. Fin del recuerdo. No hay detalles pero sí la sensación de estar en una nube de intimidad ajena, a la vez decadente y evocadora. Una gran tristeza y la emoción del descubrimiento.
Los edificios en abandono tienen algo de hipnótico. Entre más grandes, más grande el magneto. Mi encuentro más cotidiano con una ruina se acaba de terminar. Sobre el Viaducto hay una manzana entera que en su momento fue propiedad de una aseguradora. Hacía tiempo que sus imponentes construcciones de concreto estaban llenas de graffitis enormes a alturas insensatas. Tantos años de abandono habían cobrado factura y la soledad de un espacio tan vasto en medio del tránsito pesado me parecía evocador de una manera macabra. En esta ciudad de metamorfosis permanente era un enigma cómo es que aún no había sobre ese valiosísimo terreno un supermercado con oficinas, departamentos millonarios y cuanta amenidad. Caminé al lado de sus ruinas un sinnúmero de veces y constaté por el olor que tenía alma de basurero ocasional. Daba algo de miedo. No sólo a mí, a juzgar por una novela que leí hace unos meses en la que ese misterioso espacio se volvía la sede de un grupo ultraviolento.
Me encantaría imaginarme que ahora ese espacio será para vivienda digna y popular o para un parque. Algo que la ciudad pueda ver como propio o, al menos, algo que no tenga como objetivo primordial la especulación inmobiliaria que es el sino actual de las ciudades. Se vale soñar.